Pequeños apuntes sobre la infamia nacional


Últimamente sostengo muchas conversaciones con mi perro, un maltés con complejo de rottweiller que responde al nombre de Cooper y que en realidad es una bola de pelos bastante simpática. No es un tema de soledad, de verdad, porque siempre tengo gente interesante e inteligente a mano para poder hablar. Tampoco es que necesite sesiones de psicoanálisis para descubrir que por problemas no resueltos en la infancia ahora me gusta tener charlas con mi mascota, que no entiende un carajo de lo que le digo.

No, nada de eso. En realidad es eso último lo que tiene valor. Porque aunque tampoco mi hijo adolescente quiere entender nada de lo que le digo, la magia de las pláticas con Cooper es que yo lo puedo salpicar de mil y un apuntes sobre la infamia nacional sin causarle mayor estrés, y lo único que recibo a cambio es una suerte de sonrisa burlona debajo de su copete en esa cara de ewok (entrañable habitante de los bosques en la película de Star Wars, por si se cuela alguien de las nuevas generaciones en esta columna) con que lo dotó la naturaleza y una petición de galleta-premio como recompensa a haber prestado sus oídos. Nada más.

Es decir, me ayuda a reír para evitar el llanto. Más aún cuando uno escribe estas líneas con el cerebro todavía deslumbrado por el espectáculo de luces de ese absurdo monumento tardío al Bicentenario de la Independencia, que ya ha sido bautizado por un número respetable de chilangos como la “suavicrema” y no es otra cosa más que un luminoso recordatorio de dos de las más graves características de la infamia mexicana: corrupción e ineficiencia.

Escribo estas líneas con la desazón que produce mirar pequeños ejércitos de franeleros, bien organizados para protestar por la pérdida de un privilegio ilegal, tras la incorporación de parquímetros en el barrio de Polanco, como si en algún momento hubiesen tenido una concesión para apropiarse del espacio público.

Escribo estas líneas, también, con la incredulidad de que en el circo electorero de 2012 tengamos como participante estelar a un ilustrísimo lector de copete engominado y a un fervoroso creyente de que con $6,000 pesos de ingreso familiar la pasa bastante bien una familia mexicana, mientras otro más nos da una cátedra de esquizofrenia al pasar de un buen repertorio de atropellos a la ley a la construcción de una república amorosa.

Y con el corazón entristecido al mirar en video internauta a un Miguel Sacal dando una golpiza a un trabajador, como símbolo siniestro de que en algunos círculos sociales de este país siguen pululando ejemplares sociópatas, clasistas y racistas, que al final ni siquiera pagan consecuencias por sus actos prepotentes.

Con la impotencia de corroborar que en este país las tasas de criminalidad crecen a doble dígito mientras la economía apenas alcanza un suspiro de incremento, por lo que año con año seguimos sin poder ofrecer oportunidades laborales a quienes se integran a la fuerza de trabajo y contemplamos hambrunas en las poblaciones indígenas, como recién atestiguamos dolorosamente en el caso de los rarámuris.

Encima, quienes vivimos en este complejísimo Valle de México debemos ahora colgar letreritos a las entradas de la ciudad que digan algo así como “DF: cerrado por remodelación”, porque a algunas mentes brillantes se les ocurrió que podría ser muy entretenido el espectáculo de la simultaneidad de la obra pública.

Sí. Es el gran teatro de la infamia nacional. Ese que, si uno cita a Jeffrey Sachs, en esta geografía las cosas calzan con precisión: “La mayor escasez mundial no es de petróleo, agua potable o alimento, sino de liderazgo moral”.

Quizá ya nos llegó el momento de sumarnos a la petición que la valiente Kate del Castillo hizo al Chapo Guzmán: nos llegó la hora de traficar amor. Aunque creo que AMLO ya la había escuchado con anterioridad, yo lo he resuelto a través de pláticas profundas con un perro maltés. Espero que ahora me entiendan un poco mejor.

 

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