Nueve días perfectos en la India


La India es como una mujer: compleja, hermosa y ecléctica. No hay que hacer el esfuerzo por entenderla y juzgarla, sino dejarse seducir y quererla. Así de simple.

Como con una mujer, claro, nada de lo que ocurre en este país responde a la lógica y al sentido común. Basta con poner el primer pie fuera del aeropuerto internacional Indira Gandhi de Nueva Delhi para, inmediatamente, ser asaltado por las revoltosas imágenes de la  India: el chofer del hotel me deja parado en medio de la calle y, con un inglés muy rebuscado, me explica que va a buscar el auto. Tarda siglos en volver, mientras gritan las bocinas de autos, camiones y rickshaws y decenas de miradas penetrantes te analizan desde todos los puntos cardinales. Primer hallazgo: los hindús aprenden a manejar con el precepto básico de tocar el cláxon. Y, ya se verá con los días, manejan con el antebrazo pegado a la bocina, el accesorio automotriz más importante en el subcontinente asiático.

No importa que sea la medianoche y que haya invertido más de 20 horas de vuelos para llegar aquí: el tipo demora casi 40 minutos en volver por mí. Se desvive en disculpas y explica que había un atorón en el estacionamiento. Pregunto por el tiempo de recorrido hacia el hotel. El conductor sonríe. Y en cuestión de minutos desentraño su gesto: es la hora en que los camiones se apoderan del camino, todos con sus rótulos de “Please blow horn”. Pregunto la razón de tanto bocinazo y la respuesta es una síntesis de la esencia de este país: “Es un sistema de aviso para que todo el mundo sepa que viene alguien detrás”. Está claro, pues, que tanto ruido es sólo un gesto de amabilidad en medio de los atracones diurnos y nocturnos. Como sea, luego de pasar el complejo filtro de seguridad del hotel, logro meterme a la cama cerca de las 2 AM. Welcome to India.

 

 

Día 1. El legado británico.

El viejo Delhi y el nuevo Delhi son ciudades distintas y distantes. La primera es fiel reflejo de las verdaderas entrañas de la India: pequeñas callejuelas caóticas, con ríos de gente, en un festivo estallido de colores y aromas. Aquí valga la primera aclaración para quienes llegamos a este subcontinente con nuestros ojos occidentales: la India no huele feo. Siempre salpicada de mercados callejeros, aquí dominan los olores de las especias: cardamomo, cilantro, comino, curry. La segunda es una ciudad señorial, trazada con grandes avenidas que culminan en monumentos de la época colonial británica.

Lo primero que hay que hacer en Delhi, luego de acoplarse a la noche y dormir tanto como se pueda, es tener un desayuno reparador, lleno de sabores intensos. Basta con comerse una especie de dumpling relleno de lentejas y un naan con pasta de vegatales, para volver a la vida. Y hay que cerrar con un dona glaseada con cardamomo. Punto. Porque yo creo que por el desayuno conoces a los pueblos y el amor y la pasión con que viven. Si se acompaña uno con los diarios, te sumerges más adentro. Aquí no se pueden encontrar noticias internacionales, porque todo se vuelca hacia las mil y un historias de este gigantesco país, especialmente si Sachin Tendulkar, uno de los dioses del olimpo del cricket, realiza una nueva hazaña. En esta mañana de densa neblina, The Times of India, Hindustan Times y The Economic Times resaltan esa hazaña (le han ganado a Pakistán, pues), así como las proezas de Mamata Benerjee, ministra de Transportes que se ha postulado para gobernar Bengala. En los espectáculos todo es Bollywood y su prolífica constelación de estrellas de nombres impronunciables.

Con el corazón contento es el momento perfecto para perderse, subido en un tradicional rickshaw, por los laberintos de Chandni Chowk, la meca del Old Delhi, donde se suceden sin pausa los mercados y bazares y se tiene ese primer gran contacto con la energía alucinante de este país. El paseo, de un par de horas, incluye dos choques: contra un auto y contra otro rickshaw. Pero los conductores no pelean: sólo evalúan velozmente los daños y siguen adelante. De cualquier modo, como explican, aquí nadie tiene un seguro. Antes de abandonar la zona, hay que quitarse los zapatos y adentrarse en Jama Masjid, la mezquita más grande de toda la India, para después cruzarse, vía un camino custodiado por centenas de puestos callejeros de productos piratas y puestos de comida, hacia el monumental Fuerte Rojo, construido en el siglo XVII por el emperador mogul Shah Jahan, el mismo que edificó el Taj Mahal en Agra.

Si se quiere continuar mirando objetos, lo ideal es perderse por las tiendas del Khan Market en Nueva Delhi, porque aunque todos te sugieran ir a Connaught Place, ahí no hay nada más que tourist traps y un entorno desastroso debido a las interminables obras del metro. Pero antes de eso hay que pasar por la India Gate, los majestuosos palacios de gobierno y perderse un rato en el Mausoleo de Gandhi, un oasis silencioso en medio del ritmo frenético urbano.

Luego de mirar algunos bazares hay que pedir al conductor dirigirse al templo Lotus, un moderno edificio que tiene la gracia de congregar a fieles de todas las religiones, algo fundamental en un país que se distingue precisamente por un abanico complejo de prácticas religiosas. De ahí, hay que luchar contra el tráfico para visitar el templo de Hannuman, el dios mono, uno de los más venerados en el panteón hindú, para entrar de lleno en el peculiar estilo del misticismo hindú. Templo rodeado de micos, por dentro es un festín de devotos que van y vienes, tocan campanas, hacen picnics, oran, gritan, bailan. El silencio no es el ingrediente activo del hinduísmo.

Luego de refrescarse en el hotel, llega el momento de la aventura gastronómica nocturna. La elección es el India Accent, con un gran buffet al que hay que entrar con precauciones, para que no ocurra lo que pasó a quien escribe estas líneas: no es una buena idea probar todos los curries en la misma noche. Después de la cena, uno se puede sentar con un astrólogo, quien lo primero que hace es cambiarme el signo zodiacal de Acuario a Piscis, insistirme en un inglés muy dudoso que tenga mucho cuidado con las mujeres porque “women are much more harmful than men” y vaticinarme un futuro esplendoroso. Lo demás es un show con una espigadísima y sexy cantante bollywoodense y un grupo de bailarines que, sin remedio, te acaban contagiando.

 

Día 2. Tras los pasos del Buda.

El vuelo aterriza en un aeropuerto bastante primitivo, surgido de una base militar. Es justo el día del gran festival religioso del Holy (marzo 1), en el que los hindús se dedican incansablemente a dispararse pintura de colores.

Apenas llegados a Varanasi (antes Benares), lo ideal es pedir al guía y al chofer ir hacia Sernath, donde se encuentran las ruinas del centro ceremonial, en el Parque de los Venados, donde el Buda histórico pronunció su primer discurso. Sorprende el buen estado de conservación del lugar y, tras el recorrido, ya está uno dando siete vueltas a la Stupa, donde con sólo imaginar la concentración energética de todos quienes han orado con la acumulación de los siglos, la piel se pone chinita. Pasan una y otra vez varios monjes budistas, sobre todo con grupos de devotos orientales. Rezan y cantan, mientras los niños, sueltos en el lugar como pequeños lobos salvajes, hacen sus mejores intentos para tratar de sacar algunas monedas a los turistas.

Vale la pena, también, visitar el pequeño pero bien estructurado museo de sitio y adentrarse en el templo jainita, justo a las afueras del centro ceremonial. Al contrario que la mayor parte de los recintos religiosos hindús, los jainitas (si no desnudos, con apenas un breve taparrabos) mantienen un ambiente muy estéril y poco iconoclasta. Aquí sí se pide silencio.

Después de un almuerzo reparador, Varanasi te enmudece en sentido inversamente proporcional a sus decibeles. Además de que nos toca un kamikaze como conductor, pareciera que aquí se quedó suspendido el tiempo desde que el hombre dejó apenas el nomadismo. La vida en las calles es brutal y caótica. El golpe es directo a todos los sentidos: un rompecabezas visual, una explosión de olores y un bullicio incesante de peatones, vacas, monos, autos, bicicletas, motos. Como sea, el conductor esquiva todo como en carrera de obstáculos y, ante la necia petición nuestra, nos baja en el templo de Shiva, donde atestiguamos esos rituales maravillosos de la gente que toca todo, besa todo, se moja, come, jala las campanas, se pinta las frentes y, sí, claro, también reza.

De ahí, antes del crepúsculo, caminamos rumbo a las puertas del Ganges, donde todos los días, justo a las 6:30 PM, se hace la ceremonia nocturna, en la que jóvenes sacerdotes practicantes celebran al ritual al que acuden centenas y más centenas de peregrinos hindús. Se quema incienso, se arrojan flores, se encienden velas y maderas y, sobre todo, se cantan oraciones a los dioses, en una suerte de trance colectivo que inevitablemente te arrastra y te cautiva. Imposible quitarse esas imágenes de la cabeza. Porque, además, hay que tener en cuenta que al río Ganges se arrastran, como sea, los viejos y los enfermos, en el afán de morir purificados por sus aguas sagradas.

De vuelta al hotel, casi cenamos en silencio, inevitable homenaje a lo recién vivido. Una cena ligera es más que suficiente para ir temprano a la cama.

Día 3. La ciudad de los muertos.

En Varanasi hay que madrugar para cerrar los ciclos. A las 6 AM hay que estar ya subido en un bote de remos en el Ganges para revelar la ciudad justo al amanecer. Es el único modo de descubrir los viejos palacios de los Mogules, casi suspendidos sobre el río, y de contemplar a hombres y mujeres fervorosos de todas las edades, quienes se sumergen para bañarse y beben el agua sagrada en este ancestral rito de purificación. También, de pronto, llegan los aromas inconfundibles de los cuerpos que arden en las piras de madera. Y, en uno de los muros de la ribera, se puede leer una frase que te recuerda con fuerza dónde estás navegando: “El Ganges es la línea de vida de la India”.

Luego de un par de horas por el río, nos internamos en la ciudad antigua. Ahí sí la realidad es otra: el olor es casi paralizante. Por las estrechas callejuelas hay que ir esquivando a las vacas, a los motociclistas, los ciclistas y a los insistentes vendedores (más los desechos de todos), mientras se camina debajo de los monos que revolotean ruidosamente por los tejados. Pero la caminata vale la pena cuando se llega al Templo de Oro y la Máscara Dorada. Aunque no se puede entrar al mismo ni tomar fotografías de su exterior, hay varios pequeños templos antiguos a su alrededor que roban el aliento. También, por supuesto, está el recordatorio de los conflictos religiosos: decenas de militares custodian la zona, ya que musulmanes e hindús se disputan la paternidad de estas callejuelas, con templos sagrados para ambas religiones.

Las mismas calles son bazares con énfasis en textiles coloridos que son un deleite visual.

 

 

 

Día 4. Los templos sensuales.

El vuelo de Varanasi a Kahjuraho es brevísimo. Con el termómetro a unos 35 grados, otro conductor nos lleva hacia el conjunto occidental de los templos, justo en el centro geográfico de la India.

En un país de constantes sorpresas debiera llegar un momento en que ya no se dan tantos sobresaltos emocionales. Pero hay que estar frente a estos majestuosos templos que, a 1000 años de distancia de su construcción, tienen un estado magnífico de conservación, para corroborar que aquí no hay descanso para el corazón. En sus muros, las figuras esculpidas en todos sus relieves narran la vida cotidiana de 10 siglos atrás, incluyendo relaciones sexuales explícitas, de pareja y grupales, que le han dado tanta fama a este lugar. El sitio completo es toda una historia fascinante que tiene que ver con un jovencito que vence a un león, a mano limpia y que, a partir de ese momento, la imagen se vuelve el escudo heráldico de una familia que decide construir los templos para honrar esa memoria.

Después de dedicar varias horas de escrupulosa inmersión en la zona arqueológica, el conductor nos lleva de vuelta hacia el hotel. Caída apenas la tarde tomamos un tratamiento ayurvédico que incluye un largo rato de recibir un baño de aceite caliente en la frente (justo en el tercer ojo) y un masaje en una camilla de madera. Aunque parece que el masajista está empeñado en romperte todos los huesos, al final el cuerpo se levanta en medio del edén.

Para cerrar el día, una cena ligera, pero energética, en el hotel, donde además se ha montado un pequeño bazar con productos bien seleccionados a precios decentes. Es el momento perfecto para equiparse de iconos religiosos: figurillas de madera, de piedra, de pasta, que se consagran a Shiva, Kali, Vishnú, Kama, Krishna, Ganesha, Hanuman, Durga y Rama, los más populares entre un ejército millonario en número.

Día 5. El legado árabe.

Al día siguiente, tras otro desayuno abundante, dejamos Khajuraho para un día de peregrinaje. La carretera, llena de baches, de vacas, de cabras y de motos, es un camino que conecta a un sinfín de pequeños pueblos rurales. Por lo mismo, es también una sucesión de interrupciones: pastores con ovejas, carritos de bodas, transeúntes y animales. Pero, para aliviar los saltos del auto, en el camino a la estación de tren de Jhansi hacemos pausa en Occhra, un tesoro bien guardado que uno no se imagina siquiera que existe. El gran palacio del mogol (de la misma dinastía que construyó Fatehpur Sikri y el Taj Mahal) es una proeza arquitectónica de simetrías arábigas y sincretismo hindú. A ese gran palacio le acompaña otro, del rey local, que invertía todo su tiempo en atender a seis esposas y 120 concubinas. Hay que pasearse por todo el lugar para ir descubriendo los pequeños tesoros ocultos y desentrañar las historias (ciertas o falsas) que nos comparte el orgulloso guía.

Un poco más adelante hacemos escala para comer en un palacete decadente en el pueblo de Alipura, poblado en partes iguales por hindús y musulmanes (pero siempre con mucha paz, insiste el guía). Tras una comida ligera, llegamos por fin a la estación de Jhansi, donde las multitudes van y vienen en trenes viejos, sucios y atiborrados. A nosotros nos dicen que iremos en un tren de primera, con servicio rápido a Agra.

La realidad es que el tren ni es lujoso ni es rápido. Pero luego de varias horas llegamos a Agra, sin más contratiempo que el de un vidrio del vagón que revienta de pronto, aparentemente por ser destino de una piedra que arroja un jovencito.

Día 5. La ciudad del amor.

A esto se le puede llamar, sin temor a exageraciones, el cuarto con mejor vista del mundo. La terraza de nuestra habitación en el Oberoi Amarvilas da justo hacia el Taj Mahal, el gran monumento del amor. El mito y la leyenda, sí, al alcance de nuestra vista, mientras estamos sumergidos en un mar de lujos.

Es difícil intentar describir lo que uno siente cuando ya se está en los jardines frente a ese monumento blanco que se ha visto tantas y tantas veces en fotos. Cuando estás de la mano de tu pareja frente a la obra maestra de Shah Jahan, consagrada a la memoria de su adorada Mumtaz Mahal en una historia de amor de mármol blanco, no puedes más que flotar, junto con ese edificio majestuoso, en el aire cálido de Agra. Hay instantes en la vida que pueden permanecer en la memoria por una eternidad.

Es un episodio poético. Cuando Mumtaz Mahal tuvo al catorceavo hijo de su esposo, murió. Justo antes de morir, cuentan, una última lágrima rodó por su mejilla. El emperador le retiró la lágrima y, eventualmente, construyó un mausoleo cuya arquitectura semejaría una gran lágrima de mármol blanco.

An eternal teardrop

            Descending from heaven

            On the check of time

Para aterrizar, lo ideal es dejarse seducir por uno de los cientos de fotógrafos “autorizados” que te ofrecen hacerte un álbum de fotos. Entonces el romanticismo del momento se convierte en esa otra cara acentuada de la India: el kitsch. Pero uno no se arrepiente de estar haciendo posturas diversas con el Taj Mahal como telón de fondo cuando se está de vuelta en casa. Entonces el albumcito adquiere nuevos valores.

Tras perder el aliento vamos con el guía al Fuerte de Agra, un monumental palacio rojo, donde si bien Shah Jahan vivía bien acompañado de 1200 concubinas, seguía lamentando la muerte de su esposa. Dado que su muy ambicioso hijo -preocupado de que el padre se acabaría su herencia gastándose todo el dinero en el mausoleo de su madre- decidió tomar el poder y encerrar a Shah Jahan, lo único que él le pidió es que fuese en su alcoba, desde tenía una vista espectacular hacia el Taj Mahal. No necesitaba más para vivir. Y queda claro cuando uno experimenta la vista desde la habitación transformada en la celda donde permaneció los últimos años de vida.

De vuelta al hotel, previo a una cena con música en viva, discreta y suave, es el momento de unos drinks en la terraza (sólo tómese en cuenta que los shots en la India son de tristísimos 25 miligramos) mientras se contempla un espectáculo con diversos bailarines, con el Taj Mahal como telón de fondo. No hace falta nada.

 

Día 6. Si yo fuera mahjarajá.

A escasos kilómetros de Agra, camino hacia Jaipur, se erige solemne y monumental Fatehpur Sikri, la ciudadela que fuera por un breve lapso (la falta de agua la hizo inviable) la capital del imperio mogul, cuando en el siglo XVI el emperador mogul Akbar El Grande, quien quería alejarse de Dehli, construyó su palacio ahí y, con el afán de unir los poderes dispersos en la India, desposó a tres mujeres: una hindú, una musulmana y una cristiana.

Uno de los tantos sitios declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en la India, Fatehpur Sikri alberga un importante conjunto de edificios que combinan estilos arquitectónicos hindús e islámicos. Es fácil quedarse en estado de fascinación durante horas mientras se recorre y se escuchan las historias intensas de los 14 años en que fue capital del imperio.

Todavía embriagados por la belleza de la ciudadela, por la tarde se llega a Jaipur, la ciudad rosa. Sin permitirte olvidar que se encuentra dentro de la India (es decir, es igualmente caótica), tiene un trazo más armónico y simétrico, evidencia del gran poder de los Majharajás del Rajasthan, aún hoy una de las regiones más ricas del país.

 

Día 7. La ciudad rosa.

Hay que acudir temprano al Amber Fort, a las afueras de la ciudad, donde tras contemplar a algunos encantadores de serpientes, subimos en elefante al fuerte, palacio señorial construido originalmente por la dinastía de los Meenas, en medio de una ciudadela que se alterando por sucesivos mahjarajás. Ahí es fácil perderse por horas, recorriendo los distintos recintos, fotografiando las hermosísimas vistas y mirando el tránsito interminable de elefantes, enmarcado todo por los restos de una muralla que sube y baja por las montañas aledañas.

Es tiempo de una breve visita al memorable templo de Durga, manifestación de la diosa suprema del universo, al tiempo que es hermana de Vishnú y quien da vida, como nueva encarnación, a Kali, esta diosa fue alguna vez un demonio llamado Mahisasura que venció a los dioses en una batalla. De ahí, nos dirigimos al Jantar Mantar, un interesante centro de observación astronómica que, de pronto, parece un espacio escultórico moderno, para después llegar al Palacio de la Ciudad, monumental complejo emblemático de la arquitectura rajput, en el que destacan las puertas de entrada y los palacios de Mubarak Mahal y Chandra Mahal. Cabe añadir que aquí mismo habita actualmente el mahjarajá de Jaipur.

Con la mirada llena de esos espectáculos visuales, hacemos comida tardía en los jardines del Rambagh Palace, que pudiera ser quizá el hotel más bello de la India. Luego de varias días de concentrarme en platillos vegetarianos, este es el sitio perfecto para regresar al estado carnívoro de mi ser: un curry con cordero que ingresa en la categoría de lo memorable, para cerrar con unos postres sublimes: balushahi (bolitas de harina sumergidas en miel), barfi (dulces de nueces y granos), gulab jamun (bolitas de queso fritas en miel) y kheer (pudín dulce). Final más feliz: masala chai, el té que ha acompañado toda la travesía por la India.

Pero Jaipur esconde muchos otros misterios, dignos de visitar, por lo que aquí se prolonga un poco más el viaje relámpago. Está el templo Birla, un palacio de mármol blanco, enclavado en una pequeña loma, consgrado a diversos dioses y construido por unos de los grandes millonarios hindús. Pero está, sobre todo, lo que uno debe hacer en la ciudad rosa: perderse por sus calles, por las tiendas de telas, los bazares, las coloridas invitaciones de boda, los puestos de comida, los elefantes y camellos que se intercalan con autos, rickshaws y transeúntes, los aromas, las sonrisas y la eterna custodia de Mohinder, el conductor jovencito que nos ha llevado y traído por distintos lugares, contándonos fragmentos del Mahbaratha y el Ramajhana, y que nos recuerda, con cada historia, que en este país la mitología religiosa es un asunto vivo, un olimpo presente en la vida cotidiana y en las creencias de la gente.

 

Días 8 y 9. La otra India.

Luego de dedicar la mañana a dar otra vuelta por Jaipur para poder traer algunos textiles reventando las maletas, es tiempo de volver a Delhi. Si bien no son ni 200 kilómetros los que separan a Jaipur de la capital, entiéndase que en la India las distancias son un tema relativo, porque cada vez que uno ingresa en una carretera, además de jugarse un poco la vida, es siempre una carrera de obstáculos. Por lo mismo, la excursión se lleva más de la mitad del día y, claro, hay que pararse a comer por alguna fonda del camino, preferentemente escogida por Mohinder donde a él, como recompensa por llevarle visitantes extranjeros, le darán gratis la comida.

Da lo mismo cuando ya se ha elegido tener la penúltima cena en el que, según Bill Clinton, es el mejor restaurante de la India: el Bukhara. No sé si lo sea, pero el tandoori chicken completo, la raita con pepino y el naan, son realmente de concurso. Es un sitio muy concurrido en una atmósfera rústica, como si fuera la casa de los Picapiedra. Y es que la gran gloria del pasado, el Moti Mahal de Old Dehli, es justamente eso: el pasado.

Y el último día, previo al vuelo de medianoche, lo consagramos a recorrer el lado upscale de Nueva Delhi, que también tiene lo suyo. Desde una visita al hermoso Garden of Five Senses, donde de pronto se ocultan los enamorados para regalarse algunos besos clandestinos (recuérdese que en este país no son legales las muestras físicas públicas de afecto) hasta una sesión larga de compras en el Santushti Shopping Complex, pasando por una visita al Gandhi Smriti, museo de sitio, librería y jardines que conmemoran el lugar donde Mahatma Gandhi fue asesinado. Previo a la excursión al aeropuerto, da tiempo de cenar cocina vietnamita en el colosal Blue Ginger, del hotel Taj Palace. Y, luego, la sentida despedida con Mohinder, quien nos regala calcomanías con divertidas impresiones de Ganesha y Krishna, los dioses que nos acompañaron durante estos nueve días que, sí, te pueden cambiar para siempre el modo de ver al mundo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s