El poder de la palabra (y una breve oda a la amistad)


Me permito transcribir algo que leí ayer por la noche, en un hermoso ritual llevado a cabo con el embajador de Johnnie Walker Blue Label en México, ante un grupo muy íntimo de muy buenos amigos, queridos y admirados, rodeados todos de un ambiente con sabor británico y frases contundentes de autores ingleses:

Dice Fernanda (mi pareja) que soy cursi.

Peor aún: dice que soy “incurablemente cursi”. Y que, además, soy el rey de las frases domingueras. Es decir, soy algo así como una colmena. O una mermelada empalagosa.

Por tanto, permítanme exhibir, con estas líneas (breves, lo juro) el alma cursi y empalagosa que me gobierna, incluido el fraseo dominguero, heredado de mi padre.

De mi padre también heredé el gusto por el whisky. Por el buen whisky. Y, por eso, cuando tuve la oferta generosa de mis amigos de Diageo y Johnnie Walker de celebrar un ritual de cata, con un tópico puntual, pensé inmediatamente en muchas cosas cursis.

En algo tan cursi como el gran poder de la palabra. Porque creo en el valor y el honor de la palabra. La palabra escrita, como mecanismo de vínculo comunitario. Como convocatoria de congregación y festejo. Como homenaje a todo lo que vivimos, gozamos, lloramos, soñamos, lamentamos. Como exploración de paisajes y pasajes a otros mundos. Por eso estamos aquí, rodeados de referencias de autores británicos. ¿Por qué británicos? Bueno, pues por elegir a escritores que, sin más, me regalaron (y lo siguen haciendo) mis primeros boletos de viaje a la galaxia de las buenas historias.

Pero el verdadero poder de la palabra es el que lleva implícito un pacto de honor. Y dado que yo quiero hacer un pacto público con la vida, he aprovechado esta oportunidad para reunir las manifestaciones más bellas, gozosas y gloriosas: los libros, con sus mares de letras vivas; la música, exposición sublime del alma; el whisky, sabor orgulloso de una tierra lejana que, como la nuestra, está llena de ritos y tradiciones con sabor ahumado; la buena comida, porque no hay nada más hermoso e inspirador que una gran conversación alrededor de una mesa. Y, por supuesto, la más importante y trascendente de esta vida: la amistad, el amor. Y ustedes, cada uno de ustedes, de distintas maneras y por diversas razones, son el epicentro de mis afectos, mi respeto y mi admiración.

Era demasiado seductora la tentación de poder armar este espectáculo para exhibir públicamente ese corazón cursi (sí, el mismo que le hizo una potente declaratoria amorosa a Fernanda hace ya muchos años) y decirles, con todo el poder que pueden contener las palabras, que los quiero mucho, y que les agradezco que hayan elegido ser compañeras y compañeros de esta bellísima travesía que es la vida.

Salud.

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