Somos lo que bebemos


Con el paso de los años me he ido convirtiendo en un hombre incluyente y democrático. Aclaro, de una vez, que me refiero a la bebida.

Luego de vincularme casi con contrato de exclusividad, durante un largo tiempo, con el vino tinto, el tequila y el whisky escocés, en los últimos años han reingresado a mi paladar tragos que pensaba superados, como una cuba ocasional, un sambucca negro, un mojito, un oporto madurado o un gin tonic, además de añadir recientemente, dependiendo de lugar, ocasión y clima, combinaciones bien pensadas como el pisco sour y el mezcal con clamato.

Pero uno tiene que establecer límites: no pienso beberme jamás un carajillo, eso que recientemente en México se le ha denominado a la combinación del café exprés con Licor del 43 (en realidad, el origen español del carajillo se refería a la combinación del café con el brandy y un terrón de azúcar). Como creo que debe estar vetado de nuestra condición masculina un Baileys o cualquier licor con sabor a mermelada, de naturaleza femenina, como el Frangelico, el Drambuie o el Amaretto. Si uno rebasa ciertas fronteras, parece difícil encontrar el camino de regreso.

El whisky, pienso yo, sea en su modalidad de single malt o blended, es el verdadero aristócrata del reino masculino, sobre todo desde que, algunitos atrás, las mujeres de este país decidieron que el tequila, otrora bebida de machitos, se podía volver uno de sus caballitos de batalla. Hoy, nuestro bendito destilado de agave es un puente de unión entre géneros, que porta orgullosamente sedimentos de la tierra mexicana en todo el mundo, con los suficientes grados Gay Lussac para ser un magnífico estimulante de la conversación y de otros gajes más íntimos.

Para unir mejor a los géneros en pos de la comunión hombre-mujer, el alcohol (los reglamentos oficiales me exigirán aquí añadir el “tómese con moderación”) es el disparador más eficaz para dejar salir los instintos naturales. Por lo mismo, con la intención de unir las sagradas actividades de alcoba con los acontecimientos del mundo contemporáneo, nos tomamos la licencia de proponer algunos nuevos cocteles, sujetos al beneplácito del exigente paladar del lector de Esquire:

 

Fast and Furious. Versión corregida y aumentada del charro negro: Coca-Cola, tequila, hielo, unas gotas de limón y un shot de azúcar para acelerar la operación a la máxima velocidad posible.

Presunto Culpable. Agua mineral (la de más contenido de gas), limón, ron, tequila, sal y gotitas de angostura. El primer golpe hay que darle con la nariz para sentir el efecto real.

Presunta Inocente. También podríamos llamarle Florence Cassez. Licor de cassís, miel de abeja y cognac, para confundir al enemigo.

Gaddafi Exprés. Café turco (árabe), tres cucharadas de azúcar, whisky y brandy. Tomar de un solo trago para sacar el animal violento que todos llevamos dentro.

Wikileaks. Vodka sueco y bourbon filtrados. Beber con moderación porque el efecto es siempre público.

Waka Waka. Aguardiente colombiano y anís español. De nueva cuenta: beber con moderación porque el resultado puede salir en la prensa mundial del corazón.

Il Cavaliere. Mezcla explosiva de limoncello, grappa, sambucca blanco y negro y un golpecito de prosecco, con poco hielo. Un par de estos es suficiente para convencer a quien sea de participar en fiestas orgiásticas.

Narco Corrido. Tequila derecho con una pizca de pólvora. Efecto natural predecible.

Los Pinos. Cualquier combinación con vodka para evitar aliento alcohólico. Lo fundamental es beberlo discretamente para que no se entere ningún enemigo de esta afición.

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