Pequeñas impunidades con conclusión en Santa Fe


México es un país de pequeñas y grandes impunidades. Las grandes, tan visibles y grandilocuentes, nos rebasan. Las pequeñas, esas que vivimos cotidianamente, nos carcomen por dentro, nos minan la confianza, nos van arrebantando la esperanza.

Un ejemplo que será entendido por miles de personas que lo sufren todos los días: el absurdo Santa Fe, al poniente de la Ciudad de México, que tanto enorgullece al puñado de chilangos que llevan a Houston en el corazón, que observan aquí el pasaporte al primer mundo. Pero Santa Fe es un espejismo. Una falacia. Una obra inconclusa. Un estado de sitio. Un ejemplo contundente de que en esta ciudad nada se planea, sino que simplemente ocurre.

Y mientras ocurre, aquí se hacen obras que ni se explican ni concluyen. Y esos miles de individuos que ejercemos la vida laboral en esta geografía sufrimos para entrar y salir todos los días. Con la mirada atónita y el estómago revuelto, nos vemos atrapados entre más obras sin mayor sentido que aquella mierda llamada el Año de Hidalgo, donde la delegación y el gobierno capitalino se empeñan en machacarnos ese chingue su madre el que deje algo. Pequeñas grandes impunidades que nos han llevado a dar una vuelta larga al infierno en un escenario tristemente apocalíptico. Pero ellos se irán con sus arquitas personales llenas, sin que nadie mencione su nombre, sumándole puntos a uno de nuestros peores males nacionales: la impunidad.

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