Ellas, nosotros y el caos


Toda mujer es una rebelde,

en salvaje revuelta contra sí misma

OSCAR WILDE

Misteriosos son los caminos del amor. Quienes entienden bien el juego que todos jugamos (la seducción, la conquista, el amor) son ellas. Porque nosotros, en esos menesteres, somos un desastre. Por eso el resultado final suele ser tan caótico.

Uno debiera tener como aliado permanente a Oscar Wilde si lo que se desea es llegar lo mejor equipado posible a la encomienda imposible de intentar desenmarañar un poco el cerebro femenino. Al menos así, la tarea –inútil, dicen varios de mis congéneres- se vuelve un tanto más divertida. “Los cumplidos nunca desarman a las mujeres. A los hombres sí. Esa es la diferencia entre los sexos”, escribió en Un Marido Ideal el gran provocador irlandés.

A mí lo que me parece más fascinante es la pasión femenina por el amor. En el desfile de nuestras diferencias, es en este tema, quizá, donde se acentúan de un modo notable.         Es como dice Gilles Lipotevsky en La Tercera Mujer (Anagrama, 6ª edición, 2007): “La cultura amorosa no ha dejado jamás de construirse según una lógica social invariable: la de la disimilitud de los roles masculinos y femeninos. En materia de seducción, corresponde al hombre tomar la iniciativa, hacer la corte a la dama, vencer sus resistencias. A la mujer, dejarse adorar, fomentar la espera del pretendiente, concederle eventualmente sus favores…”

¡Que suenen las alarmas! Aquí esté el meollo del asunto: la mujer “concede” favores sexuales; el hombre los recibe. Ahí está la madre de todas las desventajas para nuestro género. Cual burritos en perpetua primavera, transitamos alrededor de las hembras en busca de que alguien se apiade y “nos haga el favor”. Si los hombres somos seductores por naturaleza, las mujeres son quienes eligen y, por ende, gobierna.

Al tiempo, y paradójicamente, a lo largo de la historia la condena femenina es la misma: lleva todas las de perder en cuanto a la moral sexual de nuestras sociedades y sus dobles estándares, sin importar geografías. En palabras del pensador francés: “Indulgencia con las calaveradas masculinas, severidad en lo tocante a la libertad de las mujeres. Si bien exalta la igualdad y la libertad de los amantes, no por ello el amor deja de ser un dispositivo que se ha edificado socialmente a partir de la desigualdad estructural entre el lugar de los hombres y el de las mujeres”.

¿Dónde queda, entonces, el hombre sentimental, ese que ha ido derrotando los prejuicios para cultivar su dimensión femenina? Quizá ese hombre ya no corresponde a lo que han escrito tantos filósofos al respecto. “En ella, el amor es renuncia, fin incondicional, entrega total en cuerpo y alma. Él, en cambio, quiere poseer a la mujer, tomarla, a fin de enriquecerse y acrecentar su potencia de existir” (Nietzche). “En el hombre, el amor no se da como una vocación, una mística, un ideal de vida capaz de absorber la totalidad de la existencia; es más un ideal contingente que una razón exclusiva de vivir” (Simona de Beauvoir). ¿Será de verdad que en ellas se confirma una necesidad de amar más constante, más dependiente, más devoradora que en nosotros? ¿O es simplemente uno más de esos clichés que han valorado a la mujer como un ser sensible destinado al amor, representante inigualable de la pasión amorosa y el amor absoluto?

Respuesta en el aire, con todo y la emancipación femenina y la incesante búsqueda de la igualdad de géneros, ellas siguen soñando con un príncipe azul, un altar y un vestido blanco. Y nosotros seguimos en permanente estado de fuga.

 

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