Gustos democráticos


Hace unos días me sumergí 25 años atrás en mi pasado a través de una reunión generacional. Como ya me había anticipado una amiga que había hecho lo propio unos días antes, me encontré de frente con la verdad aterradora: las mujeres, en general, se mantenían en excelente estado, o algunas incluso habían mejorado; los hombres, con la notable excepción de uno (gay, por supuesto), nos vimos pelones, panzones y cachetones.

Carajo. Goethe escribió alguna vez que la vejez es algo que nos toma por sorpresa. Seguramente se refería al sexo masculino, que parece condenado a mostrar las tristes evidencias de la juventud acumulada. Y luego no nos quieren creer las mujeres que nosotros sufrimos más.

Pero lo que aquí viene a cuento, más allá de lamentar las heridas que deja el paso del tiempo es que, quizá, esto mismo despierta en nosotros un gusto bastante más democrático. Es decir, a mí como que me empiezan a gustar todas las mujeres: gorditas, flacas, altas, chaparras, blancas, morenas, pelirrojas… No sé si es un tema de resignación o de sabiduría. Lo primero, porque ante la llegada del otoño (“todo mi cuerpo en este otoño se siente crepúsculo en la lluvia”, escribió la poetisa japonesa Tagami Kikusha) a mis de por sí humildes atributos físicos y la ansiedad que provoca el sentirse cada día menos atractivo, menos deseado, el gusto democrático actúa como mecanismo de defensa: ya no importa qué tan guapa es la mujer que de pronto te voltea a mirar, porque esa sola mirada te hace sentir todavía un poco vivo. Quizá ya no cotice uno con buenos indicadores, pero cualquier señal, de quien sea, nos mantiene en el mercado. Lo segundo tiene que ver con las experiencias de vida cuando se cruza el umbral de los 40: uno empieza a encontrar señales de belleza donde antes la inmadurez impedía apreciarlas. Es como en aquel cuento cursilón de Tolstoi en que había un perro muerto destrozado en el camino. Los peregrinos, uno a uno, lo encontraban muy desagradable, con la excepción de uno, que elogió la hermosa dentadura del animal. Es decir, a estas alturas de la vida, uno ya empieza a escarbar en los detalles bonitos de un conjunto poco estético. Lo que muchos llaman resignación, yo prefiero verlo como sabiduría.

Toda esta diatriba tiene un solo propósito: justificar un gusto que se ha vuelto terriblemente democrático, en el afán de sentirme acompañado por algún lector que comparta esta metamorfosis. Aunque a la hora de la verdad uno tenga que filtrar las cosas y tomar decisiones sustentadas en la tiránica selectividad, no queda más que admitir que el esfuerzo que hacen las mujeres para verse bellas tiene su recompensa: lo notamos y lo aplaudimos. Es quizá, también, un tema de congruencia con el orden natural del universo: la mujer está delante de nosotros en la escala evolutiva. Basta con mirarlas caminar y sonreír. Sus movimientos son más armónicos. Su voz es más dulce. No tienen las piernas llenas de pelo (y si lo tienen, se lo quitan, pues) ni les salen barbas. Su piel es más suave. Tienen senos. En fin. Son tan endemoniadamente cautivadoras que provocan que esta columna, nacida como un foro de defensa del vilipendiado género masculino, termine siendo secuestrada por ellas, casi sin querer. A fin de cuentas,  detrás de una gran mujer siempre hay un hombre en estado de sitio.

 

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