Un pacto con la adolescencia tardía


A últimas fechas, quizá por efecto de un modus vivendi que incluye una interesante galería de excesos, algunos amigos me han acusado de haber vuelto a la adolescencia.

Agradezco el elogio. Sobre todo porque, entrado en los 40s, uno debe resistirse a los constantes llamados de la cordura, la sensatez y el convencionalismo, bajo riesgo de convertirse en uno de esos adultos de vida ordenada.

No es que descalifique el orden. Es que simplemente no va conmigo. Si así no funciona mi cabeza, tampoco quiero que mi vida completa sea secuestrada por la agenda de las imposiciones del reloj, la familia y otros menesteres. Mientras mantenga el mínimo indispensable de sensatez, esa que me impide consumir sustancias ilegales, no pretendo privarme de las dosis exactas de mezcal, café, tabaco y música para toda ocasión, en consonancia con un ADN noctámbulo, bohemio y dicharachero. Y sé que estoy acompañado en este trajín. Créanmelo.

A fin de cuentas, si uno profundiza en el tema, como bien dice el valenciano Juan Ballester, autor de la novela El Efecto Star Lux, cuando somos adolescentes firmamos un contrato con la vida en el que pactamos como será la nuestra, pero a medida que el mundo nos va decepcionando consentimos rebajar las prestaciones en una transacción constante que nos lleva a conformarnos. “Lo llaman madurar. Y yo me temo que la gente bebe demasiado en los aniversarios porque esos días señalados sabes que en la almohada te está esperando el idealista que lo sucribió para pedirte explicaciones por los recortes aceptados…”.

Bella manera de plasmar el brutal drama que vivimos al abandonar nuestras banderas ideológicas. Ahora bien, aquí necesito acotar tres temas: primero, maduré demasiado pronto, por lo que me di por vencido durante mis 30s y decidí volver a los 18 o 19 desde entonces; segundo, no me espero a mi cumpleaños para beber demasiado, sino a cualquier ocasión especial, sin ningún afán de evadir ningún conflicto con la almohada (duermo como lirón todas las noches); tercero, abandoné ciertas banderas ideológicas por culpa del hedonismo y no por rebajas de prestaciones. Es decir, la recomendación de esta novela, en todo caso, se la tendré que dirigir a quienes miran hacia la adolescencia como un punto lejano del pasado que les acongoja con inmisericorde nostalgia.

Por supuesto, a diferencia de lo que ocurre en el amanecer de la tercera década de vida, ahora el cuerpo cobra la factura cuando uno se entrega a los excesos. Gracias a los buenos oficios de mi pareja (quizá más adolescente que yo, en su propio estilo), he encontrado en la yoga caliente una fabulosa terapia de shock que funciona como cámara de compensación que mantiene un saludable y efectivo equilibrio del yin de mis excesos con el yang de la desintoxicación. Al final, como debe ocurrir en toda buena balanza de pagos, el saldo de activos y pasivos me arroja cero.

Mientras escribo, para estimular la alegría, escucho a Muse en un memorable cover de la sesentera rola Feeling Good. Nada más terapéutico para el alma y reivindicador de la adolescencia tardía (mejor llamémosle permanente) que cuando un músico de esta década reinterpreta y renueva los acordes de quien escribió una canción de 30 o 40 años atrás. It’s a new dawn, it’s a new day, it’s a new life for me and I am feeling good.

Creo que no queda nada por agregar.

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