La última visita de la tía Adelita


Soy ama de casa de una casa vacía. Hace mucho tiempo ya que mi único hijo, Adrián, se fue, y de él me queda una llamada al trimestre. Como si hubiera esperado ese momento durante toda su vida, Octavio, mi esposo, salió al día siguiente con dos maletas y una sonrisa que no le vi jamás en nuestros diecinueve años juntos.

 

Dicho de otro modo, no gobierno sobre nadie ni nada. La única persona que aquí viene es mi tía Adelita, la hermana mayor de mi madre, quien desde que descubrió que me habían dejado sola le hizo votos a San Hipólito, su santo predilecto, de que me visitaría cada domingo después de la misa de las once. Me convertí, pues, en su obligación -y obsesión- dominical, una especie de purga purificadora de su alma atormentada. Me queda claro que la tía aún no ha logrado superar la repentina muerte de mi madre, con quien no se hablaba desde muchos años antes por un lío de herencia.

 

Mi madre murió de un paro cardíaco minutos después de enterarse de que la fortuna de sus padres se había quedado en las cuentas de un abogado. Desde ese mismo día, mi padre, de por sí ausente de la vida, decidió sumergirse en una barrica de whisky para beberse, gota a gota, no sé si la tristeza por la inesperada partida de mi madre, o la rabia por la evaporación de una fortuna con la que ya hacía planes, a grado tal que se había atrevido a insultar coloridamente a su jefe y renunciar de paso a un empleo aburrido, pero estable. Lo he ido a visitar un par de veces a la vieja casa, pero en ninguna de las dos me reconoció, lo que fue suficiente para decidir que no me humillaría en un tercer intento.

 

La tía Adelita suele decirme que me he atraído tantas desgracias por ser una mujer pesimista.

 

       No soy pesimista, tía, sólo soy triste –le respondo siempre, pero ella siempre me contesta que mejor dedicará sus oraciones matutinas a la serenidad de mi alma, porque yo no tengo solución.

 

Mi alma, la verdad, está serena. A mí no me disgusta la tristeza. Es como un combustible para la creatividad, muy necesario para mis lienzos, en los que me vuelco con decenas de colores a tratar de descifrar el mundo con el espacio que me brinda la soledad y todas sus secuelas melancólicas. Y contra lo que puede pensar la tía, a mí la tristeza me la inyectaron en el cuerpo en la primera vacuna triple, porque yo recuerdo muy bien que mi madre decía a los demás que parecía que, desde ese piquete, las lágrimas solían acompañarme a la menor provocación. Creo que fue como si me hubieran vacunado contra la felicidad en vez de contra la difteria, tosferina y tétanos. Es decir, mi tristeza no se debe a la muerte de mi madre ni al alcoholismo de mi padre, como tampoco a la repentina partida de Adrián o al abandono de Octavio. Yo soy triste desde antes. Incluso, cuando Octavio se atrevía a recriminarme algo, muy rara vez, era precisamente que estaba fastidiado de mi cara triste, de mis ojos tristes, de mi voz triste.

 

       Marianita, hay que aprender a sonreír para atraerse cosas buenas en la vida.

 

Eso fue lo que me dice la tía Adelita como moraleja de su visita semanal. Yo no le contesto nada, pero he estado tentada varias veces a decirle que ya deje de engañarse: la gente sonríe sólo para disimular su desencanto y mendigar cariño y compasión de los demás, quienes de cualquier manera arrastran las mismas frustraciones. Yo, en cambio, me mantengo firme en mi idea de no participar en esa manipulación en cadena.

 

– Marianita, hijita, tú cada día estás peor: más amargada, más insoportable, más hiriente –me volvió a decir la anciana, con sus ojos de lechuza y su copete grisáceo alborotado.

 

Quise entonces responderle que ya no quiero que venga, pero la tía Adelita ya no volvió a venir. Me enteré del accidente ocurrido en la cercanía de la iglesia poco antes de la misa de las once. Siempre me decía que ella era muy cuidadosa a la hora de cruzar esa esquina, justo donde la arrollaron, pero creo que la edad le robó los reflejos. Finalmente nadie supo quién conducía el automóvil, porque huyó con tal velocidad después del impacto, que ningún testigo pudo recordar modelo, marca ni color.

 

Yo me siento igual de triste, de cualquier modo.

 

(Ficción. Parte de Compendio del Desencanto. Javier Martínez Staines. 2001).

4 comentarios sobre “La última visita de la tía Adelita

      1. Me alegra lo que me dices, Javier… no pensé que pudiera ser de otra forma porque creo que la sonrisa hasta es sanadora.
        Gracias a ti, por tu bonita historia…
        Abrazos de viernes…

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