La hipocresía imperfecta


He tenido discusiones interminables con mi muy necia pareja acerca de la propensión natural a la infidelidad masculina y femenina. Ella insiste en que los hombres somos, de lejos, más infieles que ellas. Yo argumento que en este caso sí hay igualdad de géneros.

Lo que pasa es que nosotros somos más habladores y ellas mucho más discretas (en esta tema, por supuesto). Por eso las estadísticas que existen, hechas a través de encuestas en distintos lugares del mundo, no tienen ninguna validez: imagino que los hombres, incluso los que jamás han sido infieles, responden que al menos una vez sí se han echado una canita al aire; en cambio, las mujeres, aun cuando sí lo hayan hecho, tienden a responder que no.

Traslademos el tema a este país, el gran reino de la doble moral. En México todos somos decentes y leales, al grado que nos ponemos el uniforme de la policía moral, hasta que se demuestre lo contrario. Y siempre se demuestra lo contrario.

Como sea, hay algo en este país que dificulta la lectura de la libertad con que hombres y mujeres nos desenvolvemos en el campo sexual (y en muchos otros, evidentemente). Todavía jugamos a salvaguardar una imagen que, a estas alturas, huele un poco a rancio y nos comemos las historias del señor y la señora de la casa, con roles tan prestablecidos que lo único que desarrollan es una frustración acumulada que, tarde o temprano, se convierte en aburrimiento letal. Nos hizo mucha falta un movimiento poderoso como el destape español de la década de los 80, cuando los jóvenes se soltaron el pelo y comenzaron a hacer lo que se les daba la gana, tras tantos años de represión de la dictadura. Acá, como en realidad fuimos víctimas de la “dictablanda” (o la dictadura perfecta que enunció Mario Vargas Llosa en referencia a los 70 años del PRI en el poder), nos quedamos jugando los mismos roles, en los que los placeres mundanos se disfrutan por abajo del agua.

Podríamos llamar nosotros a este estático movimiento mexicano el de La Hipocresía Imperfecta: somos una sociedad conservadora en la superficie, pero por dentro todos morimos de ganas de ser liberales. Dicho de otro modo, no se exige una renuncia a los placeres cotidianos, pero está prohibido admitirlos, conversarlos y compartirlos. En la práctica de este deporte de simulación colectiva, las mujeres van a la cabeza en el medallero. En serio. Entre otras cosas, son exactamente igual de ganosas y de promiscuas que nosotros, pero muy pocas lo admiten (“imagínate lo que diría mi papá, mi mamá, mis hermanos, mis hijos, mi abuela, mi jefe, mi novio, mi marido…”).

Ni hablar: las mexicanas son esclavas de la Santa Inquisición de la Imagen Inmaculada y de la Moral Pública, porque en este país las mujeres son primero vírgenes, puras y decentes; y después son fieles, abnegadas y todavía más decentes. Lo interesante es que aún crean que nosotros les creemos.

“Yo ya dejé la decencia atrás hace mucho tiempo”, me dijo una amiga, niña bien de estirpe adinerada, que admite que jugó un rato a ser mujer abnegada de familia, antes de mandar al diablo las buenas costumbres y comenzar a divertirse otra vez. Como consecuencia, su lista de amistades se depuró naturalmente, los ritos familiares obligatorios se convirtieron en encuentros casuales más divertidos y desarrolló con entusiasmo su descuidada dimensión hedonista.

Todos seremos mucho más dichosos cuando las mujeres dejen de pensar en casarse con su príncipe y se quiten para siempre el auto impuesto y muy pero muy aburrido cinturón de castidad.

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