El triángulo de la lujuria


Justo frente a ti está ella sentada, con una brevísima falda que desafía al invierno. Ha hecho la travesura que tanto le has pedido hacer, en una larga letanía de ruegos y súplicas: abandonar por un momento la ropa interior. Tus ojos recorren sus piernas delgadas, pero con un contorno sublime (“apenas pintaditas”, como dice un amigo). Si las condiciones de luz son favorables, tu mirada encontrará el paraíso terrenal en el breve espacio formado en el vértice superior de los muslos, ese triangulito que te permite apreciar incluso el borde las nalgas, el contorno interior de las piernas y el borde inferior del pubis.

Sí, es una imagen perfecta e imborrable. Porque el punto culminante de esa belleza es la causa primaria de muchos de nuestros desvelos: el triángulo de la lujuria. Ahí, justo donde los caminos se cruzan, es la tierra prometida. Es imán. Es brújula. Es eclipse. Es manantial. El lugar justo donde nos encontramos y nos extraviamos. Donde nos embriagamos sin temor a la cruda. Donde queremos revolcarnos hasta que perdamos el sentido consumidos por texturas, aromas y sabores. Donde nos envenenamos sin temor a la muerte.

Sí, la magia de la estética femenina inicia en las piernas y culmina en el anhelado triángulo de la lujuria. (Pausa obligada para un largo suspiro y rendir los honores pertinentes.) Es ahí donde la geometría y la música se unen en misteriosa comparsa, para demostrarnos que la ciencia y el arte pueden convivir en armonía y llegar a las mismas conclusiones. Por algo es justo ahí donde se celebra el milagro de la vida.

Pero volvamos a la primera escena, que la glotonería de las imágenes impidió que continuara. Ella, decíamos, tuvo la alegre desfachatez de ser condescendiente con la fantasía recurrente de tener a una mujer sentada, frente a ti, con una falda corta y sin la interrupción visual de las bragas. Para celebrar el momento, dejas que tu mirada se regocije mientras el calor invade tu cuerpo. El modo más personal y auténtico de poseer a una mujer se da precisamente con los ojos: por las pupilas se cuelan, en sucesión imparable, imágenes que se organizan en un mosaico de fantasías, que quedan impresas en nosotros con tinta indeleble. Pero ahí está ella y esta vez tú no quieres quedarte en el territorio del voyeurismo. Sería un desperdicio imperdonable. Por eso lanzas tu mano hacia sus piernas. Sin importar quiénes están presentes, si acaso pueden contemplar la escena, vas a la caza del triángulo magnético. Si ella se vistió (o desvistió) para ti con esa generosidad, es hora de obsequiarle un poco de placer. Es lo mínimo que merece. Además, seamos honestos: el tacto es el carril de alta velocidad del deseo. Y es el círculo perfecto del placer: quien da, recibe; quien recibe, da.

Concentración, mientras los dedos, siempre juguetones, hacen su trabajo. Ella hace un movimiento lento y suave, mientras celebra un ritual rítmico de abrir y cerrar de piernas que a ti te estremece. Hay momentos en que el resto del mundo desaparece. Cuando se ha llegado a la estación central, no quedan más búsquedas pendientes. Un pequeño salto final. Misión cumplida. Orejas, rabo y vuelta al ruedo: no se pueden desdeñar los reconocimientos a la hazaña de la complicidad del placer.

Quien no crea que el paraíso tiene forma de triángulo equilátero, no sabe nada acerca de la geometría perfecta del mundo.

 

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