Gladiadores modernos


En esta suculenta edición de aniversario de Esquire, los editores han lanzado al aire una pregunta truculenta: ¿qué significa ser hombre en el amanecer del siglo XXI?

Este columnista, que mete la cuchara donde se puede, ya respondió esa pregunta, pero estos maquiavélicos editores lo dejaron en estado reflexivo durante varios días, intentando dilucidar si realmente en esta cuestión de género los hombres y las mujeres somos senderos que se bifurcan o caminos que se encuentran.

Influenciado quizá por un reciente maratón visual lleno de violencia y soft porno (interminable sesión dominical de la serie Spartacus), hoy tiendo a pensar que los hombres todavía somos gladiadores: esclavos honorables que luchan por alcanzar la libertad, con inquebrantables códigos de hermandad y complicidad.

Es decir, me puse romántico. Quizá porque dentro de mí subyace esta enfermiza necesidad de jugar al niño héroe, pero no al estilo de aquellos que se enrollan con la bandera y se lanzan al vacío, sino como aquellos hombres musculosos y honorables dispuestos a dar la vida por conquistar la libertad.

Por eso nos gustan las leyendas. Sobre todo cuando se trata de un esclavo tracio que, con las condiciones morales que tiene un verdadero líder, arma una revuelta contra los romanos opresores. Da lo mismo si los historiadores se ponen de acuerdo o no sobre donde divergen el mito y la verdad sobre este personaje, pero Espartaco, junto con Crixo el galo, representan nuestro alter ego de gladiadores entrenados para conquistar la libertad. Todos podríamos soñar con despojarnos de las ataduras en una pequeña escuela de gladiadores en Capua y reunir un ejército de 70,000 hombres y mujeres para ejercer la justicia. No importa si al final fue derrotado: su nombre fue inmortalizado.

Sí. Con la misma encomienda de Espartaco dos siglos atrás, los hombres en el amanecer del siglo XXI seguimos siendo guerreros. Imposible despojarse de los códigos genéticos: somos ángeles protectores, cazadores nómadas y niños juguetones, pero al final encarnizados defensores de los valores universales más sublimes: la libertad y la justicia. No importa de qué nos disfracemos, al final somos víctimas de nuestro ADN en el terreno más primario, y por eso no vamos a soltar el control remoto de la tele, a dejar de lado un buen trago, a permitir que una ensalada nos apetezca más que unos tacos de cochinita, a dejar de seguir marcadores de deportes que jamás jugamos y, por supuesto, al ritmo de Mirando las Muchachas, del Mexican Institute of Sound, a dejar de hacer lo propio en cualquier circunstancia.

Pero fuera de los juegos propios de roles, que pueden ser tan divertidos como fastidiosos, la realidad es que nosotros, los gladiadores modernos, entendemos que en el campo sociopolítico, económico, cultural y laboral, somos iguales hombres y mujeres. Debemos gozar los mismos privilegios y pagar las mismas consecuencias. Es parte ya de nuestra lucha (ni siquiera debe haber espacio para la controversia en este terreno) conquistar, de la mano con ellas, la igualdad de géneros a la hora de repartir el poder, obtener un empleo y criar a los hijos. Quienes aún se ufanan de actitudes machistas, son los mismos que ponen por delante los fundamentalismos ideológicos, el racismo, el clasismo, la homofobia, el chauvinismo y demás deformaciones que pretenden acentuar diferencias ridículas.

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