Francotiradores verbales


Qué poco saben de las leyes del karma algunos seres humanos. De otro modo sería incomprensible el constante desfile de algunos personajes que padecen de una verborrea hiriente, que parece diseñada para someter sin tregua a quienes les rodean.

Pensemos en uno de estos cabroncetes que tenemos cerca, en el círculo de colegas, familiares o amigos. En ese hombre que, lejos de ser partidario del canto de las sirenas, acomoda las palabras como proyectiles en un lanzamisiles en búsqueda permanente de destruir a su destinatario.

Suele ser hablantín y elocuente. Quizá podría ser un predicador, aunque en realidad es un hijo de puta. Una suerte de oveja negra de la familia de Guillermo Tell: un arquero de puntería refinada, pero que apunta deliberadamente a la cabeza en vez de a la manzana. Tiene el corazón forjado de ese estado de valentonería, desarrollada y reproducida comúnmente en algún cargo de autoridad, que se define muy bien por el término anglosajón: un bully.

Ocurre, pues, que este francotirador verbal es un miembro prominente del mundo de cargarse al otro a través de retruécanos facilones, a sabiendas de que no tendrá una respuesta agresiva por obra y magia de su escala jerárquica. Es un perverso seguidor de la escuela del abuso, cuyo miembro prominente es Miguel Sacal Smeke, el recio filósofo del “me la pelas”.

Asomémonos más al fondo de estas identidades fantásticas, que surgen de una evidente identificación neurótico con algo irreal. Estos verdugos que hacen constantes barbaridades a otros, en realidad son resentidos que pretendenden escudarse bajo un concepto excesivo de sí mismos. Cargan con todo tipo de trastornos emocionales que son una plaga de la psique. De otra manera sería difícil entender su vocación a sustituir la lucidez convincente por la imposición de ideas y conceptos, a saborear el gozo del ridículo ajeno y del tropiezo colectivo.

Tal cual. Ajeno al concepto de amistad, este personaje siniestro opera como secuestrador de la dignidad del otro. No sólo pierde el tiempo, sino provoca la pérdida de tiempo de sus víctimas, totalmente inconsciente de que lo que menos tenemos los humanos es tiempo. Hay un trastorno muy profundo que le hace cultivar el binomio inadmisible de ignorancia y arrogancia, al sentirse inmortal al nivel de perder tanto tiempo en el derroche de energía que supone la creación de tantos mecanismos destructores.

Habría que suministrarle una terapia de shock al estilo de Naranja Mecánica y sentarlo en una butaca con palillos en los ojos para someterle a explorar otras posibilidades. Quizá en vez de hacer transitar su mirada por pasajes violentos, habría que ponerle en la pantalla una imagen de Siddhartha en estado contemplativo. Y dejarlo así durante horas o días hasta llenarle el vaso del alma de una serenidad que ni siquiera había imaginado que existía.

 

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