El mito de la monogamia


 

Vayamos al dato científico para abrir boca en esta discusión que parece nunca tener fin: los biólogos han encontrado que para casi todas las especies animales (incluida la nuestra), el engaño es la regla. Y aplica a ambos sexos.

No lo digo yo. Esta tesis, que puede ser atribuible a muchos científicos, la exploran el zoólogo David P. Barash y la psiquiatra Judith Eve Lipton en su libro The Myth of Monogamy. Para disparar con cañones desde el inicio, los autores, en su primer y divertidísimo capítulo Monogamia para principiantes, citan a la antropóloga Margaret Mead: “La monogamia es el arreglo marital más complicado de todos”.

El lector podrá abuchear a este columnista por traer sobre la mesa un tema ampliamente discutido. Sin embargo, en un arrebato de defensa muy simplista, aclaro: ¿y a quién no le gusta seguir hablando del asunto, ese que a fin de cuentas es la más grande de las piedras en el zapato de una relación? Además, dado que estas líneas nacieron desde el surgimiento de esta revista con el propósito de defender a los hombres (insistimos: las mujeres tienen demasiados abogados a favor), cualquier argumentación sobre la naturaleza humana y sus complicaciones es siempre válida. Más aún cuando suma puntos a nuestra causa. O les resta algunos a la causa de ellas. Como sea, provoca cierto alboroto y, a falta de inteligencia, mejor alborotemos el gallinero que, en una de esas, nos toca pisar gallinita, aun cuando no sea viernes, el sacrosanto día del “hoy toca” del entrañable e inolvidable Germán Dehesa.

Volvamos al mito-madre de todos los mitos, pues: la llevada y traída monogamia. Dejemos a un lado la ciencia (quienes quieran entrarle, lean el libro, que de verdad vale la pena) y vayamos al arte. Si la literatura es la verdadera reflexión sobre los asuntos humanos, queda claro que la infidelidad es uno de los temas más atractivos de la humanidad, antes incluso de cualquier disertación científico-biológica (que sólo viene a darle su validez natural). La primer gran obra de la literatura occidental, La Iliada, es de hecho un recuento de las consecuencias del adulterio. Ay, Helena, que se fugó con Paris y armó toda una zacapela entre griegos y troyanos. En La Odisea, Ulises tiene por ahí un pequeño tropiezo con Circe, mientras que la fiel Penélope (a la fecha no nos consta la contrario, aunque ya le encontraremos algún muertito en el closet) lo espera en casa. Digo, que se registren menos las andanzas femeninas es sólo resultado de la visión sesgada de una misoginia impuesta que tergiversa las verdades. Como dicen Barash y Lipton, tenemos exactamente la misma tendencia, pero a los hombres les gusta exagerar en las hazañas, incluida sobre todo la del número de encuentros sexuales. El punto es que de verdad existe una fascinación en la historia de la literatura por la exploración de los fracasos de la monogamia: en la Anna Karenina de Tolstoi, en la Madame Bovary de Flaubert, en El Amante de Lady Chatterley de Lawrence, en La Letra Escarlata de Hawthorne y, evidentemente, en un número apabullante de obras literarias de autores contemporáneos: Auster, Roth, McEwan, Boyd, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Bryce Echenique, más larguísima lista de etcéteras.

Dicho en breve, si los infantes tienen su infancia, a los adultos nos queda el adulterio. La poligenia y la poliandria someten naturalmente a la monogamia.

Y que siga la discusión.

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