Las 11 cláusulas del buen beber


Bienvenida sea siempre la controversia. Dicho sea de antemano: estas cláusulas no son aptas para adolescentes instalados en la cultura del springbreak ni para nostálgicos necios. Y por estos últimos nos referimos a quienes se quedaron atrapados en la cultura de las cubas, ese trago letal que echó raíces en estas latitudes y que permite explicar por qué existen tantos mexicanos cachetones.

A petición de los escrupulosos editores de Esquire, quien esto escribe se despoja de sus instintos cavernícolas (pese a la correlación directa de Atouk con un ADN primitivo) y participa en esta galería doctrinaria del arte masculino del buen beber. A continuación, pues, 11 cláusulas que permiten distinguir con claridad a un hombre y a un mono a la hora de entregarse a la placentera tarea de degustar unos tragos.

Primera cláusula. Un hombre bebe, pero jamás se emborracha. Punto. La cantidad es irrelevante cuando se aprenden a leer esos síntomas progresivos que violentan, uno a uno, a los demonios internos. El que se excede, pierde. Y no sólo es un tema de estilo e imagen: la lucidez hace al caballero.

Segunda cláusula. Derivada, en automática, de la primera. El nivel etílico adecuado es el que no se nota. Uno puede estar más dicharachero y desinhibido, pero sabe lo que dice y lo que hace. Un caballero no tiene memoria cuando se trata de amores efímeros, pero siempre recuerda cada detalle de lo ocurrido la noche anterior a la hora de los tragos. El idiota que celebra todas aquellas cosas que dijiste e hiciste, sin recordarlo, es precisamente eso: un idiota. Si estuviste acompañado de una mujer, quizá no la vuelvas a ver.

Tercera cláusula. Un hombre no bebe tragos baratos. Ya no. Dejemos el ron blanco en botella de plástico a los adolescentes. A estas alturas de la vida, uno ya no puede cargar con dolores de cabeza inútiles y, mucho menos, sacrificar más neuronas en aras de una buena fiesta.

Cuarta cláusula. Mientras más pura la bebida y menos se combine, mucho mejor. Nada que se combine con refrescos, por favor. En todo caso, dependiendo de la ocasión (y del cantinero), se puede sumergir uno dentro del mundo de la buena coctelería. Mientras el resultado final tenga el color más cercano a la bebida base, mucho mejor. Sobra decir que está prohibido fermentar tequilas con penes de tigres, leones y perros, al estilo Hank Rhon.

Quinta cláusula. Beber es un ritual social. La anforita en el buró significa que uno está metido en un grave problema. Como por desgracia ya no estamos en las décadas felices de la serie de Mad Men, en esta época no es cool tener botellas en la oficina.

Sexta cláusula. Cuando se está con los amigos, un hombre dispara una ronda de tragos. Nunca dos. Si pagaste la segunda, además de ser un idiota, lo que tienes alrededor no son amigos, sino vividores.

Séptima cláusula. Si estás con una mujer, tú pagas los tragos. Sí, todos. Aquí no aplica la sexta cláusula.

Octava cláusula. Un hombre sabe elegir la bebida adecuada para cada momento y hora del día. No se arranca el día con un shot de Jagermeister y la cabeza metida en el ventilador. Está bien un cava o champagne en la mañana. Es correcto un tequila o un mezcal de aperitivo en la comida. Es atinado una buena botella de vino durante la cena. Es relajante un whisky durante la última conversación de la noche.

Novena cláusula. Al país que fueres, haz lo que vieres. Si en el pueblo blanco andaluz de Ronda el ritual del lugar es tomar un shot de anís para comenzar el día, es válido participar. Si en los países de tradición musulmana no se bebe alcohol, ni se te ocurra sacar tu anforita con whisky. Si en las fiestas de octubre de Alemania beben cerveza con schnapps, intégrate al festín con lo mismo y no insistas en beber mezcal en Munich.

Décima cláusula. Como demuestran los franceses, el ritual de un buen trago es parte de la joie de vivre. Lo demás es apto sólo para adolescentes. Si tomamos en cuenta que Dr. House, el verdadero Pepe Grillo de nuestra generación, insiste en que antes de los 21 años todos somos idiotas, ya todo está dicho.

Onceava cláusula. Ante las críticas de algunos puristas sobre una de sus monumentales creaciones -almejas horneadas con queso parmesano- (sostienen que el queso mata el sabor del marisco), el gran cocinero peruano Gastón Acurio responde con sabiduría: “Lo importante en la cocina es si un platillo sabe rico o sabe feo. Este sabe rico”. Exactamente lo mismo aplica a la bebida. Punto.

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