La soledad en los tiempos del Facebook


Nunca hemos estado tan acompañados como ahora. Ni tan solos. Facebook, Twitter, Google+, YouTube, Pinterest, LinkedIn, Instagram, Flickr, Vimeo, Tumblr, Eskup, MySpace, Blogger, WordPress. Más los que se acumulen esta semana.

Tantas aldeas comunitarias, paradójicamente creadas casi todas por nerds-geeks antisociales con el objetivo de conectarnos con nuestra gente querida, conocidos, desconocidos y potenciales conocidos. Uno se imagina a esos personajes programando estas redes durante 20 horas al día, urgidos de encontrar vías de interacción que suplan, de hecho, sus carencias. Para estar más cerca, sin límite de tiempo, sin barreras de distancia, en plataformas gratuitas de fácil navegación en las que podemos compartir todo lo que nos de la gana: ideas, noticias, eventos, festejos, videos, fotos, disparates, promociones, chistes, reflexiones…

Pero, ¿realmente estamos más cerca? En su ensayo Pain won’t kill you, apertura de su muy reciente libro Farther Away, Jonathan Franzen se mete de lleno en el tema y le otorga la cortesía a Facebook de convertir el estado mental de “me gusta” en una acción casi automática que opera al hacer clic con el mouse. Y el “me gusta”, en general, añade, es el sustituto cultural comercial de “amar”.

¿A qué viene esto a cuento? A lo que el mismo Franzen comenta: “Si dedicas tu existencia a convertir en likeable y adoptas cualquier papel de persona cool para lograrlo, esto sugiere que desplazas la idea de ser amado por quien realmente eres. Si eres exitoso manipulando otras personas para gustarles, al final, esa gente existirá en función de hacerte sentir bien contigo mismo. Sin embargo, ¿qué tan bien te puedes sentir si este efecto es causado por personas que a veces ni conoces y ni siquiera respetas?”.

Pareciera, pues, que en este paradójico mundo de las redes sociales lo que importa para una extensa mayoría es el rating de popularidad: la lista de amigos del Facebook, el número de seguidores en Twitter, la cantidad de likes en los posts, de retwitts, de comentarios. Uno deja de existir si se cuelgan fotos en los muros y se suben apuntes en el blog sin que haya reacción de esa gente que da lo mismo si la conocemos o no. Ahí está nuestro gran entuerto actual, llevado a la enésima potencia por los mercadólogos del ciberespacio, que viven de vender a las marcas nuestros clics –casi siempre irreflexivos- en los botoncitos de “me gusta”.

“Nuestras vidas se miran mucho más interesantes cuando están filtradas a través de la interfase sexy del Facebook”, dice Franzen. Por supuesto. A través de estas ventanas públicas, de pronto somos estrellas de nuestras propias películas, nos fotografiamos incesantemente a nosotros mismos, compartimos nuestros pernsamientos y reflexiones sin tregua y sin pausa. “Nos gusta el espejo y al espejo le gustamos nosotros. Añadir una persona a la red de amigos es simplemente incluirla en el salón privado de nuestros espejos aduladores”.

Es fácil así. Porque uno controla lo que expone en las redes sociales. Es un gran estímulo a la autopromoción. A dibujar nuestros contornos más buena onda. A exhaltar esas virtudes que reflejen y amplifiquen nuestro factor cool, con el único fin de que esos espejos nos lancen constantes fantarrias. De cualquier modo, en el circuito de esos constantes “like” es poca a la gente que vemos en vivo y a todo color.

De ahí que la tesis de fondo de Jonathan Franzen sea la de salir de la cueva del social networking de vez en cuando, confrontarse con los propios demonios y correr el riesgo de cambiar el verbo “gustar” por el cada vez más olvidado “amar”, ese que nos expone, que nos rescata de ese síndrome de Estocolmo que nos hemos creado a partir de nuestro círculo vicioso del voyeurismo y el exhibicionismo a través de la seguridad de una pantalla. “Cuando sales y desarrollas relaciones con gente real, hay un enorme peligro de que puedas terminar amando a algunos. ¿Y quién sabe qué ocurra contigo entonces?”

Un poquito de vida offline no nos viene nada mal. Hasta la soledad tiene sabores menos amargos cuando se comparte en vivo.

 

Un comentario sobre “La soledad en los tiempos del Facebook

  1. No estoy del todo de acuerdo, particularmente con lo dicho por Jonathan Franzen. Por una parte, me parece que Franzen (“Si dedicas tu existencia a convertir en likeable y adoptas cualquier papel de persona cool para lograrlo, esto sugiere que desplazas la idea de ser amado por quien realmente eres. […]”) elige a personas con una baja autoestima para este análisis, pues si tienes una autoestima saludable, francamente no te importa si a alguien más le gusta o no lo que publicas (y no hablo de los que, por el contrario, tienen una autoestima inflada y piensan que son los reyes y los demás unos viles imbéciles si no les hacen reverencia): lo estás compartiendo porque quieres, y no para sentirte importante, para buscar atención o para ver cuántos “likes” recibes.

    En ese sentido, las redes sociales son sólo una herramienta y nos permiten estar tan conectados como queramos —y, además, dónde queramos—. Como tú mismo enlistas, son muchas las opciones. El uso que les damos es similar al que probablemente le dieron al teléfono nuestros padres, o al que nosotros le dimos al e-mail, al chat y luego a los blogs —que andan volando un tanto bajo por el formato “140 caracteres”—.

    En mi opinión, es muy cool, por ejemplo que en Flickr yo esté en grupos de fotografía abstracta formados por musulmanes y a ellos no les importe que me apellide Snyder ( y a mí me tiene sin cuidado que ellos sean Ibn Whatever), pues lo único que hacemos ahí es comentar nuestras respectivas fotos y, ocasionalmente, mandarnos un mensaje fuera del foro público cuando queremos discutir sobre la técnica o hasta otro tema. Es un hecho que, debido a la distancia geográfica, nunca nos hubiéramos conocido ni reconocido nuestro interés mutuo. También me parece de pelos que mis sobrinos puedan jugar en línea con chavitos de Australia, Indonesia, China, Francia, etc. platicando al mismo tiempo sobre el videojuego en cuestión y otras cosas. Los otros niños no están físicamente con ellos, pero en un sentido, están socializando juntos.

    Volviendo a Frazen, convertirte en alguien más en la web para buscar ser más gustado no es nuevo. ¿Cuánta gente lo hizo –y sigue haciendo– en la vida “real”? Conozco a varias personas que imitan a otras, que dicen que les gusta algo cuando sé que no es cierto, que hacen hasta lo imposible por pertenecer a cierto grupo. Eso es buscar que te den “Like” sin el botoncito. Así que hacerlo en las redes sociales no es un comportamiento nuevo.

    Por otra parte, respondiendo a la pregunta de si realmente estamos más cerca, yo creo que sí. Es mucho más fácil escribir en Facebook o Twitter que estás feliz o triste, o hasta algo tan irrelevante como que bañaste a tu perro, y que tus amigos te respondan, a tomar el teléfono y hablar con cada uno de ellos. Es más, seguramente si lo hicieras, llamarías sólo a dos o tres, pero en las redes sociales pueden conectar con tu comentario personas que has incluido en tu círculo y a quienes no habrías pensado en llamar. Y yo creo que eso es estar más cerca, aunque no sea físicamente.

    En otras palabras, estamos tan solos o tan acompañados como siempre. Son las herramientas las que han cambiado. Quizá el hecho de que haya tantas opciones para conectarse y hacerlo desde casa parezca a primera vista una manera de desconexión, pero, en mi opinión, es más bien un cambio en el paradigma social. A tus amigos del alma los sigues viendo en persona porque te gusta estar con ellos, ver su cara cuando les cuentas algo, escuchar sus historias, dialogar, tener una discusión rica, divertirte, beber, disfrutar de una buena cena. En cambio, hay muchas personas a quienes nunca más verías luego de que dejaron de ser tus compañeros de trabajo o tus vecinos, por ejemplo, pero con quienes, por medio de las redes sociales, mantienes contacto.

    P.D. Creo que la imagen de que quienes programan redes sociales son antisociales ha sido la vendida por los medios porque es la que provoca las historias interesantes, como la de Zuckerberg en “Red Social”, o la de Steve Jobs en el garage de su casa. Pero los nerds y geeks que conozco, que se dedican a la programación –incluyendo este tipo de herramientas–, son bastante sociales, tienen otros intereses y no se la pasan metidos en un sótano.

    Just my two cents.

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