Travesía de desencuentros


–       Estoy harto de comprar cariño, Héctor.

Si contara las ocasiones en que Daniel me ha dicho esa frase, llenaría decenas de planas de esas que me dejaban como castigo las maestras de primaria. Pero Daniel no dejará de decirlo ni de hacerlo. Parece estar condenado a estar siempre solo, como si en su carta astral ya estuviera escrito que la soledad fue una palabra que se originó sólo para definir su vida. Al menos así lo cree. Y si consideramos que el sexo es la industria más vigorosa y rentable de la soledad, Daniel es un cliente cautivo.

La nobleza de las putas no está a discusión, ciertamente, pero me duele ver a mi amigo mendigar un beso sincero ahí donde el dinero gobierna hasta el último gesto, donde los sentimientos se entregan a cuentagotas, de acuerdo con la cantidad de billetes que pueblan el bolsillo. Su miembro puede encontrar refugio todas las noches, pero su lengua amanece seca. Sigo sin entender por qué ellas voltean la cara para evadir un beso, como si fuera un acto más impersonal abrir las piernas para recibir al cuerpo completo.

–       Tú lo que necesitas es amanecer con la misma persona todos los días, en vez de acostarte con tanto universo anónimo.

–       Te juro que no puedo, Héctor.

Creo que esa incapacidad de acompañarse de una pareja se la inventó hace muchos años, cuando inició una larga travesía de desencuentros. Tenía 13 años cuando se enamoró de Rebeca, una chica precoz que disfrutó de centenares de cartas, flores y chocolates que Daniel le obsequiaba, antes de cortar abruptamente con sus esperanzas al acostarse con un jugador de futbol americano. Quedó embarazada y se fue a vivir con aquel gigantón. Repuesto del desaire del primer amor, a los 16 años abordaba el autobús a Monterrey, cada fin de semana, para caminar de la mano con Lucía. Después de un par de meses de entusiasmo creciente, un sábado por la mañana llegó a su casa y un vecino le dijo que recién se había mudado la familia entera a no recuerdo qué ciudad en Estados Unidos. Nunca supo nada más de ella.

Un año después conoció a Ana en un taller de pintura, quien se transformó en el amor de su vida. Ya no había manera de entender a Daniel sin ella. Tras varios años de una relación de esas que despiertan la envidia sincera de los demás, llegaron los planes de boda. Un día antes de la celebración, Ana amaneció muerta. Muerte súbita, diagnóstico unánime de los médicos.

Daniel desapareció. Fue hasta varios años después que lo volví a ver, refugiado en un cuartucho en pleno centro de la ciudad, con cuerpo anoréxico, ojos sumidos en unas órbitas violáceas y mirada extraviada. Me dolió tanto su dolor, que sólo atiné a tomar sus escuálidas manos y darle un beso en la frente. Lo abracé durante horas, mientras él lloraba con una violencia que nunca antes presencié. Creo que el encuentro ayudó, porque después del llanto comenzó a hablar.

–       Nunca más, Héctor. Ni una vez más –sentenció. –Lo único que necesito es una puta, una vieja que no me haga preguntas, que me importe un bledo si se acuesta con todo el mundo, que me valga madre si se muere. Y siempre será una puta distinta por el resto de mi vida. Bendito sea el anonimato de una mujer a la que nunca volverás a ver.

Fue sincero. A partir de ese día, vi a Daniel a menudo. Convencido de que nunca más intentaría una relación estable, se dedicó a gastar el dinero de burdel en burdel, fascinado por esos breves interludios de pasión silenciosa. Me confesó que, antes de coger, ya había establecido el ritual de suplicar a la puta en turno que no era necesario que fingiera los gemidos, que le daría una propina extra si guardaba el más absoluto silencio durante el acto.

–       La soledad no se disfruta cuando hay ruido, Héctor.

En realidad, creo que Daniel se transformó en un artesano inigualable del autoengaño. Su elección de cada frase, contundente, lapidaria, llevaba el aparente deseo de mostrar una erudición en la práctica de la soledad, pero en realidad con la firme intención de encontrar a alguien que le lama las heridas y le acompañe. Todos necesitamos compañía.

–       Me duele cuando te escucho –le dije.

–       Y a mí me duele el alma, Héctor. Como si trajera una bala enterrada. No quiero saber nada. El único ritual que me mantiene en pie es revolcarme en esos cuerpos huecos, tan bien adiestrados para que te marches con el corazón sin un solo rasguño.

–       Mientes –respondí.

Fue tal la agresión que sintió con ese verbo, que no quiso volver a verme. Pero sucedió. Ayer lo visité en su celda. Ahorcó a una puta.

–       Ella habló, Héctor. Gimió. La perra gritó mientras me la echaba. Rompió un pacto y no tuve opción.

No pude decirle una palabra. Me di la vuelta y caminé lentamente, como si mis pies se hundieran en un pantano. Unos metros después, apenas le escuché decirme:

–       Estoy harto de comprar cariño, Héctor.

 

(Escrito en 2003. Forma parte del proyecto de relatos Compendio del Desencanto, no publicado)

9 comentarios sobre “Travesía de desencuentros

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