La suma de todos nuestros deseos


Siempre decimos, en arrebato diplomático, que para todo hay gustos. Pero seamos sinceros: por ejemplo, tras estos días de Juegos Olímpicos, no he encontrado a alguien que les encuentre muchos defectos a la rusa Yelena Isinbayeva, a la también rusa Maria Sharapova, a la paraguaya Leryn Franco, a la británica Victoria Pendleton, a la gringa Hope Solo, la italiana Francesca Piccinini, la croata Antonia Misura o a la rumana Catalina Ponor.

Disculparán el entusiasmo, pero más allá de la actuación de los atletas olímpicos mexicanos de los clavados (mención honorífica a la adorada Paola Espinosa, con su cara de angelito) y del equipo de futbol (porque forma parte de nuestra colección de objetos sagrados nacionales), los Juegos Olímpicos de Londres obsequiaron un gran agasajo visual gracias a las bellas mujeres mencionadas, más muchas otras que desde el ciclismo hasta el volibol playero, nos hicieron más llevadera la merma en productividad en todas las oficinas durante las dos semanas de olimpismo.

En cambio, todavía no encuentro a nadie que celebre con entusiasmo el físico de las levantadoras de pesas, las practicantes de judo y las lanzadoras de bala, por lo que aquel adagio popular de “siempre hay un roto para un descosido” debería repensarse. Ni hablar: somos devotos incorregibles de la apreciación estética, que indudablemente alcanza su nivel más sublime en los rasgos físicos de una mujer.

Vayamos por partes. Aunque aquí pueda encontrar algunas discrepancias con lectores, estoy seguro que no hay nada más poderoso que los ojos de una mujer. Por lo mismo, propongo que aquí se haga una pausa y se busquen fotos de Yelena Isinbayeva, la medallista rusa de bronce en salto con garrocha. Observen bien esa mirada. El verbo sucumbir tendrá, a partir de este momento, un significado más profundo. Para quien no quiera saber ya nada de atletas, hágase el mismo ejercicio con las actrices británica Eva Green y/o Emily Blunt. Ya estamos claros, ¿cierto? Hay ojos que concentran toda la energía del universo.

Ubiquémonos en otra zona ahora: las piernas, que son los ejes de la simetría en un cuerpo femenino. La rusa Maria Sharapova es, quizá, el ejemplo más emblemático del significado de perfección en este sentido: piernas largas, fuertes, torneadas, alegres, con longitudes similares de la cadera a la rodilla y de la rodilla al tobillo.

Pero el paraíso está en la boca. No sólo porque es la manzana apetitosa y jugosa, ventanita de la tentación, sino porque cuando los labios tienen la combinación correcta de carnosidad y color se transforman en el más anhelado objeto de deseo. Miren sonreír a Scarlett Johanson o a Rachel McAdams y, sí, lo demás es silencio.

Transitemos a los pechos, cántaros de miel, como definían con precisión Carlos Mejía Godoy y los de la Palacagüina en esa inolvidable rola Son tus perjúmenes mujer. Para ahorrar palabras, procédase a buscar imágenes de la basquetbolista croata Antonia Misura. ¿Se requiere refuerzo para entender nuestra obsesión con la más bella expresión de la maternidad? Observen a Natalia Siwiec, la modelo polaca que engalanó la más reciente Eurocopa. ¿Algo más cercano y terrenal? Revívase el primer debate presidencial en México, indiscutiblemente ganado por los senos de Julia Orayen.

Finalmente (por razones tanto de obsesión personal como de espacio en la página), tenemos que cerrar por los glúteos, el entretejido muscular más hermoso del cuerpo femenino. Esa zona, tan escandalosamente erógena, que a todos los hombres nos provoca voltear casi sin escrúpulos. Para cualquier escéptico vale recordar esa dichosa fotografía en la que el presidente estadounidense Barack Obama y el ex presidente francés Nicolás Sarkozy miraban sin contemplaciones el trasero de una mujer brasileña. Ahora bien, lejos del tamaño (lo lamentamos, J Lo), la belleza de unas nalgas radica en la armonía de una redondez ligeramente levantada equilibrada con el resto del cuerpo. Los mejores ejemplos pueden ser admirados en Rihanna, la propia Scarlett Johanson, Shakira, Megan Fox, la atleta australiana Melanie Adams y la volibolista italiana Francesca Piccinini.

Si combinamos todo y, como resultado tenemos a Evan Rachel Wood o a Jessica Biel, hemos hecho correctamente el ejercicio de imaginación de retratar a la mujer perfecta, mismo que podemos coronar con un largo suspiro. Así fue como dios decidió descansar al séptimo día.

 

(Publicado en Esquire México, Sept 2012)

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