Disertaciones amorosas


Tenía que ser justo a la hora del crepúsculo, ese momento en que uno debería autoprohibirse escribir, porque el alma se contamina de cierta melancolía. Pero existen paraísos terrenales que, reflejados en el cielo, sumados a las ausencias, revientan sobre este extraño placer de ejercitar la palabra.

Y está Houllebecq, por supuesto. Ese maldito autor francés que me ha acompañado durante estos días de exilio voluntario al lado del mar. Y el adjetivo obedece a que no me he podido liberar de él y La posibilidad de una isla durante todos estos días. A veces a sorbos lentos, en ocasiones a largos tragos, la novela es un tobogán siniestro que me sacude con casi cada línea de Daniel 1, Daniel 25 y Daniel 26, el mismo personaje con diferencia de cientos o hasta miles de años.

Pero en medio de tanto atropello emocional, los Danieles le abren la puerta al amor. Me gusta particularmente la disertación de Daniel 25, un neohumano, asomado desde la ventana de la víspera de Los Futuros: “En resumen, ningún tema parece haber preocupado tanto a los hombres; incluso el dinero, incluso las satisfacciones de la lucha y de la gloria pierden, en comparación, su fuerza dramática. El amor parece haber sido para los humanos del último periodo el súmmum y lo imposible, el arrepentimiento y la gracia, el punto focal donde podían concentrarse todo el sufrimiento y toda la alegría”.

Y es que Daniel 1, el humorista anacoreta, el depresivo constante, ya había sido capaz, tantos años atrás, de escribirle un poema a Belle, la mujer fría que no le respondía ni con premura ni con necesidad. El poema es irrelevante, pero no la propia disertación del personaje: “La única manera de sobrevivir cuando estás realmente enamorado es disimularlo ante la mujer a la que amas, fingir en cualquier circunstancia un ligero desapego. ¡Qué tristeza en esta simple constatación! ¡Qué acusación contra el hombre!… Sin embargo nunca se me había ocurrido poner en duda esa ley, ni pensar en sustraerme a ella; el amor te vuelve débil, y el más débil de los dos acabo oprimido, torturado y finalmente muerto a manos del otro, que por su parte oprime, tortura y mata sin intención de hacer daño, sin sentir placer alguno por ello, con una total indiferencia; eso es lo que los hombres, por regla general, llaman amor”. Un poco más adelante culmina: “La mañana del tercer día decidí dejar el teléfono encendido todo el rato e intentar olvidar que estaba esperando a que sonara; en mitad de la noche, al tomarme el quinto comprimido contra el insomnio y la ansiedad, me di cuenta de que aquello no servía de nada, y empecé a resignarme al hecho de que Esther [Belle] era la más fuerte, de que yo ya no tenía el menor control sobre mi propia vida”.

El amor, sí, con esa suma de todas las ansiedades. Con todos esos delirios, no obstante, es lo único que legítimamente nos mueve y nos conmueve, nos gobierna y nos sacude, nos hace continuar y rendirnos, e ilumina con luz natural esa paradoja llamada vida.

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