Irremediablemente cursi


Mi pareja me dice a menudo que soy cursi. Como podrán imaginarse, su aseveración no la emite con afanes elogiosos, sino con una dosis fulminante de sarcasmo.

Yo, que me considero un espíritu sensible y romántico, suelo responder:

–       Romántico sí, cursi no.

Obviamente lo que obtengo como respuesta es una sonrisa pícara que significa lo siguiente: romántico no, cursi sí. Y mucho.

Mierda. La daga se clava justo donde la aorta da una vuelta por el ventrículo izquierdo del corazón. Una acusación de ese tamaño a un hombre educado bajo las más elementales reglas de la masculinidad es un golpe doloroso a la autoestima.

Por lo mismo, con el simple objetivo de reconciliación personal, durante algún tiempo he tratado de hacer un repaso mental, lo más acucioso posible, sobre las actitudes que han provocado que mi ADN se haya contaminado de tal manera de altos índices de cursilería.

EN SUS MARCAS. Para aliviar las penas, primero hay que refugiarse en las condiciones compartidas de género: la realidad es que los hombres somos mucho más cursis de lo que parecemos y, por supuesto, que lo que admitimos. Lo que pasa es que no nos gusta exhibir signos de debilidad. Nos adiestraron para ser rudos, pero hay un rincón de nosotros lleno de azúcar.

LISTOS. Tengo un playlist escondido en mi iPod con canciones de Camilo Sesto, Jeannette, Miguel Gallardo, Raphael, Diego Verdaguer, Dyango, Los Terrícolas, Los Angeles Negros y Los Temerarios, entre una lista terriblemente extensa. (Convocatoria: he buscado de modo incansable, sin éxito, canciones de Sergio y Estívaliz. Si alguien sabe dónde conseguirlas, apíadase de mi y déjemelo saber cuanto antes. Ofrezco recompensa). Esta es una confesión relevante, de verdad, que requiere de un aplomo que no siempre tengo. Aunque pretenda disfrazar todas estas canciones de música cool para lavar y planchar (qué lindos son nuestros eufemismos intelectualoides con tal de ocultar nuestros placer culpables), la realidad es la siguiente: compro las canciones en línea en exhaustivas búsquedas (a veces la misma en distintas versiones), las toco constantemente y, sobre todo, las canto. Me las sé de memoria. Las interpreto sin mayor empacho en el primer karaoke bar que se cruce en mi camino. Y, para mi infortunio, se las he cantado incansablemente a mi mujer.

FUERA. Si hiciera una antología personal de lo que he escrito desde que soy adolescente, las hormigas y las abejas devorarían su contenido y morirían todas empachadas. Punto.

Una vez admitido el problema, no queda más que relajarse y disfrutarlo. De cualquier modo, una vez que la miel circula por venas y arterias, ya no hay más que dejarla fluir. Como sea, mi misma pareja ha debido aceptar, a regañadientes, que es precisamente ella quien ha acentuado mis altos niveles de cursilería.

Es liberador admitirlo en público. A todos los que tengan un alto nivel de azúcar en la sangre –y no por razones clínicas- les invito a hacer lo mismo. Nunca me había sentido tan libre.

 

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