Bikram Choudhury: Gurú por accidente


Es un showman. Viste un traje vistoso y brillante, inspirado en el atuendo de unos mariachis que escuchó en Tijuana. Baila y canta, mientras intercala bromas y frases efectistas en una conferencia de cuatro horas frente a poco más de medio millar de personas en un auditorio de la Condesa capitalina.

Es Bikram Choudhury, el creador de la que él mismo ha denominado la “cámara de tortura de Bikram”, una escuela de yoga que se basa en un orden riguroso de 26 asanas (posturas) y dos ejercicios de respiración realizadas en un estudio con temperatura promedio de 42 grados centígrados.

“Prepárate para morir”, dice siempre que él mismo imparte una clase. “¿Qué prefieres: 90 minutos de tortura para vivir bien siempre o 90 años de sufrimiento?”.

Quien a estas alturas pretenda encontrarse con el estereotipo hindú de un hombre sabio y sereno vestido de túnica blanca, bienvenido a la realidad: Bikram es más bien un personaje extraído de película de Bollywood, de sombreros simpáticos y lentes oscuros, provocador y dicharachero, políticamente incorrecto, que a sus 65 años se mueve en el escenario con la fuerza de un tigre de Bengala y la determinación de un bulldog inglés. Por supuesto, sus conferencias duran lo que él decida. Es el gran rebelde de la yoga. El chico malo. El rockstar. El dramaturgo y el comediante. Pero, de lejos, el más exitoso propagador mundial de esta disciplina.

¿Gurú? ¿Maestro de yoga? ¿Celebridad? ¿Cómo se considera? En una entrevista con GENTE, que ocurre antes de su conferencia, no vacila en su respuesta: “Soy un filósofo. Enseño Vedanta yoga (tradición de conocimiento que persigue el descubrimiento de la verdad de uno mismo y del universo). Le enseño a la gente quiénes somos. En la India es fácil aprenderlo, pero no en el resto del mundo. Yo utilizo el cuerpo como medio para hacer pensar a la gente de un modo distinto. Y funciona.”

Aquí es cuando Bikram se entusiasma. Dice que funciona. Que es magia. Lleva 52 años enseñando lo mismo. Asegura que 500 millones de personas en el mundo se han beneficiado de su práctica en las últimas cinco décadas. Número aventurado o no, existen hoy cerca de 600 estudios en el mundo (la mitad está en Estados Unidos) y Bikram imparte dos veces al año su entrenamiento de maestros, del que se gradúan anualmente alrededor de 800 nuevos instructores. Ninguna otra escuela de yoga tiene este alcance en todas las geografías.

La encomienda del gurú

A los cinco años de edad, este nativo de Kolkatta ya estudiaba en un ashram, donde hacía yoga. Creció bajo la tutela de Bishnu Ghosh, un reconocido maestro de Hatha yoga y fisicoculturista, hermano de Paramahansa Yogananda, emisario de la sabiduría ancestral hindú y autor del difundidísimo libro Biografía de un Yogi.

Ghosh encontró muchas cualidades físicas en Bikram. A los 13 años lo convirtió en el campeón del All-India Yoga Asana y más adelante en campeón de levantamiento de pesas. A los 14, el maestro espiritual hindú y propagador de la doctrina vedanta Swami Sivananda lo declaró Yogi Raj (rey de los yogis). A los 18 , se destruyó la rodilla con una pesa. Los médicos le dijeron que no podría volver a caminar. Más aún, le amenazaron con amputarle la pierna. Pero Bikram recurrió a Ghosh, quien en seis meses, lo curó a través de la yoga. Sobra decir que este incidente milagroso fue lo que inspiró a este hombre a volverse maestro de yoga y dedicarse a la curación de la gente. Gurú por accidente, por encomienda, por convicción.

De inicio lo hizo en Mumbai. Ante la cantidad abrumadora de gente enferma que buscaba la sanación típica de maestro-discípulo, Bikram ideó un sistema de ciertas posturas en un orden riguroso de modo que pudiera impartir yoga a más gente al mismo tiempo. En 1970 dejó la India y fue a Japón, enviado para ciertas encomiendas de su gurú. A punto de irse (“yo no quería ir, ¡porque ya era el rey de Mumbai!), Ghosh le hizo prometer que se dedicaría a completar su trabajo: llevar la yoga al resto del mundo. “Yo no imaginaba que sería la última vez que hablaríamos. Y no puedo evitar sentirme triste al mirar hacia atrás, porque incluso hoy lo extraño cada segundo del día”.

“He seguido el Janana yoga, la sabiduría de mi gurú, toda mi vida. Es mi vida”, puntualiza.

Esta es la génesis de su Bikram yoga, la escuela que él fundó con sustento en el Hattha yoga. Lo hizo en Japón cuando, de la mano con la Universidad de Tokio, participó en un estudio auspiciado por la ONU para demostrar científicamente que el yoga regenera los tejidos y cura enfermedades crónicas, lo cual fue documentado por la Organización Mundial de la Salud.

En medio de estos hallazgos y de la apertura de sus primeros estudios en India y Japón, la actriz Shirley MacLaine lo contactó y desarrolló con él una creciente amistad. En 1973 llegó a Estados Unidos, supuestamente para curar a Richard Nixon de una flebitis. Aunque no existe ningún registro puntual de este hecho, Bikram dice que Nixon quedó tan agradecido que le regaló la residencia estadounidense. El hecho es que por esas fechas, precisamente, abrió su primer estudio en San Francisco.

Como sea, siempre que se pregunta por estos testimonios de transformación, Bikram cuenta el del ex presidente Nixon, como un punto de quiebre del momento en que su escuela de yoga aterriza en Occidente. Pero cita a muchos más que han probado los beneficios de su yoga caliente: Indira Gandhi, Ronald Reagan, Bill Clinton, Quincy Jones, Michael Jackson, la propia Shirley MacLaine, Raquel Welch, Karim Abdul Jabar, Dan Marino, David Beckham, George Clooney, Ashton Kutcher, Lady Gaga, Nacho Cano, etcétera.

Hombre siempre controvertido, en parte por su estilo directo de lenguaje, a veces florido en insultos, tiene un álbum interminable de anécdotas con todo tipo de celebridades. Está el caso de Madonna, a quien dice admirar por el modo en que se mantiene en forma, pero de quien dice que “trata a la gente como basura. Si hay desacuerdo con ella, de inmediato te pone en su lista negra. Ella me buscó para pedirme clases particulares. Le dije que si quería aprender de mí tenía que acudir al estudio. Que tenía que dejar atrás sus aires de estrella y su ego”.

Su mayor sueño: que cada ser humano que bebe agua e inhala oxígeno en el planeta haga yoga todos los días. “La yoga debería ser parte de su vida cotidiana. Entonces el mundo entero sería el paraíso. No se necesitarían medicamentos, doctores, divorcios ni armas. Si la gente tuviese esta introducción a la autorealización, el mundo sería distinto. Eso es lo que enseña la India, lo que enseño yo”.

El mecánico de cuerpos

Es obligado preguntarle sobre el mensaje que tiene preparado para los ciudadanos de un país que hoy viven atemorizados por un clima de creciente violencia. Responde: “El mundo entero está sufriendo. No somos espiritualmente civilizados. Seguimos rechazándonos por el color de la piel y por las creencias religiosas. Esa es la enfermedad y la infección del mundo. Yo no tengo ese problema porque estoy enfocado en cómo vivir más y mejor, en cómo mejorar mi vida para ayudar a los demás a mejorar la suya. Este es el mensaje de la India, sí. Y yo lo empaqué al estilo occidental de modo que sea aceptado y digerido”.

Como ciudadano del mundo (en los últimos dos meses ha visitado 25 ciudades distintas) insiste en que él no adapta su mensaje a cada lugar. “Frente a mí no existen México, América, Japón, blancos, negros, cristianos, musulmanes. Son seres humanos. El mundo es mi casa y todos son mi familia. Y el mensaje es el mismo: ¿Quieren vivir más? No traten de entender lo que hago: sólo síganme. Los haré vivir más y mejor”.

Su convencimiento es contagioso. Insiste una y otra vez: “¿Cómo explicar tantos milagros de salud en la gente? Este sistema funciona. Es el secreto de las 26 posturas. Con el calor se evitan las lesiones. Y si escuchas correctamente el diálogo todo se trata del matrimonio entre el cuerpo y la mente. Esta es la mejor creación de todas de los últimos 5,000 años: 26 posturas, respiración, calor. Te hace vivir 100 años con dignidad”.

¿Cómo conciliar la paz interna de la disciplina del yoga con la cámara de tortura hirviente de Bikram, esa que provoca que quienes practican salgan del salón como pollos rostizados? Para él, es un tema de medios y fines. “Cuando vas de compras, necesitas un medio: el dinero. Cuando conduces tu auto, también: la gasolina. Yo uso el cuerpo para conciliar la mente. Y lo hago de una manera en que todo el mundo lo puede entender. Es simple. Y funciona”.

A fin de cuentas, Bikram es –y así se considera- un mecánico de cuerpos. Un fervoroso creyente de que para empezar este camino de la sanación a través de la yoga nunca es demasiado tarde, nunca se es demasiado viejo, joven, enfermo, gordo ni flaco.

Al mismo tiempo, no sorprende, pues, que para un mecánico corporal sus dos grandes lujos en la vida tengan que ver con la propia mecánica: los relojes y los autos. No tiene ningún empacho en llegar a los entrenamientos de sus maestros conduciendo alguno de sus Bentley ni de iniciar alguna sesión pidiendo que le pregunten la hora, para poder mostrar en la muñeca algún reloj exótico, como el que porta el día de la entrevista (un Piaget de diamantes y rubíes de más de $1 millón de dólares de valor que cuenta le fue obsequiado por el dueño de la relojera suiza en agradecimiento por su sistema de transformación de vidas).

¿Algún momento de nostalgia para este bengalí nómada? Sonríe: “Los indios resolvemos cualquier problema con bailes y canciones, al estilo de Bollywood”.

American hell

Bikram vive con su esposa Rajashree (su brazo derecho y ella misma cinco veces campeona del All-India Yoga Asana) y sus dos hijos (Laju y Anurag) en Beverly Hills. Cerca de ahí tiene su propio estudio de yoga, cuartel general de la prolífica cadena que lleva su nombre.

No deja de ser curioso que quien vive en la meca del lujo del american way of life sea tan exacerbadamente crítico con el propio estilo de vida de la nación más rica del mundo. Lo dice una y otra vez, en cada foro donde habla, en cada clase que imparte, en cualquier lugar del mundo. Esta conversación no es la excepción:

–       ¿Quieres saber cuál es el significado del infierno? –pregunta.

–       Por supuesto.

–       Estados Unidos es el infierno.

–       ¿Por qué?

–       ¿De qué sirve construir el país más rico del mundo si todos están enfermos? Tienen todo, pero no tienen nada.

–       ¿Y por qué vive ahí?

–       Porque me necesitan para enseñarles que tener no significa nada si no sabes cómo usar las cosas. Por eso los presidentes, primeros ministros, novelistas, superestrellas y billonarios vienen a mí.

También se defienden en su contra, con todo y abogados. Según el Yoga Journal, Bikram demandó por $1 millón de dólares en daños a Yoga to the People, una cadena de estudios que ofrece clases de yoga por donativo en Nueva York, San Francisco y Berkeley. La razón es que Greg Gumucio, fundador de esta escuela y ex estudiante de Bikram, ofrece la “tradicional yoga caliente” con la misma secuencia de posturas que la fundada por Choudhury. Gumucio está en pleno contraataque. Y ha escrito en su blog YogaTruth.org: “Este asunto es mayor que Bikram y que Yoga to the People. Esto es sobre las posturas de yoga y sus secuencias, que son parte del conocimiento tradicional y deben permanecer de dominio público para que todos puedan enseñarlas y practicarlas”. Como sea, el tema se ha complicado al mejor estilo americano, con discusiones jurídicas sobre si la secuencia creada por Bikram es una rutina de ejercicio o una coreografía y, por tanto, si tiene derecho de copyright o no.

Quizá porque William Fisher, académico del Harvard Law School, es el abogado de Gumucio (aunque hay que aclarar que este tema no se trata en la entrevista), Bikram pregunta con ironía si uno sabe cuál es el significado del MBA de Harvard. Y contesta: “Cómo robar sin que te cachen. Si te atrapan, eres un idiota. Justo hace unos días me invitaron a dar una conference a la escuela de negocios de Harvard y me negué. Lo único que les interesa enseñar cómo hacer dinero a través de mentiras”.

Y vuelve a lo suyo: “De algún modo yo pongo un espejo cósmico frente a la gente, para que se vean por dentro, desde los huesos hasta la piel, desde la mente hasta el alma. La gente se asusta con lo que ve. La mayoría de los asiáticos no se atreven a decirle la verdad a Occidente. Yo sí. Ese es mi trabajo. Yo conozco Occidente mejor que los occidentales. Pero no lo puedo hacer solo. Por eso he entrenado ya a más de 10,000 maestros. Y esto sigue y seguirá creciendo. Estoy pensando ya en construir una universidad”.

No se arrepiente de nada (“con una vez que permitas un pensamiento negativo, fin de la historia”, su mayor satisfacción es levantar a la gente de una silla de ruedas. “Regresarles la vida”, dice. Muy a tono, al fin y al cabo, con lo que él considera como el verdadero significado del éxito: “El último propósito de nuestras vidas es hacer felices a los demás para ser feliz uno mismo. Yo encuentro paz mental en llevar felicidad a la gente”.

Imposible definirlo. Inútil tratar de abarcarlo en unas cuantas líneas. Es como tratar de resumir una larga historia de amor con una misma en unas páginas. Un poco de tinta es insuficiente, a fin de cuentas, para intentar descifrar el largo y sinuoso camino de la autorealización, premisa de fondo de los miles de años de práctica de yoga en el inagotable acervo de sabiduría en la India. Por eso, este hombre, que por sí mismo refleja en el cuerpo, la piel y la mirada el santo grial de la eterna juventud, insiste en que su misión es esparcir este conocimiento en otros lados del mundo. Sanar a través de la unión del cuerpo y la mente. Y él mismo parece ser, sí, un hombre feliz.

(Publicado originalmente en Gente México)

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3 comentarios sobre “Bikram Choudhury: Gurú por accidente

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