Los números malditos


Varios amigos están ingresando, poco a poco, a la carretera maldita de la década de los 40. Hay quien define el arribo a esa edad como venir manejando por la Autopista del Sol, rumbo a Acapulco y, de pronto, tener que salir hacia la libre, justo a la altura del Cañón del Zopilote.

Pero todo es un juego de percepciones. Quizá antes, cuando la perspectiva de vida era menor, el tránsito hacia este número macabro se asimilaba como la entrada al otoño masculino, en el que incluso echar una cascarita futbolera se convertía en un coqueteo con un infarto al miocardio, se perdía la correlación entre una libido a tope y un desempeño sexual disminuido (mucho ruido, pocas nueces, pues) y en el que las mujeres veinteañeras, fat free, comenzaban a decirte “oiga, señor…”, arrollando sin piedad los últimos resquicios de autoestima.

– Estoy llegando a los 40 y, no, no siento ese gusanito que dicen que te pica, que te incita a llenarte de cremas antiarrugas el rostro y a invertir todos tus ahorros en un Ferrari –dice un amigo dispuesto a tirar la casa por la ventana el día de su cumpleaños 40, muy alineado con nuestro vecino de páginas en esta revista, el autor de Homo Ludens, quien en la edición pasada celebraba que la famosa crisis de la adultez contemporánea es simplemente un mito.

Mito genial, habrá que añadir. Porque la amenaza de ese fantasma de la edad, que justo a las cuatro décadas suele tener la forma de un vientrecillo abultado, a los hombres nos pone en guardia. Y no es para menos, dado que es justo un territorio donde ocurren ciertas cosas que, con o sin crisis, son inevitables: hincarse sometido en el oratorio profano de un proctólogo y un intermitente dolor en la espalda baja. Fuera de eso, si el cuarentón hace algo de ejercicio al menos tres o cuatro veces a la semana y mantiene una dieta un poco más variada que tacos de cochinita y tlacoyos, ya no se debe temer tanto porque el corazón colapse justo en el sprint de media cancha. Y gracias a la investigación farmacéutica, una sola píldora le puede garantizar que no necesariamente se ha llegado a esa edad en que el coito reduce su duración y el intervalo se prolonga.

Dicho todo esto, y haciendo eco de que los 40 son los nuevos 30, llega la nota pesimista: los 50 son los nuevos 40. Y hacia allá vamos cabalgando. El silogismo es, entonces, de conclusión bastante simple: en el siglo XXI el número maldito es 50. En ese estadio es donde se destapa la caja de Pandora y se sueltan todos los demonios. Llegarán esos días, sí, irremediablemente. Entonces la dicha cuarentona de haber exterminado una a una todas las amenazas que se nos recetaron se transformará en una lucha cuerpo a cuerpo contra la necia grasa abdominal, atestiguaremos con tristeza que la tecnología proctológica nos mantendrá reclinados y humillados, el médico nos advertirá sobre los riesgos cardiacos que conlleva el abuso en el consumo de Viagra, Cialis, Levitra y lo que venga, el colesterol y los triglicéridos serán parte cotidiana de nuestro vocabulario, las veinteañeras ya no nos dirán señor sino abuelito, la cremas antiarrugas se volverán riachuelos blancos transitando por los surcos de nuestros rostros, participaremos en las contiendas deportivas desde una mecedora con un whisky en las manos, calificaremos de estridente cualquier nueva corriente musical y entrará un apetito irrefrenable por un auto descapotable que ya no nos podremos comprar, porque todos nuestros ahorros van destinados al muy próximo retiro.

Dada la perspectiva, quizá, buscaremos entonces la coartada perfecta para evitar la caída libre: no, no es cierto que los 50 son los nuevos 40, los 50 ¡son los nuevos 30! Y hasta que la muerte nos alcance.

 

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