Lo que nos une


Las mujeres nos tienen envidia. Y no vamos a echar aquí un cuento freudiano tan poco fundamentado como aquel de que ellas viven con una sensación de ausencia por no haber sido sujetas a llevar consigo un pene (porque de cualquier manera lo tienen a su alcance cada vez que lo desean). Nos tienen envidia porque reconocen que nos llevamos muchísimo mejor entre nosotros que ellas con ellas. Puede ser polémico, pero nosotros entendemos mejor la amistad.

Dicho lo cual, quizá decepcione a alguno de los tres seguidores de mi columna, pero esta vez voy a hablar exclusivamente de camaradería masculina. No sé si esto viene a cuento porque este ejemplar de aniversario me pone muy sentimental, o porque la inevitable llegado a ese estado llamado “adulto contemporáneo” me ha hecho revalorizar la amistad por encima de todas las cosas, pero estas líneas serán, en esta ocasión, un tributo a nuestra condición masculina.

Creo que la mejor manera de poner el tema sobre la mesa es documentando todo aquello que nos une y nos reconcilia como género:

–       Una botella de whisky, de tequila o de vino (preferencias personales, sí) en una noche cualquiera. Algunos grados de alcohol son suficientes para acelerar la camaradería masculina. Nada es más efectivo.

–       Hay algún deporte que nos gusta. Quizá no lo practiquemos, pero lo seguimos por la tele. Sin interrupciones.

–       A las mujeres no las unen los hombres. A nosotros sí nos unen ellas. Con sus honrosas excepciones, casi siempre coincidimos en quiénes están en el top 10 de la oficina, de la escuela, del barrio o de la fiesta.

–       Algún fetiche. Puede ser una pasión por los autos, por los relojes, por equipos de audio y video, cámaras digitales o por otro gadget electrónico. Lo importante es que nos gusta compartirlo.

–       Nos gusta comer. Algunos lo harán con más calidad que otros, pero en general nos une la gula.

–       El control remoto y el volante. Hay ciertas cosas que preferimos controlar. Nos hace sentir mejor, aunque ellas no lo terminen de entender.

–       El humor. En cualquiera de sus manifestaciones (ironía, sarcasmo, mero albur o burdo vacilón), nos une el sentido del humor. Ya lo hemos admitido en varias ocasiones en este espacio: nuestro cerebro opera con mecanismos menos complejos que el femenino. Pero eso mismo nos hace más felices.

–       Cero rencores. Si alguien hace alguna tontería, nos burlamos. Si alguien se hace un mal corte de pelo, se lo decimos. Si alguien está gordito, se lo recordamos. Y no nos guardamos rencores.

–       Nos une algún vicio. Ya sea el tabaco, el trago, el café, las apuestas, el dominó, el billar, las carreras de autos o un table dance, hacemos camaradería a través de nuestras adicciones.

–       La adolescencia interminable. ¿Por qué para ellas la vida no es un juego tantas veces?

–       La lujuria. No se requieren explicaciones adicionales.

 

Al final, sin embargo, por más que nos guste generar rituales de club de Tobi, lo que más nos apasiona es la presencia femenina. Nada valdría la pena sin ellas, quienes son la música de nuestra vida. Esto último explica por qué, por más empeño que ponga en celebrar la condición masculina, me termine volviendo un traidor a la causa. Ni modo.

 

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