La reinvención de Medellín


“Dios nos dio el privilegio y la tortura de nacer aquí”. Alberto, el conductor, sabe de lo que habla. Su perla filosófica es en evidente referencia a la belleza de las mujeres paisas. Porque unos cuantos días en esta ciudad bastan para emitir una declaratoria compleja, radical y certera: Medellín es el epicentro mundial de la belleza femenina.

Llegamos a esta ciudad un domingo soleado de julio. El trayecto desde el aeropuerto es largo, hermoso y verde, muy verde. Esa es, quizá, la primera gran sorpresa: un camino acogedor que desciende como serpiente hacia el valle, donde Medellín cuelga entre montañas. Y cuando se llega a la zona conocida como El Poblado (el barrio más pujante), pronto se da uno cuenta de que en domingo los paisas se mudan hacia las montañas: la ciudad está vacía.

Como sea, apenas cae la noche uno puede cometer ya la primera imprudencia, en un restaurante de parrilla muy de la región, de nombre San Carbón: cenarme una bandeja paisa, un plato típicamente montañés que combina carne molida, frijoles, arroz blanco, chorizo, morcilla, chicharrón, aguacate, arepa, plátanos (patacones) y huevo frito. Es básicamente irse a dormir con un arma de destrucción masiva en el cuerpo. Más recomendable de día que de noche, como sea, uno no puede venir a este lugar sin recetarse una buena bandeja paisa acompañada de un aguardiente Antioqueño sin azúcar. Yo lo quise hacer apenas llegando.

Pero aquí hay un milagro. Algo trascendente ocurrió en esta metrópoli antioqueña, que apenas una década atrás era internacionalmente famosa por ser la ciudad más peligrosa del mundo, de barriadas y comunas impenetrables, sumida en las tinieblas creadas por el Cartel de Medellín, su banda de sicarios y su capo de capos: Pablo Escobar Gaviria.

Hay que experimentarlo para creerlo: estoy ya es historia. Basta con hacer un recorrido por varias de las comunas pobres –las que están en los altos- para atestiguar la brutal transformación. Donde antes se transaccionaba con la muerte mediante la contratación de sicarios, hoy se han propagado las oportunidades, se han extendido instalaciones deportivas de primer mundo y, gracias al espíritu de lucha, el sentido de pertenencia, la cohesión y la mística de trabajo de quienes habitan con orgullo estas tierras, se respire y se vive en paz.

Así, en este sitio donde se deja ver un constante contraste entre la vida provinciana y el dinamismo de los negocios, han logrado desbancar la violencia a través de inversiones cuantiosas en educación, cultura y deporte. Las comunas tienen otra infraestructura y están comunicadas algunas con el Metrocable y hasta con escaleras eléctricas para subir y bajar. Es hoy la ciudad más pujante y de mayor crecimiento en Colombia.

Capital latinoamericana de la moda

Para mantener la consistencia con la cena dominical, el lunes amanezco literalmente en Triada, un sitio en el corazón del Parque Lleras –zona que en realidad es uno de los centros neurálgicos de la movida nocturna de los paisas-, degustando un desayuno energético que gira alrededor de la morcilla, masas de queso, arepas y café con malvaviscos.

Es pleno verano y el clima cálido, sin ser sofocante. La ciudad de la eterna primavera, dicen una y otra vez los locales. La mejor manera de atestiguarlo es caminar por la llamada Milla de Oro, en la dinámica Avenida El Poblado, donde se suceden sin tregua edificios de oficinas, comercios, restaurantes y casinos, enmarcados por una arquitectura agradable de ladrillos rojos, que se cuelgan en las calles aledañas en un interminable subeybaja. Esta geografía accidentada hace que uno entienda por qué los paisas son de los mejores ciclistas del mundo y se hayan colgado un par de medallitas en los juegos olímpicos de Londres.

Si uno quiere dar una buena caminata y cambiar de aires, vale la pena subir al cerro Nutibara, el más céntrico de la ciudad, hasta alcanzar el Pueblito Paisa, un auténtico pueblo antioqueño en escala natural que también tiene la virtud de funcionar como mirador. Y, por supuesto, hay que hacer escala obligada en el Parque de Berrío, construido en 1680, y con esculturas de Botero, muy cercano al Museo de Antioquia (Carrera 52 # 52-43), donde suelen haber muy buenas exhibiciones temporales, y la Plaza Botero, referentes de la ciudad. Ya de pasada, hay que incluir el Parque de Bolívar, el punto más céntrico, flanqueado por la catedral de Medellín.

Una de las decisiones que se tomaron en esta ciudad fue entender que, en el concierto de las ventajas competitivas de las urbes y las naciones, hay que apostar por algo con la suficiente consistencia como para convertirlo en landmark. Aquí, como explica Carlos Eduardo Botero, director de InexModa, en honor a la vocación tradicional textil de Medellín, desde hace muchos años se ha generado un gran acuerdo regional para vincular toda la cadena de valor en este aspecto, con el fin de desarrollar lo que denomina Sistema Moda. Esto incluye, naturalmente, tomarse muy en serio la organización de ferias y congresos. Cada año, InexModa, un organismo privado que opera como promotor y organizador, lleva a cabo las ferias Colombiatex y Colombiamoda, de lejos las más relevantes en esta materia de toda América Latina. La primera es un trade show textil, mientras la segunda incluye una feria transaccional, un foro de conocimiento y un pabellón de tendencias, a través de desfiles y pasarelas de calidad mundial. Ambos se llevan a cabo en el recinto ferial Plaza Mayor, un conjunto de edificios de gran magnitud.

El tema es bastante serio. La más reciente Semana de la Moda de Medellín (Colombiamoda) generó oportunidades de negocio por arriba de $137 millones de dólares, un crecimiento de 45% sobre el año anterior. Asistieron más de 4,800 compradores colombianos y alrededor de 4,300 internacionales de 46 países distintos. No sorprenden estos logros en un sitio donde es práctica común invitarte a un desayuno de negocios a las 7 AM. Así funcionan lo mismo gente como Botero, de InexModa, y su equipo de trabajo, que el alcalde Aníbal Gaviria y que la corredora de autos Manuela Vázquez. Aquí, el trabajo es un asunto místico.

A este nivel de profesionalismo hay que añadir una verdadera rareza en Latinoamérica: Medellín es una ciudad que destaca por la limpieza de sus calles. Incluso su metro, un tren urbano elevado y eficiente, tiene unos estándares de higiene y orden que no creo haber visto más que en algún país asiático.

Sonrisas, baile, monasterios y flores

La sonrisa podría ser el escudo nacional de Colombia. Si algo distingue a este pueblo hermoso, cercano y entrañable es la honesta gentileza de su gente. Y, por supuesto, hay que añadir ese talento singular que tienen para el baile, de tal modo que nos cohibe a quienes no hemos encontrado la conexión correcta entre las neuronas y las extremidades. Como sea, sólo la noche en estas latitudes le puede obsequiar a uno la posibilidad de escuchar a Monsieur Periné, un fantástico grupo de swing a la colombiana, seguido del maestro salsero Yuri Buenaventura. Y no queda de otra que bailar, con alguna ayuda del aguardiente. Da lo mismo si los restaurantes cierran temprano en Medellín, pues, cuando el afterhours abre horizontes tan entretenidos.

Pero se puede cenar, como lo hicimos en Mystique (Carrera 33 # 7-55), de reserva obligatoria, donde reina la cocina de autor de Juan Pablo Valencia, el chef más connotado del momento en Colombia. Gracias a los buenos oficios de uno de mis compañeros de viaje, un amigo embustero y hablantín, nos cayó en la mesa un desfile de platillos estilo bacanal romano, que incluía algunas fantasías como una tilapia rostizada con salvia y romero y salsa de chorizo español y un barriguero de cochinillo cocinado al vacío por 14 horas con salsa de cranberry y portobellos confitados.

Como también es fácil encontrar un oasis dentro de la ciudad, como lo es el Jardín Botánico de Medellín, donde además del orquideario, se puede caminar por los jardínes y cerrar con un café y un par de aguardientes en el In Situm, un agradable restaurantito con vista a los árboles y los flores, donde revoloteaban felices unos pájaros azules alrededor de los aspersores de riego.

Naturalmente, también hay camino para la bohemia. El barrio Laureles, por ejemplo, tiene ese sabor atractivo de la Condesa defeña y del Palermo bonairense, muy poblada de cafecitos y restaurantes más accesibles. Si se quiere experimentar algo más “down to earth”, en contraste con el mood de El Poblado, esta es la zona perfecta.

La aventura paisa no puede estar completa si uno no trasciende el valle donde está encerrada la ciudad. Hay que salir, que de todos modos las vistas son espectaculares. Como escalas finales, camino al aeropuerto, una parada obligada para mirar la ciudad desde la altura en el silencio de la mañana, una pasada por el Sancho Paisa, para desayunar una reparadora arepa de chocolo (elote), una exquisitez para llegar bien animados a El Retiro, un pueblito paisa pintoresco, donde visitamos a don Miguel Díaz, un cura retirado, rebelde y de enorme sensibilidad, con quien bebimos un aguardiente más en el bellísimo patio de su casa, a la que bautizó como El Monasterio del Viento, con su muy memorable letrero de madera que lleva inscrito: “Bienvenidos al Monasterio del Viento. Aquí vive un Caminante, Solitario y Solidario. Descubriendo al atardecer de cada día qué es lo fundamental y qué lo accesorio”. Y con el caminante caminamos hacia la plaza del pueblo, donde alimentamos palomas y escuchamos tantas historias inspiradoras.

Uno debe evitarse los finales y encargarse de ponerlos como meros intermedios. Luego de varios días de intensidad de pasarelas, modelos, risas, comida y tragos en Medellín, la ciudad verde de las mujeres hermosas y las montañas majestuosas, llaman a abordar. Es justo cuando uno entiende que quien diseñó el slogan de la campaña de promoción turística de Colombia, sabe bien de lo que habla: el único riesgo es quererse quedar.

Pero aquí estoy de vuelta.

(Publicado en National Geographic Traveler, Octubre 2012)

 

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