Perú en cuatro tiempos


ImagenImagenImagenImagenImagenImagenImagenImagen

Como buen mosaico multicultural y de riquezas naturales a la vista, en este país sudamericano se puede cambiar de escenografía varias veces en muy pocos días: de la brisa cálida de Lima, la ciudad donde nunca llueve, a la selva amazónica, donde siempre llueve; de la cima de Los Andes, en compañía de llamas y alpacas, a la magia mística de Machu Picchu.

No importa a qué capital latinoamericana se llegue, siempre hay un signo inequívoco: autobuses destartalados y taxis aguerridos. En el caso de Lima, estos últimos son artistas en inventar los carriles sobre la marcha. Se diría que aquí todos hacen honor a la fama de ser los peores conductores de América Latina, lo cual tiene su mérito.

Después de un vuelo nocturno en el que no se logra atrapar el sueño y de evadir a estos osados conductores, siempre se agradece un oasis. El hotel Country Club de Lima, una pequeña hacienda blanca y elegante en el corazón del barrio de San Isidro, se convierte de inmediato en un himno de esperanza. Entre una tina enorme, una generosa canasta de frutas y una cama deliciosa se pueden revisar los itinerarios, mientras por la ventana el sol se impone con timidez en la bruma húmeda del verano. Las palmeras se forman en la calle, donde huele a brisa, porque a uno se le olvida que se ha llegado a una ciudad recargada en el mar.

En la que fuera oficialmente la Ciudad de los Reyes, capital del virreinato en Sudamérica, siempre hay amenaza de lluvia, pero los limeños tienen una certeza: jamás llueve. Así que aquí se debe ignorar al cielo nublado y salir con la mayor hambre posible hacia la costa del Pacífico, justo en la orilla del barrio de Miraflores, a iniciar la expedición con un abundante almuerzo en La Rosa Náutica, un restaurante que descansa sobre el mar y está unido a tierra por un largo muelle de madera. Las conchitas a la parmesana, acompañadas de una chicha morada (un refresco elaborado con maíz morado y frutas), se vuelven instantáneamente memorables.

Tras las viandas subimos hacia el Parque del Amor, de inspiración descaradamente gaudiana, donde ya nos espera Margot, nuestra guía, quien a lo largo de la tarde se convertirá en la Comandanta Margot, porque nos traerá marcando el paso con poca sutileza y descargará sus malos humores con Oscar, el conductor. Como sea, la señora es una limeña masamorrera (así se autonombran los auténticos nativos de Lima, en honor a la mazamorra, un dulce hecho a base de maíz morado) y, por tanto, es la compañera ideal para hacer una caminata por el centro histórico de la ciudad, por la plaza de San Martín, la plaza de Armas, el palacio de gobierno, la catedral y el Palacio del Arzobispado con sus bellísimos balcones de madera oscura.

Muy cerca de la plaza de Armas, Margot toca la puerta en una vieja casona. Al entrar, nos encontramos con una sorpresa sublime: es la casa Aliaga, la mansión más antigua de todo el continente habitada por una misma familia. En una parte de la casa vive la 17ª generación de los Aliaga, pero la zona más grande ha sido habilitada como museo para deleite de algunos visitantes. De ahí, hay que continuar hacia el Templo de San Francisco, uno de los sitios más emblemáticos de los limeños, donde es obligado descender hacia las catacumbas. La duda, en los túneles oscuros, es quién tuvo el suficiente humor negro para acomodar tan ordenadamente los cientos de huesos y de calaveras que aún se conservan.

A espaldas de San Francisco se encuentra el Parque de la Muralla (sí, Lima fue alguna vez una ciudad amurallada), lugar idóneo para recordar, por si se había olvidado, que uno se encuentra en América Latina: desde ahí se pueden ver los millares de casuchas pintadas por el gobierno peruano para crear el espejismo de que aquí las favelas son rinconcillos folclóricos, pero bonitos.

Si aún se dispone de tiempo y se es tolerante con el tráfico, vale la pena sacar el auto de la playa (sí, nadie lo sabe explicar, pero aquí los estacionamientos se llaman playas) y dirigirse al Museo Larco, en el más distante barrio de Pueblo Libre. La visita vale la pena porque aquí se guarda la colección más grande de cerámicas de culturas preincaicas, incluyendo una sala de piezas eróticas muy bien conservadas.

De vuelta hacia San Isidro es imprescindible recorrer algunas zonas de Miraflores para rematar en el Parque del Olivar, donde si se es muy glotón puede uno meterse al Tanta a comerse una empanada de ají de gallina (un amigo peruano insiste en que uno no tiene más remedio que aplaudirle al chef) o, bien, curiosear por la librería El Virrey, muy nutrida de autores locales.

Pero lo que es infaltable es tomarse un pisco sour en el Bar Inglés del Country Club. Se puede pedir sencillo, doble o catedral, dependiendo de la capacidad personal, pero siempre tomando en cuenta lo que dice Christian, otro limeño muy amable que, en reminiscencia de su padre, advierte que el primer pisco es un gran aperitivo, el segundo reconforta el alma y el tercero te hace hablar japonés. Lo cierto es que abre bien el apetito y permite llegar con ánimo a la cena en el Astrid y Gastón, catedral de la gastronomía peruana moderna y creación del genio Gastón Acurio. Como dice mi pareja, “ahí cantan los ángeles”. Para los escépticos, una muestra: tiradito de mero y chupe de camarón y erizo como entradas; combo de pescado, choritos y callo de hacha, y langostinos en tacu tacu con salsa de mandarina y rocoto como segundos. Si aún no hay convencimiento, basta con pedir un cochinillo de tres semanas o un cabrito lechal. La vida no vuelve a ser la misma.

Las tarántulas son lo de menos.

Cuando anuncian el aterrizaje en el aeropuerto de la ciudad de Puerto Maldonado, lo primero que viene a la mente son dos dudas relevantes: dónde está la ciudad y dónde está el aeropuerto. Porque mientras el avión desciende lo único que puede verse es la tupida selva amazónica, sólo interrumpido por un río que avanza como serpiente en esa interminable alfombra verde.

Pero ocurre que sí hay aeropuerto, por fortuna. Y también ciudad, que no es otra cosa que unas calles modestas invadidos por motociclistas suicidas. Pero pronto se llega al embarcadero del río Madre de Dios, uno de los brazos alimentadores del Amazonas. Ya sobre el bote nos explican que en ese río uno no se mata a nadar, bajo riesgo de ser atacado por las pirañas o los caimanes. Queda claro.

Después de 45 minutos de navegación llegamos al Inkaterra Reserva Amazónica, un discreto lodge ecológico a la orilla del Madre de Dios, donde durante el día el silencio se rompe con el alboroto de los pericos y los monos, mientras en la noche los insectos ganan la partida. Las cabañas son sumamente cómodas y ahí mismo se pueden elegir las excursiones para ese y los siguientes días de entre 14 opciones distintas: el sistema de trochas, el río de noche, el lago Sandoval, el Kanopy Inkaterra, la caminata anaconda, la comunidad Se’Jé, la isla de Rolin, etcétera.

Hay en la selva un árbol de color rojo que se llama lupuna y que dicen es la madre la selva. Es un árbol embarazado y en esa pancita del tronco vive el diablo. Si a alguien se le ocurre lastimarlo, vive la maldición de la enfermedad permanente, hechizo que sólo puede ser curado por un chamán muy sabio. Eso nos cuenta Dino, un mesero menudito cuyo sueño es convertirse en guía de la selva, para lo cual ya está estudiando, al tiempo que ahorra para comprarse unos binoculares. Y también nos alienta a comer cocona, una suerte de jitomate afrodisíaco, al tiempo que nos dice que no bebamos té de hierbaluisa, que tiene el efecto contrario.

Dino, nativo de Puerto Maldonado, quiere ser como José Lino y como Percy, guías orgullosos de sus raíces y pertenecientes a la selva. José Lino es el hombre de los árboles, el que nos enseña el fikus estrangulador que vive guerras de hasta 200 años con sus vecinos, el árbol de la anestesia, la castaña, el caucho y el increíble matapalo, el árbol que camina. Sí, es como si uno estuviera en Alicia y el País de las Maravillas, porque los matapalos tienen las raíces tan superficiales y tan erguidas que, a la largo de su vida, las van lanzando hacia delante y avanzan lentamente por la selva. Percy, en cambio, es el hombre de los animales, el que nos asusta con historias de tarántulas venenosas y hormigas negras muy grandes a las que hay que temer porque basta con seis piquetes para morirse. A él, cuenta, le picó una sola y el dolor le duró 24 horas. Ya sea mientras caminamos por el sistema de trochas o navegamos por las aguas suaves del lago Sandoval, él nos muestra los murciélagos, las hormigas de fuego, los añujes (unos cuyos grandes), los monos ardilla, los caimanes negros, las guacamayas, los monos aulladores y un oso perezoso trepado y dormido con su cría en la punta más alta de un árbol.

Para bajar el almuerzo nada mejor que el Canopo Inkaterra. La primera torre está a 30 metros sobre el suelo bosque. Una vez que subimos ahí, caminamos literalmente a través de las copas de los árboles a través de una red de puentes que conectan ocho plataformas de observación. Con algo de suerte, a esas alturas es posible encontrar tucanes y pájaros carpinteros.

Si hay miedo a la alturas puede elegirse una caminata a la largo de 200 metros de puentes de madera sobre los pantanos, un exuberante ecosistema en el que siempre existe la posibilidad (remota) de encontrarse con una anaconda.

Luego de tanto ajetreo, el final del día ofrece una recompensa gloriosa: un masaje refrescante en el ENA Spa, situado a la orilla del Madre de Dios, justo frente a la isla Rolin, lugar majestuoso para contemplar la puesta de sol en la selva amazónica.

Una afrenta al soroche

El Amazonas nos despide como debe ser: con una fantástica tormenta que nos moja hasta los huesos mientras navegamos de vuelta hacia Puerto Maldonado. La llegada a Cusco nos hace olvidar que nuestra ropa está empapada.

La primera recomendación que te hacen al llegar a Cusco, ubicado a 3,800 metros, es que lo tomes con mucha calma: descanso, té de hoja de coca y comidas muy ligeras para evitar el temido soroche (mal de altura). Evidentemente, ante la ansiedad de comernos de un bocado esta fantástica ciudad colonial, antigua capital y corazón espiritual del imperio inca, no seguimos ninguna de estas recomendaciones, con la honrosa excepción del té de coca. Y el soroche es un fantasma que toma cuerpo tras caminar sin tregua por el empinado barrio bohemio de San Blas y por las calles circundantes a la plaza de Armas, con más fuerza aún cuando nos sentamos en el Inka Grill y ordeno un tiradito de trucha y un ají de gallina, acompañados de la gloria local: una cerveza Cusqueña.

Pero no hay náusea que dure cien años, sobre todo cuando el tiempo es corto y el apetito de conocer es grande. Tras una visita al mercado central, donde nos animamos por unos textiles y un torito de Pukará, porque en estas tierras andinas y en los pueblos del lago Titicaca existe la tradición de colocar juntos dos toros de cerámica sobre el tejado en busca de la abundancia, y no vale resistirse jamás a la promesa de prosperidad.

La tarde es lluviosa, pero no impide una visita a Sacsayhuaman y a Q’enqo, complejos arqueológicos que son vestigios muy honrosos de la cultura inca del Cusco. El primero conserva apenas 10% de lo que fue: un gran centro ceremonial levantado con grandes rocas monolíticas. Q’enqo, a su vez, es en realidad una monumental roca caliza plagada de nichos, escalones, tallados y canales en zig-zag. Si se dispone de más tiempo, vale la pena extenderse a Puca Pucara, una estructura de roca de color rosado que se compone de varias cámaras residenciales, almacenes y una explanada superior con vistas espectacular. Y también a Tambomachay, conocido aquí como los Baños del Inca, un sitio que la excelente calidad de sus piedras sugiere que su uso se limitaba a las más alta nobleza, que quizá usaba los baños sólo en ocasiones ceremoniales.

Aunque la tradición dicta pasar la noche en el Hotel Monasterio, una señorial hacienda administrada por la cadena Orient Express, aquí revelamos un secreto: en la misma plazoleta Nazarenas, a un lado del formidable Museo de Arte Precolombino, se encuentra La Casona, un hotel boutique que recién abrió sus puertas y que está a la estatura de los mejores del mundo.

De Cusco a Machu Picchu en zig-zag

El tren sale de Cusco a las 6:05 de la mañana con rumbo a la estación de Aguas Calientes en Machu Picchu. Lo primero que nos preguntamos es por qué haremos un recorrido de 112 kilómetros en casi cuatro horas. La respuesta no tarda en llegar: después de un breve rato de avanzar, el tren se va en reversa. Vuelve a avanzar, y otra vez en reversa. Por fin lo entendemos: por lo accidentado del valle cusqueño, ¡el tren tiene que dejar la ciudad en zig-zag!

No es el único detalle simpático. Después de recibirnos vestidos de gala, los empleados del Vistadome cambian su vestimenta por la de meseros y son los encargados de servirnos el desayuno, que incluye una necesaria y generosa dosis de té de coca. Más adelante, los mismos vuelven a cambiar de atuendo y, ahora, con chaleco y gorra, venden souvenirs. Pero el punto culminante es cuando la música andina le abre espacio a ABBA y The Dancing Queen, tras el anuncio (¿o advertencia?) de un desfile de modas: los mismos empleados, hombre y mujer, el primero bastante avergonzado y la segunda en estado de éxtasis, desfilan por el pasillo con distintos modelos de lana y alpaca.

La tierra del Valle Sagrado de los incas es roja. Es como si la tierra se hubiera tragado el fuego. Lo demás es verde, un verde que se trepa por las cimas de las montañas, sin dejar nada a descubierto. En la estación de Ollantaytambo hay un intercambio copioso de pasajeros: quienes descienden, con sus mochilas a cuestas, son quienes harán a pie el Camino del Inca: 43 kilómetros por las laderas y las cimas de los Andes, por un sendero de piedra que es la parte sobreviviente de una red de caminos de más de 3,000 kilómetros que los incas construyeron para conectar sus ciudades y sus valles. Los que ascienden se suman a quienes somos más perezosos y comodinos, en busca de llegar ya pronto a la tierra prometida.

Claro, la tierra prometida tiene todavía obstáculos. Además de que, de vez en vez, un hombre baja a toda prisa del tren para cambiar la vía y dejar pasar al tren que viene de regreso, cosa que se lleva su rato, de la estación de tren a la ciudadela de Machu Picchu hay que subirse a un autobús que, además de desafiar a la gravedad por otro camino en zig-zag hacia la cima, se puede decir que los conductores son idénticos a los taxistas limeños: su audacia tiene características suicidas.

Todas esas dificultades, sin embargo, se borran en un instante. Es difícil encontrar las palabras adecuadas para describir la primera sensación al encontrarse de frente con esa imagen, tan vista siempre en las postales: la esplendorosa ciudadela de Machu Picchu, rodeada de nubes y envuelta entre montañas de formas simétricas, perfectas, únicas.

Vilma, nuestra guía quechua, nos mira con la dicha de quien sabe que sus ancestros han cautivado para siempre a este par de viajeros que, atónitos, contemplan en silencio una ciudad construida 600 años atrás en una geografía imposible. Se pueden dedicar días enteros para recorrerla a detalle, sí, pero nosotros estiramos las horas con la ayuda de la temporada baja (sólo algunas decenas de personas están ahí) y con la sabiduría de Vilma, que nos despeja las incógnitas y nos lleva por un recorrido inteligente, primero por las magníficas terrazas de la zona agrícola, después por la zona urbana, con su sector civil compuesto por viviendas y canales y su sector sagrado, conformado por templos, plazas, mausoleos y casas reales. Pensar que el hallazgo de la que es hoy una de las 7 nuevas maravillas del mundo fue un accidente. Se dice que la ciudad fue abandonada en 1565, quizá porque los habitantes, temerosos de lo que los españoles habían destruido en Cusco y en todo el Valle Sagrado, sintieron que ya era un lugar seguro. Aunque hay varias teorías controvertidas de quienes la encontraron desde siglos anteriores, fue hasta julio de 1911 cuando Hiram Bingham hizo el descubrimiento científico del lugar, en una expedición apoyada por la Universidad de Yale y la National Geographic Society. El hallazgo fue una casualidad, dado que Bingham iba buscando la ciudad de Vilcabamba, el último refugio de los incas y punto de resistencia final contra los españoles.

Hacia el final de la visita las nubes ya están encima y cubren todo. Ya ni siquiera es posible mirar el Huayna Picchu (la Montaña Nueva). Y cae la lluvia, mientras nosotros intentamos beber las últimas gotas de ese milagro arquitectónico y ese paisaje místico. Es hora de bajar hacia el desordenado pueblo de Aguas Calientes, donde en el muy recomendable Inkaterra Machu Picchu nos espera un sauna andino (un domo húmedo hecho de hojas de eucalipto con piedras calentadas al fuego, bastante similar al temascal azteca), un masaje relajante en el UNU Spa con fragancias naturales de menta, eucalipto, monte limón y orquídeas, para cerrar con broche de oro con la hora del pisco sour, ese trago sublime al que le debemos varios nuevos buenos amigos y una liga sentimental irrompible con este país entrañable e indomable.

Imagen

Un comentario sobre “Perú en cuatro tiempos

  1. Does your blog have a contact page?
    I’m having problems locating it but, I’d
    like to shoot you an e-mail. I’ve got some recommendations for your blog you might be interested in hearing. Either way, great website and I look forward to seeing it grow over time.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s