Cadena perpetua (o por qué Lorenza ya no quiere vivir)


La oscuridad le provoca náuseas. Adolfo llega, siempre de noche, y comienza a tocarla debajo de las sábanas, en ese ritual cotidiano de peticiones silenciosas, casi nunca sutiles, de que ella le abra el cuerpo cansado para que él cierre otro día de tensiones y fastidio. Ella no voltea a verlo, ni dice buenas noches. Se hace la dormida, en espera de la luz del día, porque de mañana se vuelve a sentir poderosa, entre huevos revueltos y llantos de niños.

Niños. Son ya cuatro los recordatorios de su desdicha a cadena perpetua. La familia feliz apenas y cabe en las fotos. Es como si los rostros infantiles fueran capaces de encender esperanzas como luces navideñas: la alegría viene incluida en estuches de colores. Así creció, alimentada por las creencias de papá y mamá, legionarios devotos, fabricantes de niñas en serie de vestido largo. La vida es un río de distracciones constantes en donde hay que nadar de muertito mientras llega el príncipe con el pedigrí en el apellido, las cuentas gordas en bancos extranjeros y la misma fe en ese todopoderoso Dios.

Dios es un ser perverso. Lorenza es víctima de la amenaza del pecado. Le enseñaron que cada acción genera una reacción y desde el cielo se vigila cada paso. Más que alivio contra la soledad, saberse observada por este testigo omnipresente hizo crecer en ella un delirio de persecución, que hoy se vuelve insoportable. Tantos años sintiéndose puta, porque ante el desgano y el tedio que le genera Adolfo, ella se acostó con Roberto, el intelectual seductor que se hizo amigo de la familia sin saber por qué, pero que poco a poco alisó las sábanas para que Lorenza se acostara sobre seda y aprendiera que la vida tiene más caminos que altares, boletas de calificaciones y eyaculadores precoces.

Precoz nunca fue. Creció entre historias de santos, vírgenes y monjas, juego que administró diestramente para ganarse un lugar relevante en el cariño de la familia. Ahora, a sus 38 años, Lorenza se sacude las telarañas del cerebro y de la vagina. Apenas comienza a darse cuenta de que no es una puta, como lo pensarían papá y mamá y Adolfo y los cuatro niños y Dios y muchos más, sino sólo una adicta más a la adrenalina de la seducción. Con la familia infeliz de caritas felices, actúa con la prepotencia de esas mujeres que saben que le gustan a los hombres y que se sacuden el remordimiento con terapias una vez a la semana.

Semana a semana, Lorenza libera sus culpas con la psicóloga, escogida mujer y de la edad para hablar sin tapujos. Y Lorenza le dice ahora que se ha dado cuenta de que antes se juzgaba de todo, que ya no está dispuesta a vivir azotada por remordimientos estériles y que su inclinación a acostarse con casados tiene que ver con su habilidad natural para resolver las carencias de los hombres. Le confiesa que ya no se va a ir al infierno, como siempre pensó que sería. ¿Cómo podría enojarse Dios si esto que hace le produce tanta satisfacción y felicidad?

Felicidad. Tiene resuelta la mitad de la vida con Adolfo. Por eso nunca lo va a dejar, pese a la aversión irreversible que siente por él. Sería lindo que le gustara, pero eso no es factible, porque coger no es cuestión de afecto, sino de olfato. Leyes físicas y químicas inquebrantables, que hacen técnicamente imposible que Lorenza coja con su esposo: no le gusta cómo huele. Por eso le da horror tocarlo y lo odia. Por eso buscó a Roberto. Por eso busca ahora a Marco.

Marco huele bien y es sinónimo de juego. Es el mejor amigo de su esposo y uno de los asiduos comensales a las cenas de los viernes, cuando se sientan a la mesa las cuatro parejas de amigos para hablar ellos de futbol y desdichas laborales y ellas de hijos y escuelas. Pero debajo de la mesa el pie de Lorenza conversa en silencio con la pantorrilla de Marco, quien todavía se sonroja. Ella se carga de adrenalina, que sólo será empañada por la despedida y la miseria de quedarse a solas con Adolfo, quien apretará ansioso sus senos en ese afán infructuoso por seducirla. Otra vez la condena nocturna a cadena perpetua. Y el asco.

Asco es lo que siente cada vez que Adolfo descarga la ansiedad acumulada de la incertidumbre en su vagina. Asco le produce saber que no saldrá de ahí, que aunque haya dejado atrás algunas enseñanzas, papá y mamá no podrían tolerar un matrimonio destruido al interior de la gran familia de valores sólidos, tan cerca del Vaticano y tan lejos de la conversación. Hay que aguantar y tolerar. Aguantar y tolerar. ¿Cuál es el pretexto? No bebe. No le pega. Provee. No se queja. Compra. No quiere lastimarlo, pese a todo. Se justifica con otras historias convincentes: las mujeres casadas son un premio. Y a ella le fascina sentirse trofeo. Es, digamos, un asunto de poder. Además, si se divorcia, tendría que arreglárselas sola con los hijos, porque ella no se cree las historias de ser la mujer de la vida de nadie: ninguno de sus amantes estaría interesado en ser su proveedor. Pero encima de cualquier argumento, ella no está dispuesta a decirle adiós a la adrenalina.

Adrenalina y Marco van hoy de la mano. Roberto ya es cosa del pasado, aunque le siga llamando de vez en cuando. Ella calcula sus tiempos y analiza consecuencias. Marco es el mejor amigo de Adolfo. La esposa de Marco es su mejor amiga. La ecuación humedece el deseo de comérselo de un bocado, pero ella está dispuesta a degustarlo poco a poco. Así no se pierde el misterio. Prefiere rendir un homenaje largo a la seducción para que el interés no se desvanezca pronto, porque a veces la sola confesión de un sentimiento es una invitación a la retirada. Entonces los viernes, día en que su vida adquiere sentido, se volverían rutinarios recordatorios de cómo dejó escapar, sin siquiera darse cuenta, la capacidad de construir un camino propio. Hoy sólo le queda de vida el viernes en la noche.

La noche se acerca. Pero apenas es lunes y Lorenza ya no quiere vivir.

 

 Javier Martínez Staines, Junio, 2005

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