Historias del fin del mundo


Le tengo terror a esos personajes del Tea Party. Ultraconservadores radicales, autopostulados como gendarmes de las buenas costumbres y la moral pública, son más peligrosos que curas abusadores de menores.

Imaginemos por un instante que las huestes de la Palin y demás apellidos de políticos ligados a este movimiento encuentran campo fértil para alcanzar más posiciones en el Congreso de Estados Unidos, en más estados de la unión americana, en la Casa Blanca. Sería como tener a Torquemada al frente del país (aún) más poderoso del mundo.

Lo aterrador es que tienen campo fértil. Digamos que al presidente Obama no le han salido bien las cosas. En el umbral de una nueva crisis financiera y económica, resulta complicado pensar que el actual mandatario logre reelegirse o, en su defecto, allanar el terreno para un aliado de su partido político. Si en el bando contrario, como ocurre ya, se cuelan con más fuerza los puritanos del Tea Party, en el 2012 los demonios de la doble moral estarán sueltos. Y gobernando.

Quizá por ahí habría que dar la interpretación del final del calendario maya, es que pone como fecha apocalíptica el 21 de diciembre del 2012. Algo intuían aquellos hombres sabios del Mayab, astrónomos consumados, lectores sobresalientes del universo.

Basta mirar, aunque sea de reojo, al mundo. Es tarea casi imposible lograr dimensionar y poner en contexto todo lo que ha ocurrido en este álgido 2011. Pareciera, de pronto, que el tsunami japonés fue hace muchos años. Las imágenes pasan por nuestra cabeza a mil por hora: aquellas amenazas nucleares tras la gran ola en el archipiélago nipón, los movimientos rebeldes del Medio Oriente (Túnez, Egipto, Yemen, Libia, Marruecos, Siria…), la brutal matanza hecha por un radical en Noruega, las multitudinarias manifestaciones de los jóvenes en Chile, las crisis en cadena como castillo de naipes en Europa, la lenta y dolorosa caída del imperio americano, los escándalos sexuales y de corrupción de poderosos y, por supuesto,

el innombrable acto de terrorismo en un casino en Monterrey, los cuerpos colgados a lo largo de la geografía mexicana, las balaceras afuera de estadios y en tantas latitudes de nuestro país.

Todo pasa rápido. Difícil encontrar sentido a tantos temas, a tal velocidad, a este cambio frenético en todo el orbe que no deja ni entrever qué hay en el horizonte.

En México, ni hablar. Se supone que estas líneas deberían brillar con sentido del humor. Pero hoy parece imposible. En medio de esta ya ridícula guerra, a la que se suman, de un modo brutal, los inocentes. Y nos deja una sensación de derrota, de colapso emocional, de infinita tristeza, de implacable impotencia. Hoy nos están robando hasta los sueños.

¿Y cómo se detiene esta continua masacre?

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