Fuegos artificiales (episodio Boston)


Las imágenes son elocuentes. Una y otra vez las cadenas de televisión estadounidenses repiten la escena: la muchedumbre ondea banderas y vitorea a sus policías, que pasean por las calles como los héroes de una película de Hollywood o de un desfile de Disney. Son los ecos de la política: había que aprehender a los sospechosos, como fuera, pero con la mayor rapidez posible. Uno de ellos se murió. Para encontrar al otro (un checheno de 19 años) hicieron falta 9,000 elementos de las policías. Y ya dispararon la tesis fundamental: se trató de un acto solitario, sin ningún elemento de conspiración. Un par de extranjeros, llegados un tiempo atrás de Chechenia, musulmanes, quienes orquestaron el acto terrorista.

Si esta es la verdad conveniente, la otra (la que no deja dudas, la que se fundamenta y se verifica) no la sabremos nunca, quizá. No importa: mientras las grandes masas crean que esta es la verdad, la política habrá cumplido su misión. Y de esta lamentable historia quedará el registro de la loable actuación coordinada de quienes tienen a su cargo la seguridad nacional.

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