Pliego petitorio


Me pregunto dónde habrá estado sentado Andy Williams cuando escribió su canción Music to watch girls by. Con toda certeza no fue en ningún sitio de la Ciudad de México, donde vivimos con la infinita tristeza de mirar pasar a las mujeres con demasiada ropa encima.

Es increíble, pero en el altiplano mexicano las mujeres suelen vestirse como si vivieran eternamente en el invierno de Chicago. Está bien, de acuerdo, en la mañana hace un poco de frío, pero en el resto del día el sol siempre se acaba imponiendo, y uno supondría que el astro rey debería ser un aliciente para que las chicas se pongan generosas con nosotros. Por favor, en ciudades como Londres o París, cualquier temperatura arriba de 20 grados es una invitación a los bikinis, que se vuelven norma en parques y orillas de los ríos.

Yo quiero proponer que las ciudades mexicanas se vuelvan las capitales del destape. Ya estuvo bien. No más suéteres de Chiconcuac. No más abrigos y bufandas a la menor provocación. En un sitio donde el sol es generoso la mayor parte del año, exigimos a las mujeres que sean congruentes con el clima y le regalen calidez a nuestros ojos y regocijo a nuestras almas. De cualquier modo, de la vista nace al amor, ¿o no?

Queremos hacer otra petición a las mujeres mexicanas, sobre todo a quienes ya no tienen 18 o 21 añitos: no se maquillen tanto. Parecen pasteles de Sanborns con tantas capas de colorete en el rostro. De verdad: los 80s quedaron ya muy atrás. A los hombres nos gusta verlas más fresquecitas y naturales, no como pambazos. Y lo mismo aplica a los peinados: los flecos de parabrisas tampoco son sexys. El cabello debe caer con espontaneidad sobre los hombros, sin sprays, sin gominas y sin cualquier otra cosa artificial que se asemeja a carreteras de peaje encima de sus cabezas.

Dado que estas líneas ya se convirtieron en un pliego petitorio, en el que hasta aquí estoy más que seguro que todos mis congéneres lectores coinciden, entremos al tema más polémico: las cirugías. Dado que no somos fundamentalistas, creemos que la cirugía estética es un recurso que, utilizado con bastante mesura, puede ayudar a incrementar autoestimas lesionadas, sobre todo cuando el bisturí participa en el enderezamiento de narices, a levantar algunos pómulos caídos y a dotar de un poquito de curva en el pecho a quienes de plano nacieron en una llanura demasiado estricta. Pero hay un par de reglas muy simples de la cirugía estética: jamás debe notarse y nunca debe abusarse.

En serio. Unos pechos que son visiblemente creados por la mano del hombre, y no por la de Dios, no surten el mismo efecto en nuestra libido (que, ya créase de una vez por todas, no responde a mecanismos tan básicos como los que las mujeres sospechan). Las estiradas frecuentes del rostro se notan y, por lo mismo, son suficientes para ahuyentarnos, porque las caras que parecen bolsas del supermercado no son atractivas. Aquello de levantarse los glúteos resulta hasta ofensivo de tan falsa. Los excesos de botox que dejan las frentes como colchones deberían estar prohibidos. Los labios inyectados de colágeno son una burla a nuestra inteligencia y pierden su condición femenina más deseable (la de ser un imán para la fantasía de un beso). Y de los pupilentes de colores, mejor ni hablar.

Al final de cuentas, los hombres somos amantes de la naturaleza. Nuestra inclinación tecnológica responde a gadgets y equipos electrónicos que nos otro tipo de placer, pero la verdad es que no lo apreciamos tanto en el cuerpo y rostro de una mujer. Nos gustan como son, sin alteraciones quirúrgicas, sin maquillajes que las cubran, sin productos químicos que las modifiquen. Por eso también las preferimos con muy poquita ropa.

 

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