Gracias, querido Obama


La foto donde los presidentes Barack Obama y Nicolás Sarkosy voltean a mirarle las nalgas a una jovencita, en el corolario de la reunión del G8 llevada a cabo en Italia, es una de las más bellas reivindicaciones de género que he visto recientemente.

Ni hablar de las ya célebres historias del presidente italiano Silvio Berlusconi, audaz party monster que incluye mujeres hermosas (y demasiado jóvenes) en sus fiestas apoteósicas, que pudiesen ser bastante cuestionadas. Pero si todos coincidimos en que el actual presidente estadounidense es un tipo inteligente, preparado y evolucionado, que reacciona como todos los demás ante la súbita aparición de un lindo trasero femenino, podemos sentirnos muy acompañados. Lo mismo podríamos decir de Sarkosy, un hombre envidiablemente bien acompañado (que lance la primera piedra quien no sucumba ante el encanto de Carla Bruni).

No importa raza, credo, color ni condición social: los hombres somos hermanos. Sí, ellas dirán que somos los animales más predecibles –y primitivos- de la naturaleza. Quizá la somos. Sí, ellas dirán que es una muestra más de que el mayor motor de nuestra vida es la cabeza inferior central. Quizá a veces nos ocurra. Pero es emocionante sentirse acompañado por los congéneres más poderosos del planeta en la dulce y extendida afición de voltear nuestra cabeza para ver si detrás de lo que vislumbramos previamente por delante se hace la debida justicia.

Lo que en realidad ocurre es que los hombres fuimos dotados por un periscopio natural que se enciende a la menor provocación. Con ese último par de palabras nos referimos, evidentemente, a la espontánea aparición de una chica linda que cruza por nuestro radar. En automático, sin mayor preocupación, nuestra cuello gira en un paneo de 180 grados para contemplar el manjar completo. No nos gusta quedarnos a medias. No tenemos la culpa de querer culminar nuestros actos, ni modo.

Hemos insistido varias veces en este espacio sobre nuestra ineludible inclinación al voyeurismo. Los mexicanos llamamos a este asunto, en honor a nuestro hedonismo culinario, “echar un taco de ojo”; o, en homenaje a nuestra afición por el lenguaje, “deleitarse la pupila”. Es un acto muy poco culposo, además, lo cual eleva el nivel de placer. Por ejemplo, si tenemos enfrente el ya célebre calendario de Pirelli o el más reciente ejemplar de Maxim, lo que haremos será recorrer las páginas para apreciar, disfrutar e imaginar. Y aunque a ellas les parezca que somos unos monos indomables, mucho más cercanos al buen salvaje que a un alma sublime, aunque sólo nos surjan onomatopeyas de la boca a la hora de cruzarnos con unos pechos, con unos labios, con unas piernas, con unas nalgas, en realidad lo que musitamos por dentro es la siguiente estrofa de Neruda:

He ido marcando con cruces de fuego

el atlas blanco de tu cuerpo.

Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.

En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.

De hoy en adelante, propongo un fuerte común masculino para dejar de ser vilipendiados por las mujeres. Podríamos creer algo así como “El Club Obama”, poniendo como figura central de nuestro estandarte la fotografía del presidente estadounidense con la mirada fija en esa bella figura femenina. Puede ser nuestro icono más sólido para mandar a la mierda todas aquellas discusiones de acosos y volver a disfrutar, en plena libertad, el ejercicio de mirar lo que queramos en el momento oportuno. Autodenominémonos, desde ya, el Ejército Obamaniano de la Pupila Feliz. Y llenemos nuestros ojos de imágenes memorables, que de cualquier modo la vida es demasiado breve.

Entonces, sólo entonces, quizá ellas estén abiertas a escuchar lo que realmente queremos decirles con cada mirada. Y entenderán que lo consideran unos ojos libidinosos, en realidad son los capullos del alma, que en el momento de abrir los párpados, lo que en verdad emitirán será un nuevo verso de Neruda:

Juegas todos los días con la luz del universo.

Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.

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