Un día en las Cuerdas del Cielo


Camus

Fue hace ya cuatro años. De pronto, una imagen es la que asalta a mi memoria y vuelvo, sin más, a ese sitio enigmático llamado Cordes Sur Ciel, un pueblito francés en la provincia de Tam, fundado en 1222 por el conde de Toulouse.

Ese pueblo amurallado, medieval, con sus caminitos trazados en una colina, es el lugar ideal para arrancarle una sonrisa al cielo, que se siente tan cercano. Y fue justamente ahí -aquí es donde la memoria salta con golosa claridad- donde haber devorado, sin prisas, cerca de un kilo de foie-gras (la venerable tradición local, pues) con pan recién horneado, acompañado de un Bordeaux que me envía ecos de sus taninos más de cuatro años después.

Eso es la vida: la reminiscencia de sabores inolvidables en postales llenas de color, impregnadas de una buena conversación. Por eso, mientras algunos invierten en la bolsa de valores o en propiedades, yo mantendré mi vocación a invertir en mis memorias. Esas sí me las llevaré puestas a la tumba.

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