Sin calorías no hay hedonismo


Decía Charles de Gaulle, en referencia a los ingleses: “No se puede confiar en un pueblo que come tan mal”. Es entendible. Para los franceses, acuñadores del término la joie de vivre (no aplica a los parisinos y su pésimo humor), pasar los días consumiendo guisos y verduras hervidos, al estilo británico, sería más o menos lo mismo que transitar por el infierno. O bien, como dice un amigo siempre malhumorado, como escuchar una disertación de Gaby Vargas sobre música clásica. No recomendable, pues.

En menesteres gastronómicos coincido con los franceses. En este caso, traslado la idea a los desayunos: no se puede confiar en los pueblos que no toman con seriedad los desayunos. Lo que es lo mismo: por sus desayunos los conoceréis. Para quienes compartimos la pasión culinaria y todos sus derivados, medidos en grados richter de calorías (no hay hedonismo sin calorías), no puede haber algo más lamentable y siniestro que el adefesio llamado continental breakfast en una mesa al despertar. No. Los aromas y los sabores tienen que estar presentes desde las primeras horas del día. Entiendo que no a todos les parezco apetitoso el olor de unos chilaquiles verdes a las 7 AM, pero es parte de un ritual de inicio de día que debería siempre tener como elemento natural la rica combinación de proteínas, carbohidratos y vitaminas. Favor de ponerle a este adefesio verbal la imagen de unos huevos con machaca, tortillas recién hechas, frijoles refritos, una concha, un jugo de naranja y un café. Cualquier cosa que se le reste podría ser un factor distorsionador de lo que uno quiere: un buen día.

Dicho todo lo anterior, hago una acotación. Apenas hace unos días, quien esto escribe, un poco fastidiado de su indomable panza, ha hecho una apuesta pública con un muy estimado colega para quitarse algunos kilos con lo que nos han vendido como una receta mágica de la herbolaria mexicana. Debo confesar que decidí participar en la contienda porque conozco a mi colega: es un incurable adicto a la fast & junk food, que consume vorazmente, a placer, a cualquier hora del día.

Por supuesto, he comenzado mal. Tras caer en las garras de un viejo amigo que tuvo el desatino de recomendarme un restaurante magnífico en el sur del mundo, he iniciado mi nuevo régimen con una cena de antología, diseñada con arte magistral por el chef chileno Matías Palomo (quien se asome por Santiago, reserve en Sukalde, por el amor de dios): de entrada un trío de camarón (esfera de camarón con morcilla, milhojas de camarón y camarón pilpil), seguido por un trío de costillar (barbecue al merquen, coca-cola y chileno) y de postre una locura llamada huevo 3.0 (no revelaré el secreto). Todo ello con un pisco sour de arranque elaborado con té negro y un buen syrah como caldo de acompañamiento. Es decir, pura poesía en tres tiempos. Una cena como debe ser. Quizá el único contratiempo fue compartir la bacanal con tres amigas chilenas que tienen vocación de varita de nardo y que no me acompañaron con el entusiasmo que uno espera en estas ocasiones.

Valga toda esta descripción para hacer el punto: si para eliminar los kilos de más uno debe abstenerse de estas epopeyas gastronómicas, quiero dar ventaja pública a mi socio de dieta. Que se anime, pues. Porque si la receta de la herbolaria, para ser exitosa, se debe acompañar de esa tristísima combinación de pechuga-lechuga, desde ahora asumo mi derrota. Porque no quiero ser, bajo ninguna circunstancia, un tipo poco confiable, de esos que no encuentran deleite sentados a la mesa, en ese ritual social menospreciado por los sajones que por estos rumbos tiene siempre el delicioso sabor festivo de la amistad y el afecto. Más vale sumarle peldaños a la joie de vivre francesa con una pizca de carpe diem y hakuna matata al gusto.

 

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