Susy en el cuello de Ramón


Ayer murió mi psiquiatra.

 

Era una de esas tardes de octubre en que el sol inquieta la piel, mientras la digestión inicia su lento proceso, el sabor amargo del café expreso se pasea por la boca y los colegas del banco se atropellan para lanzar anécdotas al aire en busca de carcajadas cómplices que reditúen en bonos de simpatía.

 

Apenas la miramos, después de escuchar que su voz se quebraba con la fatídica noticia. Sabíamos que todos los jueves acudía puntualmente a la cita con el psiquiatra a un lujoso consultorio en Polanco, donde ella hablaba sin pausas, narrando de un tirón las nuevas angustias de la semana, que eran más bien variaciones de sus fobias y ansiedades habituales: una preferencia sexual que no terminaba de aceptar, la pérdida de la mitad del estómago por un tumor maligno y el resentimiento hacia un padre al que nunca tuvo oportunidad de expresarle lo mucho que lo odiaba porque no logró conocerlo.

 

Sabíamos todo esto porque Susy nos subía y bajaba de sus toboganes emocionales los viernes en la mañana, sin falta. Llegaba poco antes de la nueve, ya cuando todos estábamos ahí, colocaba estratégicamente la silla en medio de la sala de analistas, y nos relataba con detalle la sesión de la tarde anterior con aquel médico de cuarenta y tantos, graduado con honores de una universidad parisina, a quien ella rendía culto desde hacía más de siete años, y describía como un hombre tan atractivo que incluso nos hacía dudar sobre su conocida predilección por las mujeres.

 

Todos los jueves, en punto de las seis de la tarde, Susy apagaba la computadora, sonreía con un deleite que ningún otro día de la semana le percibíamos, en un rostro más bien adusto, y nos anunciaba, con el protocolo de quien celebra un ritual religioso, que había llegado el momento climático de la semana: la visita al consultorio del psiquiatra.

 

Hoy toca, Susy. Relájate y disfrútalo –le decía siempre Ramón, un madrileño habitualmente distraído, que de cualquier modo encontraba la solemnidad necesaria para despedir a Susy, quien sólo los jueves vestía con una elegancia casi exagerada y llenaba su rostro de maquillaje, en contraste con su habitual austeridad y un rostro plano, de color mortuorio.

 

Apenas salía del edificio, los otros seis habitantes de la sala de análisis del banco nos dirigíamos a la terraza para transformarnos en comensales de un banquete de teorías e hipótesis sobre si lo de Susy era una enfermedad mental de consideración, si el mal era crónico o reversible, en cómo había logrado engañar al jefe y a todo el departamento de recursos humanos a la hora de su contratación, en el acoso sexual al que había sometido a una chica del área de fusiones y adquisiciones, o si en realidad todo era una coartada para engañar a todos y más bien se revolcaba a placer con su psiquiatra los jueves por la tarde. Lo único que sí teníamos claro era su desequilibrio emocional: aunque era una de las analistas más productivas y certeras del banco, difícilmente lograba conectarse en la lógica de una conversación, cantaba a todo pulmón cada vez que le venía en gana, dibujaba figuras extrañas en los reportes de emisoras, hablaba sola en francés con una dicción que evidenciaba sus años de internado en París y permanecía, durante largos periodos, con la mirada fija en un muro blanco, mientras rascaba con suavidad cada tramo de su cabeza, poblada con un cabello negro más bien escaso.

 

– Es una lástima, porque no es fea –solía decir Óscar, su vecino de lugar y, sin duda, el más amable con ella.

 

Tras anunciarnos el fallecimiento del psiquiatra, Susy permaneció de pie frente a nosotros. Su rostro mantenía la rigidez habitual y no percibimos siquiera señales de llanto. Después de una pausa que comenzó a incomodar a todos, Ramón se puso de pie, se acercó a ella, la tomó suavemente de los hombros y le dijo:

 

Bien, Susy. Ahora sí eres una mujer libre.

 

Fue tan rápido su movimiento que cuando reparamos ya tenía a Ramón en el piso, con las manos sumergidas en su cuello. Aún no sabemos de dónde le surgieron tantas fuerzas, porque entre cinco nos resultó difícil quitársela a Ramón de encima y mantenerla inmovilizada mientras acudían los agentes de seguridad del edificio.

 

Lo último que supimos de ella es que está internada en un psiquiátrico, donde da clases de francés todos los jueves por la tarde, dibuja cosas extrañas en las paredes y ameniza la sala de estar del hospital con canciones melancólicas.

 

(Ficción, parte de Compendio del Desencanto, Javier Martínez Staines, 2003)

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