Los monólogos de un polígamo fracasado


Para animar estas líneas extiendo una convocatoria a comenzar con The Magnificent Seven, de The Clash, y cerrar con Feeling Good, en versión de Muse, al mayor volumen posible, junto con un buen mezcal oaxaqueño de compañía, porque la conclusión obligará a crearse un buen clima artificial de alegría.

Nuestro problema comienza en la adolescencia, donde se nos vende la fantasía de que la vida puede ser una bella comuna en la que todos y todas tenemos suficiente dosis de amor para repartir a diestra y siniestra. Pronto te das cuenta que esa lección la aprendemos nosotros, pero que a ellas nomás no les hace ningún sentido. Retrocedo a mi propia adolescencia: pasaba horas encerrado en mi cuarto buscando todas las premisas filosóficas posibles para poder argumentar, con pertinaz convicción, que la vida era una verdadera tómbola donde todos teníamos derecho a tomar boletito y, bajo la enseñanza de la entonces muy cercana generación hippie, la consigna de hacer el amor y no la guerra era un llamado a la acción. Ninguna consecuencia negativa podía tener un mundo donde las travesuras sexuales suponían un acto de generosidad colectiva. Era un mundo feliz sin posturas de posesión y celos que dañaran las estructuras del gozo comunitario.

Al salir de mi recámara, lejos de resultar convincente me gané la fama de embustero endémico, capaz de inventar historias sofisticadísimas para poder llevarme a alguna amiga a la cama. Sobra decir que fracasé con rotundo éxito: pasé una adolescencia en compañía de tanta reflexión que, si me propusiera narrar varios pasajes, provocaría un número nutrido de bostezos en quien se atreva a leerlos. Resumo en lo fundamental: el ejercicio de la anhelada poligamia no tuvo mayor consecuencia que las ovejas que recurrentemente conté para doblegar a los insomnios.

“Lo que llamamos criterio (no vemos lo que observamos sino que miramos nuestras tambaleantes conclusiones) en realidad es una bomba de humo”, ha escrito Arnon Grunberg, autor holandés muchísimo más embustero que su servidor, pero que logró publicar una pequeña joya titulada Monogamia.

Igual que le pasó a Marek, el personaje de la novela de Grunberg, un momento crucial de mi vida fue cuando vi la película L’Homme qui aimait les femmes, de Francois Truffaut. La película comienza y termina con el entierro de Bertrand Morane. Y cuando a los 19 años atestiguas un entierro al que sólo acuden mujeres, no puedes más que validar todas esas teorías que llevas años desarrollando en la soledad de tu habitación. Carajo. Pues es que ese condenado Morane, con su adagio de que después de las 6 de la tarde uno tendría que estar siempre en compañía de una mujer hermosa, tendría que haber sido reconocido como un filósofo con credenciales reconocidas en todos los organismos internacionales con vocación a mejorar la vida del ser humano.

Al ingresar a mis 20s seguía siendo monógamo, pero no por voluntad propia. Simplemente, porque mis intenciones de donjuanismo resultaron patéticas para todas y cada una de las mujeres que quise enredar. Mis disquisiciones filosóficas no eran más que un monólogo vulgar. Las pocas veces que tuve fortuna no fue por decisión mía: fueron ellas quienes me cazaron.

Así, el tejedor de escenarios de comunidades orgiásticas unidas por el amor colectivo se volvió, en realidad, coleccionista de sellos postales para huir de la soledad, un lobo estepario que no se aprendió un solo paso de hustle y un poeta de closet que, con la autoestima por los suelos, guardaba bajo llave cada verso que escribía.

Después, gracias a Stendhal y su Don Juan entendí que mi fracaso era compartido por quiénes sí llevaban a cabo mi sueño: “Vemos cómo (Don Juan) es atormentado por el veneno que lo consume, cómo hace malabarismos y busca continuamente algo nuevo. Pero por mucho que engañen las apariencias, no hace más que cambiar una tristeza por otra”.

Mientras me preguntaba qué sería mejor: ir cambiando una tristeza por otra o mantenerse con la tristeza propia, fue el Big Fish de Tim Burton el que, con éxito contundente, removió las imágenes de Truffaut en mi cabeza. Sí, porque cuando muere ese viejo entrañable, embustero endémico que se había auto postulado como el Gran Pez (el rey del mambo, acá en nuestra geografía), no sólo acuden mujeres a su entierro, sino también hombres y seres fantásticos. En ese sepelio abandoné el sueño de la poligamia.

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