Seis argumentos a favor de un lindo trasero


¿Nalgas o senos? He ahí el dilema. Una pregunta que nos hacemos constantemente, como para definirnos a través de una preferencia estética. ¿Es cuestión de gustos? ¿De carencias? ¿De mera apreciación visual? ¿De sensación táctil? ¿De perversiones?

El debate puede parecer inútil y frívolo, pero entonces los hombres calificamos para ambos adjetivos porque el tema nos ocupa. Y aunque la mayoría siempre responderá que prefiere el paquete completo (nalgas y senos perfectos), la naturaleza demuestra que casi siempre debemos inclinarnos por unas o por otros, sobre todo si se quiere ampliar la amplitud de mira, dada la escasez de mujeres que conjuntan armónicamente ambos atributos.

Yo me declaro un hombre más inclinado hacia las nalgas. No hay nada más exquisitamente femenino que un trasero redondo, sutil, desafiante de la gravedad. Tengo mis razones. La primera de ellas es estética: me gusta mirar a las mujeres mientras caminan. No hay nada más bello que un cuerpo femenino desfilando con tacones, con la elegancia de un cisne, y dudo que alguien pueda objetar que no hay punto de comparación entre el vaivén de las nalgas que se mueven con ese ritmo puntual al paso de su portadora y el rebote mecánico de los senos, casi siempre atrapados por sostenes. Las nalgas caminan en libertad. Y se les nota.

La segunda razón es de sensaciones. Aclaremos: en el contacto con un cuerpo femenino, las manos son dichosas tanto arriba como abajo. En este sentido, los senos son monumentos en los que siempre vale la pena detenerse. Son un imán inevitable e irresistible en los juegos preliminares. Pero las nalgas son la parte más suave del viaje al más allá. Son como las nubes que imaginamos de chicos: como el algodón, como la seda. Los senos son una pausa. Las nalgas son destino.

La tercera razón es pragmática. En los momentos de la verdad absoluta, cuando estamos sumergidos en el paraíso, las nalgas de una mujer son ese territorio sagrado al que nos anclamos. Las sostenemos, las empujamos, las jalamos, las acercamos, las apretamos, las pellizcamos y las acordonamos, sin tregua, como si así ganamos certeza. Son nuestra balanza más confiable. Dicho de otro modo, un trasero es muy honesto: se manifiesta, tal cual es, debajo de unos jeans. No oculta trucos.

La cuarta razón es psicológica. No descarto que esta predilección haya surgido a partir de una carencia: mi madre, como digna representante de la generación de la posguerra, no me dio pecho. Y no estoy seguro de si todos los que fuimos criados por fórmulas lácteas somos, por falta de costumbre, más adeptos a las nalgas. Alguien podría contra argumentar que estas cosas operan al revés: los hombres siempre buscamos suplir nuestras carencias, por lo que en realidad yo debería ser un asiduo buscador de tetas.

La quinta razón es naturista. Para todos los amantes de lo natural, este argumento es tan obvio como sólido: las operaciones de senos son tan frecuentes que existe una altísima posibilidad de encontrarse con algo artificial. El bisturí, por fortuna, es mucho menos utilizado en las nalgas.

La sexta razón es de discreción. Para solapar nuestra natural fisgonería y si lo que buscamos es no ser sorprendidos en la contemplación, nos otorga cierta impunidad clavar la mirada en el trasero femenino. Es demasiado evidente cuando nuestros ojos se entretienen en los pechos.

Después de todos estos argumentos, más vale hacer una mínima acotación: la defensa de la pasión por unas lindas nalgas no excluye el interés por unos bellos senos redondos, naturales y suaves. Si uno pudiese escoger todo en esta vida, la elección incluiría todos los puntos cardinales del cuerpo de una mujer, sinónimo del paraíso terrenal.

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