Brevísimo homenaje a la cursilería


Lo primero que se debe aclarar, en un día como hoy, es que la cursilería debe ser siempre un acto de elección, jamás de imposición. Por eso los días con una consigna inventada me provocan un natural rechazo. Nada que suponga un ritual impuesto puede resultar seductor, sobre todo cuando intervienen el convencionalismo social y el interés tan burdamente comercial.

Dicho lo cual, me asumo cursi hasta la médula espinal. Mi pareja lo sabe y ha sido víctima, en ocasiones, de desplantes públicos que, quiero pensar, ha disfrutado en silencio superada la vergüenza. Puedo escuchar, y cantar, sin escrúpulo, casi todas las canciones de Camilo Sesto y Miguel Gallardo. Puedo adornar con letras domingueras una carta de amor, sin borrar ni una línea. Puedo llorar con películas como Little Miss Sunshine y The Big Fish en el momento en que nadie más derrama una lágrima. Puedo, incluso, utilizar emoticons a la hora de enviar mensajes de texto en el celular.

En fin. Soy cursi y celebro la cursilería. Pero cuando se impone me coloco justo del otro lado. Y hoy, 14 de febrero, me niego a sumarme a los envíos de flores y chocolatitos en forma de corazón.

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