Mi reino por un beso


Por Atouk

 

Wake me up

Only nightmares take me in

Through these walls the winter bites

A draft from all sides

Why did you not include me on your list?

Let me in through the ceiling

White lips kissed

Mew

 

 

Tengo que admitir que una de los dilemas que más trabajo me costó entender en la vida es la regla no escrita de las putas: se puede abrir las piernas cuantas veces se requiera, pero la boca debe mantenerse cerrada.

Cuesta trabajo admitir que un beso es más íntimo y personal que la penetración, ese destino final que se nos presenta a los hombres desde adolescentes como la llegada al jardín del edén. Por aquellos púberes momentos de la vida, a través de una instrucción sexual que suele ser más primitiva que el nombre del autor de esta columna, cuando la libido arrastra al cuerpo entero sin detenerse en los detalles, el beso juega un rol de anticipo, de presagio, de mero inicio de la ruta de viaje. Cuando la vida amorosa comienza, besamos sin conciencia, como trámite engorroso hacia la conquista del premio mayor.

Pero uno aprende a base de golpes. La primera vez que una mujer te voltea la cabeza para evitar el beso debiera ser suficiente para encender todas las alarmas. Es, creo yo, la madre de todos los rechazos, sobre todo si se otorga cierta autoridad moral a quienes dedican su vida a las artes amatorias. Concedámoslo: el coito lo evita la mujer con la facilísima coartada de una jaqueca y nuestra propia ingenuidad actúa como un eficaz mecanismo de defensa para no sentirnos expulsados del paraíso. En cambio, la violencia con que una mujer evade un beso no deja lugar a dudas: ella no te desea.

Mi reino, pues, por un beso interminable. Sí, un beso profundo que ponga en movimiento los 30 músculos de la cara que se supone ejercitamos en ese momento. Un beso intenso que haga que valga la pena el inevitable intercambio de bacterias. Un beso irracional que hace volar, que marea, que navega por las venas, que derrite, que aprisiona, que pernocta, que provoca temblores, que convoca a los mordiscos, que pone a bailar el alma, que permanece, que engrandece, que embriaga, que aniquila las defensas, que tiene los colores del arcoiris y que anticipa un orgasmo que ya nunca se podrá olvidar.

Ahí está la verdadera magia del beso: en su capacidad de subsistencia, como si en el ritual de unión de unos labios se diera el milagro de impregnarse mutuamente con tinta indeleble. Es ahí donde rinde honor a la definición de Musset: “Es el único idioma universal”.

Otra manera de verlo es como el movimiento de slow food: antes que atragantarse en busca de la rápida satisfacción, hay que tomarse su tiempo. Las sagradas cavidades de la boca de una mujer ameritan degustar el platillo con calma, disfrutando el encuentro con los labios, los  dientes, la lengua, el paladar, la saliva. Debemos hacer pausas y variaciones de intensidad, para luego explorar nuevas rutas. Los labios hacen poesía al vuelo en cuanto transitan, sin ninguna prisa, por otros caminos: primero hacia los pómulos, las orejas y los ojos, después hacia el cuello y los hombros, para iniciar luego el descenso hacia la inmensidad de montañas y valles, dejando ríos de deseo por doquier hasta provocar inundaciones.

“En un beso sabrás todo lo que he callado”, escribió Neruda. Y las mujeres, que siempre lo saben todo pero nunca callan nada, podrán fingir un orgasmo, sí, pero no hay modo que nos engañen a la hora de darnos un beso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s