El hombre de la casita en el árbol


¿Por qué nadie me cree que no tengo libido? El sexo me interesa tanto como la sección deportiva de los diarios. Y yo jamás he hecho deporte. Odio el deporte.

         Además, trabajo todo el día. Ayuda, por supuesto, no tener libido para poder concentrarse, con la ventaja adicional de que puedo enviar mis trabajos desde la incomodidad de mi hogar, donde nos peleamos por el espacio mi gato Mefisto y yo. Por eso, cuando me preguntan si no es enfermizo eso de estar conectado todo el día al Messenger, yo respondo que no: lo que casi nadie entiende es que mi computadora es el único otro ser vivo que habita esta casa, además de Mefisto y de mí.

         No sólo trabajo. También bebo. Digamos que las dos actividades se llevan muy bien. Soy alcohólico. No es difícil de explicar: el Glennfiddich de 18 años de añejamiento es mucho más satisfactorio y saludable que el sexo. Además, al Glennfiddich no le necesitas explicar nada. Yo no lo consiento a él; en cambio, él sí me mima. Y a pesar de que a veces olvido que las personas sostienen relaciones, cosa que yo evito, a veces sí requiero de algunos mimos. El whisky es, en ese sentido, más eficaz que cualquier ser humano.

–       ¿Y si mejor te vistes y platicamos?

Así terminó mi última experiencia sexual, hace ya varios años. Ella me miró con odio, me aventó el vaso con whisky y salió del departamento. Nunca la volví a ver. Hasta la fecha no entiendo el motivo de su indignación. Se supone que las mujeres modernas aprecian más que un hombre seduzca su intelecto que su cuerpo. Bueno, quizá de cualquier modo, en este siglo XXI, las mujeres siguen siendo mujeres. Es la única explicación que tengo.

No nací así. En realidad, yo era un caliente inconcebible. De veras. A los 11 años, descubrí cómo obtener cierto placer utilizando la mano derecha. A los 12, descubrí que también se podía con la izquierda. A los 13, pensaba en una sola cosa las 24 horas del día: coger. A los 14, lo mismo. A los 15 dejé las manos y los pensamientos; dado que soy un hombre de acción, mientras los demás fanfarroneaban de hazañas inexistentes, yo era ya un cliente asiduo de un lugar en la Condesa que se llamaba Scorpions. Ahí conocí a mi primer amor: se llamaba Salomé. O decía llamarse así. Probablemente se llamaba Deyanira. De los 15 a los 20 viví con un solo objetivo: conseguir dinero para seguir yendo al Scorpions, hasta que Salomé, o Deyanira, desapareció del lugar sin dejar huellas de su rastro. Entonces busqué sitios cada vez más sórdidos. Mi hermano me daba dinero. Creía que era para tomar cursos de Astronomía. La verdad es que no sé nada de planetas y de estrellas.

Mientras todo esto sucedía, tenía una noviecita de mano sudada que se llamaba Lucy. Su nombre completo era Lucina, pero hubiera sido una falta de respeto decirle así. La quería mucho, pero justo a los 20 le pedí que me olvidara, porque tenía intenciones de “ampliar mis horizontes”. No hubo duelos ni escándalos: Lucy me olvidó de inmediato.

La ampliación de los horizontes, entre los 20 y los 26, significó aumentar la frecuencia de mis relaciones, no sólo respecto al número de veces, sino al número de participantes por vez. A los 27 intenté hacer una lista de todas las personas con las que me había acostado: con nombre recordado, pasé de 100. Luego recordé algunas anónimas, como la del tren en Alemania, la de la esquina del Eje 5, la que vendía pollos en Pugibet y la del avión a Tijuana. Siempre he lamentado tener tan mala memoria.

A los 28 me dio varicela y yo juré que era sida. Como no me podía hacer el examen en ese momento, hice mi testamento y comencé a despedirme de varios de mis amigos. Antes de decirle adiós a mi mamá, para ahorrarme ese momento de tensión me atreví a ir a un laboratorio y me hice toda una batería de exámenes: Western Blot, Herpes Simples, Hepatitis de la A a la Z, VIH y todo eso. Salí negativo en todo. Incrédulo del resultado, a los dos meses me hice la misma batería en otro laboratorio. Volví a salir negativo en todo otra vez.

Luego de fracasar en la idea de mi condena a muerte, la vida me aburrió. A los 29 comencé a ver al psiquiatra porque tenía una depresión severa. Me recetó Prozac y me dijo que no entendía cómo había sobrevivido todos estos años sin antidepresivos. Concluimos que yo era una especie de héroe nacional. Unos meses después noté que no había usado mi videocasetera durante semanas, al grado que decidí vender toda mi colección de películas porno. El dinero, evidentemente, lo destiné a mi psiquiatra y a las píldoras mágicas que me cambiaron la vida.

En una de las sesiones, le dije al doctor que llevaba poco más de nueves meses sin tener ningún tipo de relación sexual: ni con los demás ni conmigo mismo. Él me dijo que podía ser un efecto colateral del Prozac y sugirió cambiar a Paxil. Después de pensarlo unos días, decidí que jamás había sido tan feliz en toda mi vida, así que optaba por quedarme con Prozac. Como puede apreciarse, en realidad, mi coqueteo con el celibato tiene que ver con el Prozac, que en teoría produce una “ligera disminución de la libido”. A mí me produjo una “ligera supresión de la libido”.

¿Se imaginan? Toda mi vida había intentado liberarme del deseo sexual, y por fin lo había logrado. De ninguna manera cambiaría la receta. Acabo de cumplir 35 años. Y en este último lustro han ocurrido tres cosas en mi vida: todos los días tomo un Prozac para mantenerme de pie, todos los miércoles acudo con mi psiquiatra también para mantenerme de pie y he logrado guardar la distancia sobre las mujeres y el sexo, con excepción de un par de relaciones ocasionales que terminaron en tensas charlas en la sala de mi casa, sin más. Sin afanes de pontificar, de verdad, siento que el sexo no es más que un estorbo para la humanidad. La última ocasión en que vi una película porno fue como ver un programa del ciclo reproductivo de las escalopendras en Animal Planet. Y, para ratificar mi teoría, el Scorpions de la Condesa ya ni existe.

Por supuesto, sesión tras sesión, mi psiquiatra se ha dedicado a escarbar en las profundidades de mi niñez. El problema es que mi infancia no tuvo nada de profundidad: mi madre siempre fue una viejita que se la pasaba tejiendo suéteres en su casa, aunque la realidad es que debería haberlo hecho internada en el Fray Bernardino; quien yo pensaba que era mi padre, no lo era, y quién sí lo era, fue en realidad un tío muy cariñoso que un buen día me confesó ser mi padre. Aunque él estaba conmovido, a mí lo único que me interesó fue preguntarle acerca de antecedentes de cáncer en su familia. Él comenzó a llorar y yo me fui. Jamás lo quise volver a ver.

Así, mi niñez transcurrió sin mayores sobresaltos: mi madre me hacía fiestas cada vez que cumplía años y solía comprar dos piñatas: una que era rota por los invitados, otra que yo rompía solo en el interior de mi habitación para poder arrojarme por los dulces sin necesidad de pelearme con otros niños. Además de las fiestas, ella me llevaba los sábados por la mañana al Parque España. Me gustaba tanto que siempre me decía que ese parque era mío.

–       ¿Y qué hacen todos esos niños en mi parque, mamá? –yo preguntaba.

–       Déjalos, mi amor, mi chiquito, que en esta vida hay que aprender a ser compartidos.

Quizá esa fue la única pérdida importante en mi vida: darme cuenta, por ahí de los 13 años, que el parque no era mío. Me dolió tanto que lloré desconsolado durante semanas. Y nunca más volví al Parque España. Por si no se han dado cuenta, se los digo de una vez: además de alcohólico, polifarmacéutico y abstinente sexual, soy un hombre de rituales. Una vez que decido no volver a hacer algo, lo cumplo al pie de la letra. Mi psiquiatra me dijo que esos rituales tienen un nombre clínico: personalidad obsesiva.

Mientras yo le contaba estas historias a mi psiquiatra, él, no sé si para tranquilizarme, también me contaba algunas muy personales. La que más se me quedó fue la de la casita en el árbol. Me confesó que, tras divorciarse con una mujer que lo dejó en la ruina, encontró en su peregrinar una casita de madera construida en un árbol, en una banqueta en San Jerónimo. Al verla, no tuvo la menor duda: ese sería su nuevo hogar. Trepó, la acondicionó con una bolsa para dormir, un jacal como buró, un diablito para generar electricidad y unos libros, y pasó ahí los siguientes once meses de su vida. Quizá no tendría nada de peculiar el hecho, de no ser que cuando decidió hacerlo tenía 41 años. Y a mí me dicen mis amigos que no puedes vivir en una casita en un árbol cuando tienes más de 40 años y hacerte pasar como alguien saludable ante la sociedad.

Pero a mí qué más me da lo que pueda decir la gente acerca de las facultades mentales de mi psiquiatra. Podrá haber vivido en un sitio así de extraño, pero me curó la depresión, me liberó del yugo del sexo, me ayudó a olvidar a mi madre y, por si fuera poco, me deja seguir bebiendo Glennfiddich. A eso yo le llamo libertad. Y, créanme, la vida se percibe mejor desde la intimidad de una casita de madera trepada en la rama de un árbol. También le agradezco a mi psiquiatra esa increíble generosidad.

 

Javier Martínez Staines, 2004

 

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