Todos somos Berlusconi


Dicen que uno debe decirlo en voz muy baja porque es políticamente muy incorrecto, pero aquí va: todos los hombres queremos ser Silvio Berlusconi. Vamos, así es como uno se imagina a los emperadores: ricos, poderosos, depravados y rodeados de mujeres. Imagínense a ellas, bastante desvestiditas alrededor de la chimenea de tu casa, pidiéndote un trago añadiendo el sufijo de “il papi”.

         Qué más que hable mal de ti la prensa todo el tiempo. De cualquier modo, nadie es profeta en su tierra (pregunten, si no, a cualquier gringo sensato si está de acuerdo con el Premio Nobel de la Paz a Barack Obama, y la respuesta será un rotundo, contundente e inobjetable no) y la opinión pública suele sólo ventilar públicamente sus propias carencias. Y el jerarca italiano representa el más grande de los muchos sueños húmedos masculinos: la mezcla perfecta (casi imposible) de magnate multimillonario, faraón del poder político y personalidad carismática, todo bajo una sombrilla de protección que otorga total impunidad (bueno, esta última se supone que ya no tanto). Increíble. Tan inverosímil que no le crearíamos a Hollywood un personaje de estas características.

En la jerga local decimos que rollo mata a carita y que cartera mata a rollo. Bien, Berlusconi mata a todo lo anterior de un solo soplido. Es la encarnación de la suprema divinidad: la indescriptible magia de lo irresistible, la reencarnación del césar romano, la mágica combinación del soberano que hace lo que le dé la gana y con quién le dé la gana, pese a que hoy se organicen las mujeres italianos para exigir destronar al emperador, llamándole, entre muchas otras cosas, un pobre machista. Alguna de estas mujeres, por cierto en el gobierno, dijo con claridad: “Este hombre nos ofende: encerrémoslo”.

Seamos honestos. Con todo y que hoy parece tener a la gran mayoría de las italianas en su contra (y eso sí que ya se vuelve un problema), ¿quién en su cabal juicio masculino no quiere ser o parecerse lo más posible a Il Papi? Quien diga que no, miente. O tiene alma de italiana.

Eso sí. Al señor hay que aprenderle algo: más vale maneja un bajo perfil. Porque si no, como siempre nos ocurre, todo lo que digamos podrá ser usado en nuestra contra, cuando menos lo esperemos. “Soy el político más querido en el mundo, por encima de Lula y de Obama. Tengo los sondeos”. Así, con esa frase feliz, el primer ministro italiano se vanagloriaba de su espectacular popularidad (75% unos meses atrás) dentro de casa, antes de que estallaran los escándalos de Noemí, las velinas y las fiestas monumentales de su mansión de Villa Certosa.

Quizá la única parte que no le envidiamos al señor emperador es tener una (ex) esposa tan indiscreta. Porque, admitámoslo, fue Veronica Lario, en su carácter de mujer despechada, la que armó el verdadero lío, acusándolo incluso de desequilibrio mental. Hay quien dirá que sólo así uno invita a un número nutrido de prostitutas a la casa de veraneo cuando se ejerce como líder político de una nación, por supuesto. Pero de que el tipo encarna nuestra más secretas (y algunas públicas) fantasías, es innegable.

Recuerdo que alguna vez, a la sazón del escándalo de Monica Lewinski en la Casa Blanca, alguien preguntó por acá al simpático Germán Dehesa qué opinaba del asunto. Su respuesta, palabras más, palabras menos, fue memorable: “A mí me encantaría tener un presidente tan sexualmente activo”. Imaginé mil veces, sin éxito, a Ernesto Zedillo en lugar de Bill Clinton. Me quedó claro a qué se refería Dehesa. Por eso hay hombres con los que nos identificamos. Ni modo.

 

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