Yoga y vino en San Francisco


Somos yin yang. Y si este dualidad opera para todo lo existente en el universo, es naturalmente válido para planear un viaje donde se combinen placeres distintos y distantes, como lo pueden ser la práctica del yoga y una dosis contundente de catas enológicas.

En este sentido, pareciera que el norte californiano –San Francisco y sus valles vecinos de Sonoma y Napa– ha encontrado el modo de ofrecer una experiencia intensa para quienes amamos cometer ciertos excesos y, al tiempo, los equilibramos con prácticas saludables.

El punto de arranque es el mexicanísimo barrio de Mission (por lo mismo ya mejor conocido directamente como La Misión) para hacer la primera sesión de Bikram yoga, en un salón a rigurosos 42 grados centígrados, en el estruendísimo y muy simpático estudio local (2390 Mission Street, entre 19th y 20th Street), donde toda la decoración es muy mexicana, incluyendo una colorida imagen de la Virgen de Guadalupe en posición de Tadasana.

Tras alimentar el espíritu, hay que darle lo suyo al cuerpo, que después de sudar como tamal oaxaqueño durante hora y media, reclama combustible. Y lo lindo es que el tema se resuelve –y bien- con un sándwich abierto de tres quesos de ingredientes orgánicos (obvio) en el Tartine Bakery (600 Guerrero Street), acompañado de un generoso café latte. Para acariciar la gloria, sólo hay que cruzar la calle hacia el Bi Rite Creamery y ordenar un helado de caramelo con sal.

Con el espíritu y el cuerpo alimentados, La Misión, que es la versión sanfranciscana del Soho neoyorquino, ofrece un extenso menú de tiendas bohemias en las que vale la pena al menos echar un vistazo.

La siguiente escala yoguística en la ciudad debe ser, por definición, en alguno de los dos estudios (Haight-Ashbury y Polk Street) de Funky Door Yoga, donde lo kitsch no está en la puerta, sino en todos los elementos. Si se elige el primer barrio, se tiene la virtud de poder curiosear por las tiendas de la zona, todas ellas muy respetuosas con el espíritu hippie que le dieron fama, incluyendo Amoeba Records, paraíso de auténticos melómanos. Si se elige la segunda, en el centro, ya está uno cerca del SF-Moma, que casi siempre tiene alguna exposición temporal que amerita la visita, y de la sede de Chronicle Books, paraíso de auténticos bibliómanos.

Lo que sigue es cruzar el Golden Gate. Sin distraerse con Sausalito (se lo dejamos a los fanáticos de los tourist traps, quienes irán ahí después de sendas visitas a Fisherman’s Wharf y a la isla de Alcatraz), hay que seguirse por la 101 directamente hasta Petaluma para la siguiente sesión de yoga, justo en el Petaluma Bikram Yoga (1484 Petaluma Blvd N). Quien te recibe es Lynn Whitlow, nada más y nada menos que la creadora de los Funky Door Yoga de San Francisco y una de las más respetadas eminencias en esta práctica, quien decidió dejar a un lado la jungla de asfalto para incursionar en el apacible pueblo de Petaluma, puerta de entrada al condado de Sonoma, y quien junto con su esposo Jeff Renfro (orgulloso poseedor de un récord Guiness del mayor tiempo de mantener una postura de yoga sobre una tabla de surf) y una extensa familia canina, también abrieron un estudio en Lake County, unas 70 millas al norte, donde uno puede olvidarse por completo del mundo.

 

Pero cuando sé es más mortal, uno tiene hambre al salir de estas sesiones. Si no se hizo reservación en el idílico Central Market (42 Petaluma Blvd N), lo ideal es irse a sentar al bar del Graffiti (101 2nd Street, frente al Great Petaluma Mill), donde hay buen jazz en vivo, un portobello Wellington digno de aplausos y una robusta carta de vinos.

Y hasta aquí llega el yoga mat, porque hay que abrir paso a un breve pero contundente peregrinaje por las vinerías del valle de Sonoma, justo cuando la sed arrecia. A veces el mejor camino es el largo, por lo que hay que volver a tomar la 101 Norte rumbo a Santa Rosa, justo donde se encuentra la 12, el camino panorámico plagado de viñedos y algunas extraordinarias vinerías. En riguroso orden de aparición, cuidando de no excederse en las catas, bajo riesgo de terminar la vacación en una cárcel californiana, vale la pena detenerse en las siguientes wineries: St Francis, Blackstone (su Merlot es digno de homenaje), Mayo Reserve, Kenwood, Hop Kiln, Benziger, Valley of the Moon, Petroni y Sebastiani. Una vez que se llega al centro de Sonoma, justo en la plaza central aguarda la gran recompensa: The Girl & The Fig, el restaurante favorito de los locales. Lo que se pida tiene las garantías de frescura, natural y delicioso. Y la barra es bastante animada.

Si aún hay tiempo, vale la pena echar un vistazo a Scribe, una pequeña vinería apenas al sur del pueblo (camino a Napa), obra de Andrew Mariani, un jovencito de 28 años que se ha ganado un merecidísimo prestigio en la región.

Al final del día, barriga llena, corazón contento.  Y, en este caso, con tantas sesiones torturadoras de yoga caliente, el cuerpo queda intacto y el espíritu enaltecido. No cabe duda que los antiguos chinos, con su visión integradora del yin y yang, eran sabios.

 

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