Paradojas masculinas


Muchos (muchos) años atrás, mi mayor preocupación era llegar a tiempo del colegio para prepararme un sandwich de crema de cacahuate y mermelada de fresa y sentarme en el sofá para ver, de un tirón, las fantásticas series japonesas Ultraman, Ultraseven y Señorita Cometa.

Algunos días me disfrazaba de Ultraman y otros de Ultraseven (mi gran favorito, porque su arma mortal salía del pecho y no de la frente, como era el caso del primero). Entonces sometía a mi hermano menor a un ritual de pequeñas pero constantes golpizas, porque a él le correspondía el papel de monstruo al que había que destruir. Mi pequeño búmeran de madera siempre encontraba alguna zona de su cuerpo descubierta. Y yo ganaba siempre la batalla. (Afortunadamente nunca me apeteció disfrazarme de la Señorita Cometa).

Con esto no pretende hacer un acto de contricción de mi adolescencia bully. Ni significa que, con el paso del tiempo, me convertí en un hooligan (aunque un buen amigo mío tuvo que aguantar algunas descargas energéticas durante el juego inaugural del Mundial, atribuidas únicamente a mi nerviosismo –soy un intenso villamelón futbolero de cada cuatro años- y a su confesión de que él, en realidad, le iba a Sudáfrica). No. En realidad, aquel fanático de Ultraseven que se traía de bajada a un hermano chaparrito, después de cenar se encontraba con otro momento imperdible: Topo Gigio y sus buenas noches. No había modo de irme a dormir sin aquel grito entusiasta de ¡a-la-ca-mi-ta! del adorable roedor. Y he aquí, pues, el meollo de estas líneas: la paradoja.

Me explico. Los hombres del siglo XXI vivimos en constante paradoja, como si viviéramos dentro de tiras cómicas en perpetua guerra entre el bien y el mal, pero donde se nos confunden los roles tanto como se nos han mezclado en la vida real. Ocurre que los guerreros, cazadores, protectores y proveedores del hogar también tienen sentimientos: somos una generación que lloramos con las penas de Remi al tiempo que rugimos como King Kong. Y, al final, tras encontrar que más allá del “pinche puto” que nos sentenciaron algunos amigos más bravucones y definitivamente hipócritas, dejamos de sentir vergüenza al permitirnos externar nuestra deliciosa dimensión femenina.

De otro modo tendríamos que navegar por la vida con una coraza insoportable de hipocresía, como esa que admite Michael Chabon en su libro Manhood for Amateurs, al confesar que su odio público por el Capitán Calzoncillos lo convierte en un hipócrita porque, en el fondo de su corazón, lo disfruta y lo celebra.

Fuera máscaras. Confesemos que hemos vibrado con varias escenas de The Sound of Music, que hemos cantado alguna vez Viva la Gente, que nos ponemos cremas de mañana y de noche para alejar los fantasmas de la vejez (además de cera para el contorno de los ojos), que nos sabemos al menos una canción de Pánfilo, Anacleto y Demetrios (sí, son Las Ardillitas de Lalo Guerrero), que nos enternecimos hasta la lágrima con La Muñeca Fea de Cri-Cri, que invertimos cada vez más dinero –y tiempo- en el corte de pelo (si aún tenemos, obvio), recitamos más de un poema de Amado Nervo, en fin… Pero también nos emocionamos con Godzilla, corrimos autos como Fitipaldi, fuimos asiduos de toda la zaga de Emanuelle en las funciones de medianoche, gritamos que queríamos ver pelos en El Colonial de Garibaldi, bebimos todo el alcohol que el cuerpo aguantó, vimos a escondidas la peli Champagne for Breakfast y fuimos a la guerra con Braveheart.

Son las paradojas del hombre. Felizmente.

 

 

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