Peregrinos en crisis


Me debato y me atormento.

Vamos a ubicarnos en Nip/Tuck, esa deliciosa serie gore. No por el desfile de personajes en busca de la belleza suprema (e imposible). Sí porque esos dos personajes entrañables, Sean McNamara y Christian Troy, los protagonistas de la serie, son arquetipos de la crisis de los 40.

Christian Troy es más fácil de hurgar: es el macho alfa, guapo, egoísta, hedonista, insensible, orgulloso del tamaño de su pene, sexualmente hiperactivo, mujeriego, fanfarrón, enamorado de su Maseratti y obsesionado con el vientre plano.

Sean McNamara es más complejo: atormentado, noble, emocional, un tanto ingenuo, en busca de la reivindicación amorosa, de encontrarle un sentido trascendental a lo que hace, soñador y romántico.

Me atormento porque todas las señales me indican que estoy mucho más cerca del segundo, aunque en realidad me quiero parecer al primero. McNamara sufre. Troy goza. ¿Es que acaso no habrá un justo medio?

El problema con nosotros, los hombres, según me ha dicho recientemente la mamá de una amiga muy querida, es que en nuestros 30, la etapa de la vida donde mejor debemos estar, es cuando más nos descuidamos. Y, en los 40, cuando aterrizamos con vientres prominentes y poco pelo, es cuando de verdad nos miramos al espejo por primera vez. Justo cuando ya casi es irremediable. Porque entonces tenemos que recurrir a dietas que muchas veces parecen hambrunas, a ejercitar un cuerpo que se va convirtiendo en un artefacto torpe y lento (remember Cuauhtémoc Blanco) y a lamentar cada vaso de whisky por aquello de la cantidad calórica del alcohol.

Carajo. Hay que asumirlo: somos peregrinos de incontables crisis. Somos simples pasajeros en tránsito que vamos de los niveles muy básicos de la adolescencia y los granitos en la cara, a la preocupación económica y laboral de los 30, a la acumulación de penas y alegrías en el vientre de los 40, al terror que provoca la palabra 50 y a la sabiduría que ya a nadie le importa de los 60. Más adelante, cualquier día parece ganancia, porque ya estaremos fuera de todos los mercados. Lo que pasa, entonces, es que siempre vamos buscando la mejor estación de la vida y, tristemente, el tiempo se fuga sin que cometamos las suficientes locuras y atropellos, esas que uno lamentará muchísimo no haber hecho cuando se está de cara a la muerte.

Mientras eso ocurre, ya tenga uno un ADN más cercano al de Christian Troy (el más absoluto e inconsciente carpe diem), Sean McNamara (los demonios andan sueltos) o un poco de los dos (el justo medio aristotélico), lo que queda es tratar de divertirse lo más posible, sin atormentarse despiadada y constantemente (como mal lo hace el autor de estas líneas) y adquirir como hábito la filosofía francesa de la joie de vivre, con pelo o sin pelo, con happy belly o sin él, solos o acompañados, arriba o abajo, a la derecha o a la izquierda y disfrutar la vida en cualquier geografía. De todas maneras, no se ha dado la versión femenina de Almodóvar en la cinematografía, por lo que aún no se nos toma la foto para hacer Hombres al borde de un ataque de nervios. Tranquilos, pues, y a ahogar cualquier pesar con un vasito de single malt.

 

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