Pequeños signos del apocalipsis


Una parte de mí se siente profundamente engañada por ese mantra moderno que dice que los 40s son los nuevos 30s.

 

          No es queja, aclaro. Es sólo un lamento biológico porque ocurre que, si bien durante mis 30s tuve un vertiginoso proceso que puedo definir como un vuelve a la vida, con un cuerpo que respondió con generosidad a los días largos y las noches cortas, una década después comienzan a aparecer los signos inequívocos del apocalipsis:

 

          Primer signo. Uno de mis recuerdos divertidos de adolescencia fue ver a mis padres llevar a cabo luchas sin cuartel para intentar leer los menús de los restaurantes. Se lamentaban de ya no ver igual que antes y se pasaban uno a otro unos lentes pequeñitos para lograr navegar por la carta. Pero ocurre que la ley del karma es impecable: ahora me ocurre lo mismo. Azotado por la calamidad biológica de la “vista cansada”, batallo para leer los platillos en casi todos los sitios y mis lentes de “ligera graduación” se han vuelto socios inseparables para agrandar las letras de los libros y las revistas. A veces pienso si ese diagnóstico de vista cansada no es otra cosa más que la fatiga de mirar durante tantos años la descomposición del mundo, pero me detengo antes de que crezca alarmantemente el segundo signo del apocalipsis.

 

          Segundo signo. Un par de amigas contemporáneas, que se miran a sí mismas como mujeres “hip & cool” (yo también las veo así, lo juro), hicieron un pequeño experimento en cafés y bares de moda en la Condesa y la Roma capitalinas, preguntando a los comensales si las veían a ellas como hipsters. Las respuesta fue contundente y sin variaciones: “No. Están muy viejas para ser hipsters”. Por tanto, como yo participo de esa misma condena, que ya nos deja fuera de cualquier comunidad conformada por las nuevas generaciones, el segundo signo no admite retornos: a la menor provocación comenzamos a descalificar a los más jóvenes y a defender consignas, logros, actitudes y circunstancias de “nuestros tiempos”.

 

          Tercer signo. El deseo sexual masculino puede tener episodios de tobogán, pero la realidad es que se mantiene vivito y coleando (dicen los científicos) hasta muy avanzada edad. Pero el tercer signo del apocalipsis es ese momento dramático en que, tristemente, el coito dura menos y el intervalo dura más.

 

          Cuarto signo. Ligado con todos los anteriores, uno empieza a declararse inmerso en “la edad del filósofo”. En resumidas cuentas, el brote de canas, la caída del pelo y el distanciamiento de la era de la conquista se resumen en una incontinencia verbal por el mundo de lo políticamente incorrecto, a sabiendas de que quienes van suplantándonos (incluyendo, sobre todo, a nuestros hijos) se vuelven permisivos y tolerantes acerca de las estruendosas frases que compartimos a la menor provocación.

 

          Quinto signo. Toda manifestación neurótica y/o sociópata puede ser explicada, con elocuentes argumentaciones antropológicas, a partir de nuestra experiencia acumulada de vida.

 

          Sexto signo.  Incluso si en su momento la detestamos, la música de los 80s nos provoca bailar. Además, defendemos sus valores melódicos ante el asalto de la escena electrónica.

 

          Séptimo signo. Y cuando desperté, la grasa abdominal seguía ahí.

 

(Publicado en Esquire México, Diciembre 2013, bajo el seudónimo de Atouk)

 

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