Pequeño credo de otoño


No sé si es en función de que el paisaje otoñal es sinónimo de melancolía o de que el trastorno de personalidad múltiple que sufro ha alcanzado de pronto dimensiones épicas, pero de pronto me asaltó la necesidad de sacar el cincel y el martillo y esculpir en piedra mi código de creencias. Quizá es sólo la edad, ese rasponcito que nuestros vecinos del norte han bautizado como midlife crisis, y que alienta a hacer todo tipo de repasos. Lo que sea, el pretexto es bueno para poner sobre la mesa este pequeño credo otoñal:

Creo en mí mismo por sobre todas las cosas sin necesidad de manuales de superación personal ni coaches ontológicos.

Creo en una mujer de sonrisa contagiosa, ideas firmes y conversación inagotable, con quien la vida se comparta de igual a igual, que de preferencia derrame el te en los sillones y se quede dormida durante las películas.

Creo en mis hijos como entes autónomos y pequeños maestros implacables de vida.

Creo en mi padre como un role model averiado que se mantiene en la escala más cercana a lo que considero un héroe. Y en mi madre como sinónimo de bondad absoluta aunque siempre me pregunte las mismas cosas.

Creo en un perro maltés sin problemas de autoestima, que se hace grande ante la adversidad y recobra su tamaño a la hora del apapacho.

Creo en la mezcla de cafeína y nicotina, que se combinan a la perfección en ritual de pausa de los días acelerados, pese a lo que me digan los doctores.

Creo en el mezcal como epicentro de una buena conversación, aderezado de naranja con sal de gusano y grandes amigos alrededor de una mesa, en ese ritual social que puede alcanzar vínculo de cofradía. En ausencia de mezcal creo en el mismo camino con el tequila, el whisky (single malt, de preferencia) y el vino tinto.

Creo en la yoga en un cuarto caliente como eficaz mecanismo de balance de mis excesos, a los que no pienso renunciar. También creo en la yoga como práctica de sabiduría y sistema de salud integral que permite liberar los ruidosos demonios de la mente.

Creo en las palabras más que en una firma, en un documento de word más que una plantilla de excel, en el papel más que la pantalla, en la noche más que la mañana, en el hedonismo más que en el socialismo, en las bacanales más que en las dietas (aunque deba ejercitar constantemente las segundas), en el arte más que en la ciencia, en el mar más que en una piscina, en deslizarme por la nieve más que en volar, en la bici más que en la moto, en la música más que en el silencio, en el poder de la palabra y la sonrisa más que en el grito y el garrote.

Soy más fan de Steve Jobs que de Bill Gates, del Dalai Lama que de Benedicto XVI, de Peter Gabriel que de Phil Collins, de Lula que de Chávez, de Clinton y Obama que de Bush y Romney, de Bollywood que de Hollywood, de Gastón Acurio que de Ronald McDonald, de James Bond que de Jack Bauer.

Creo en la democracia porque no he encontrado algo mejor. Pero soy escéptico de todos los partidos políticos y creo que ninguno tiene otra agenda que buscar cuotas de poder y riqueza para beneficio de un grupito.

Soy agnóstico con deformación guadalupana y les tengo simpatía creciente a Ganesha y a Krishna, el primero por ser un maravilloso elefante liberador de obstáculos y el segundo porque es un alegre promiscuo pintado de azul.

Creo en la melancolía como motor creativo, porque la felicidad en grandes cantidades es inhibidora de la creación artística. Asimismo, creo que no hay mejor antídoto contra la amargura que una canción triste.

Creo en la música como lenguaje universal y fuerza energética suprema. Por lo mismo creo en George Harrison, Peter Gabriel, Eddie Vedder, David Bowie, Roger Waters, Freddie Mercury, Patrick Watson, Florence Welch, Thom Yorke, Joe Henry, Jack White, Zach Condon, Nick Cave, Leonard Cohen y Nico, entre tantísimos más.

Creo en el cine como el gran arte pictórico de nuestra época. Por eso celebro a Woody Allen, a los hermanos Cohen, Wes Anderson, Cristopher Nolan, Guillermo del Toro, Francis Ford Coppola (y Sophia), Clint Eastwood, Jim Jarmusch, Martin Scorsese, Paul Thomas Anderson, David Lynch, Peter Jackson y Lars von Trier (con todo y sus extraños brotes ideológicos) como cronistas audiovisuales de la historia contemporánea del mundo.

Creo en los viajes como oportunidades incomparables de atesorar otras culturas, entender otros puntos de vista y ampliar las fronteras de mi patria.

Creo en el sentido de pertenencia a una geografía como vínculo con un hogar con acentos, sabores, aromas y colores, pero jamás como una cárcel del pensamiento.

Creo en una chile en nogada, en un gran taco al pastor, en un tlacoyo de requesón, en las enfrijoladas y en unos escamoles de antología, lo mismo que en el jabugo, el foie gras, el cochinillo de tres semanas y las hojas de parra. Por lo mismo, creo que el oficio de cocinero es un ejercicio de generosidad creativa sin paralelo.

Creo en Tony Soprano, en Gregory House, en Charlie Harper, en Sheldon Cooper, en Walter White y en Don Draper.

Creo en el Olimpo como el sitio donde te sientas a conversar en estado contemplativo con Emily Blunt, Evan Racel Wood, Eva Green, Mila Kunis, Kirsten Dunst, Scarlett Johanson y Rachel McAdams.

Creo en las historias como el rito más antiguo y entrañable del ser humano para compartir sus experiencias con los demás.
(Firmado como Atouk, Esquire México/Latam, Noviembre 2012)

 

Un comentario sobre “Pequeño credo de otoño

  1. Fantástico credo movedor de entrañas, compartidor de imágenes, disparador de emociones. Las palabras se vuelven otra vez cómplices en manos de quien sabe jugar con ellas, tratarlas con cariño y luego seducirlas, voltearlas de cabeza y dejarlas, a ellas también, con una sonrisa. Gracias (de verdad) por compartir esto.

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