Fantasía dominical


Es domingo en la noche. Edinburgo, capital de Escocia, país que, dicho sea de paso, me seduce inevitablemente y aún no acabo de entender por qué. Estamos en Rhubarb, un restaurante oculto dentro de una mansión señorial a las afueras de la ciudad. El clima es violento. Adornado con el toque escocés del tweed por todos lados, cargado de antigùedades, el comedor es memorable. La conversación inicia arrullada por la Sinfonía de Canciones Tristes de Górecki. Es música devastadora, pero alrededor solo hay un discreto murmullo de los demás comensales. El bullicio solo ocurre en nuestra mesa, dominada por los latinos. A los platos, que traen consigo su mejor esfuerzo, les acompaña un vino francés lleno de dignidad. Justo a la hora del postre, por la ventana, miramos cuando empieza a nevar. La Sinfonía de Canciones Tristes le abrió paso a aquel hermoso soundtrack de Amelié. Salgo y respiro el viento helado de la noche, mientras los copos de nieve, tan inusuales en mi geografía, me recuerdan que la vida es un escenario de gozos que hay que atrapar con la memoria y honrar con la tinta. Y se comparte, a fin de cuentas, para recordárselo a uno mismo y a quien se asome por aquí. El single malt, de 18 años, descansa aún en la mano, para que en su aroma se conserve el espíritu de estas tierras sombrías y, paradójicamente, llenas de vida.

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