Homenaje mínimo a Dr House


Hace falta ya admitirlo: Dr House es para nosotros, meros aspirantes, la tierra prometida, el alter ego más aspiracional, The Man, el verdadero amo del universo.

Confesión pública realizada, pasemos a los hechos. ¿Cómo puede ser que un hijo de puta del tamaño del doctor House, de comentarios tan grotescos e hirientes, de arrogancia desmedida, de pésimos modales y tan mal carácter ser una figura tan atractiva tanto para los hombres como las mujeres?

Ahí está el detalle. Para entender mejor el asunto, hay que agradecerle a Toni de la Torre, quien tuvo el tino de inventarse un libro estilo superación personal a partir de la filosofía del personaje televisivo, en el libro Dr. House, Guía para la Vida. Ahí deja clara la receta de la vida, convertida en lemas memorables, como “la sabiduría no consiste en aprender de los errores, sino en lamentarse de ellos”, “rechaza las opiniones de los demás aunque piensen lo mismo que tú” o “todo el mundo miente”.

Pero no nos engañemos. El ingrediente principal del médico de Nueva Jersey es una inteligencia muy por encima de la media. En realidad, se trata de un genio incomparable en el diagnóstico de enfermedades complejas, todo a través de una metodología propia, en la que incluye a un grupo muy particular de médicos.

Dicho de otro modo, si se está en o por debajo del promedio, mejor ni intentar emularlo, porque las consecuencias serían catastróficas: lo único que se lograría sería juntar dos defectos que no deben convivir bajo ninguna circunstancia: la arrogancia y la idiotez.

Sí. Todos queremos ser brillantes, divertidos, sorprendentes y sexy a la vez. Parece un objetivo difícil, pero si se atiende a una de las máximas de House (hay siempre que imponerse metas imposibles para así nunca poder alcanzarlas), al menos puede ser divertido hurgar entre nuestros potenciales, sobre todo si la vida se comportó con cierta generosidad en el reparto de genes.

A mí la parte que más me seduce es la entrañable sociopatía del personaje, que parece condenarlo constantemente a la soledad. Será quizá porque a veces parece que el método más confiable para subirnos la autoestima es bajándosela a los demás. Humilla antes de que te humillen a ti. Siempre sé el más ingenioso de todos (“si uno es inteligente, hay que demostrarlo; si no, ¿para qué demonios tenemos ese don de la naturaleza?”). A fin de cuentas, como suele decir House, la mayoría de las personas son idiotas y, por lo mismo, ni siquiera lo saben.

Pero, ojo, lo anterior requiere de una muy sofisticada cámara de compensaciones. La arrogancia tiene límites, pues, y hay que saber jugar con ellos. Por eso lo importante es, de acuerdo con la filosofía House, jamás aceptarse a uno mismo, porque siempre debe uno compararse con los ideales, de modo que se pueda generar una fábrica eficiente de desdicha. No se pueden aceptar, así nada más, nuestras imperfecciones, fracasos y debilidades. Hay que castigarse por lo que nos disgusta de nosotros mismos.

Pero lo más importante es rehuir cualquier argumentación en la que uno no está seguro de poder ganar. Cuando la circunstancia lo amerita, ni siquiera hay que intentar profundizar en los temas. Sería demasiado aburrido. Lo ideal, al final, es recordar que siempre es mejor hablar de sexo.

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