El problema con la testoterona


“Un hombre de calidad no se siente amenazado por una mujer de calidad”, ha escrito Ellen Snortland.

Suena bien. Pero ocurre que esta mujer (abogada, escritora, actriz y personalidad mediática) es embajadora de buena voluntad del National Women’s History Project desde hace algunos años, en Estados Unidos, y su alusión a tan bellísima frase es para evidenciar que “los hombres somos cruciales para cualquier movimiento social, en especial el de la revolución de la igualdad de géneros”.

No es que estemos en desacuerdo. Sin embargo, tiendo a pensar que muchas mujeres no terminan de entender el problema de fondo con la testosterona.

Vayamos por partes, porque el tema es espinoso. Digo, más allá de que doña Ellen nos quiera utilizar para sus nobles fines, hay que comenzar por desentrañar las razones de género que nos hacen más afines a la violencia, al junk food, a la cerveza, a los cuerpos desnudos, al póker, a los videojuegos, a la risa fácil, al albur, a la escatología, a los gadgets y a un Ferrari, asuntos todos que, salvo honrosas excepciones, no son parte del ritual de vida de las mujeres.

La muy cristiana respuesta a lo anterior (digo, por si preferimos refugiarnos en los paradigmas de la fe y ya de plano no cuestionarnos nada) lo daría la oración de Reinhold Niehbur: “Señor, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, coraje para cambiar las que puedo y sabiduría para entender la diferencia”.

Sin embargo, ocurre que esa maldita hormona llamada testosterona es un monumental obstáculo para ejercer la serenidad, el coraje y la sabiduría. Por tanto, como quien esto escribe no es muy bueno con aquello de las oraciones ni tiene acervo de conocimiento como psicólogo conductual y mucho menos biólogo del comportamiento, estas líneas no tienen otro propósito que el de acentuar la confusión y alentar las felices diferencias entre los géneros.

Pero también podemos alentar algunas reflexiones. Ahí está, casi como libro de autoayuda, el libro muy erudito de Robert Sapolsky, bien titulado The trouble with testosterone and other seáis on the biology of the human predicament. Para abrir boca, el también autor de Por qué las cebras no tienen úlceras convoca algunas dudas sobre las razones que impulsaron a algunos célebres homicidas (casi siempre hombres, para desgracia de nosotros) y pregunta: ¿De verdad Charles Whitman mató a 18 personas desde la torre de observación de la Universidad de Texas debido a su tumor cerebral? ¿Richard Speck mató a ocho enfermeras por un supuesto cromosoma Y de más? ¿Dan White mató a un alcalde de San Francisco por su supuesta “capacidad disminuida”, atribuible en parte a una adicción a la comida chatarra?

No voy a revelar el final de estos horrores, pero sí a poner sobre la mesa de discusión lo que está de fondo: ¿Existe una disposición genética y de género hacia la criminalidad? Ya sé que esta pregunta es enorme, sí, y que resultaría muy alarmante llevar el cuestionamiento a asuntos tan ligeritos como por qué estamos obsesionados con el tamaño de nuestro miembro o por qué nos gusta más el sabor de la cerveza que a ellas, pero si de verdad queremos tener herramientas para discutir (más allá de citar a Borat, por supuesto) con feministas de la talla de Ellen Snortland, más nos vale darnos una salpicadita de datos científicos. Vayamos más allá de los estereotipos que, aunque divertidos y cómodos, resultan ser casi siempre peyorativos y usualmente falsos. Hay, de verdad, varias evidencias que vinculan a la testosterona con la agresividad. Y con varios temas más que nos preocupan y ocupan. Si después de leer a Sapolsky uno sigue sin argumentos, entonces sí ya no queda de otra más que rezar.

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