El hombre que perdió la libido


No sé si sea el efecto combinado del interminable estallido de violencia en México, la pena que le provoca el mal agradecimiento del pueblo egipcio a tantos años de entrega de Hosni Mubarak, el golpe a la autoestima colectiva de los ácidos comentaristas de Top Gear o algún efecto etílico que trajeron los vientos de febrero desde Los Pinos, pero hace unos días un buen amigo, que apenas apagó las 40 velitas de su pastel, me hizo una confesión perturbadora: “He perdido la libido”.

Vaya. Uno, que generalmente tiene la libido a flor de piel, no sabe qué responder ante tal declaración.

Lo que ocurre es que este amigo no está preocupado por el coitus interruptus de su deseo sexual. Dice que el sexo le interesa hoy tanto como la sección deportiva de los diarios. Obviamente, detesta el deporte. Además, trabaja todo el día desde la incomodidad de su hogar, donde pelea por el espacio con su gato. Por eso, cuando le preguntan si no es enfermizo eso de estar conectado todo el día al Messenger, dice que no, que nadie entiendo que, además del gato y él mismo, su computadora es el único otro ser vivo que habita su casa.

No sólo trabaja. También bebe. Confiesa que el Glennfiddich de 18 años es mucho más satisfactorio y saludable que el sexo. “Además –dice-, al Glennfiddich no le necesitas explicar nada. Yo no lo consiento a él; en cambio, él sí me mima. Y a pesar de que a veces olvido que las personas sostienen relaciones, cosas que yo evito, de pronto requiero algunos mimos. El whisky es, en ese sentido, más eficaz que cualquier ser humano.”

Este entrañable misántropo no nació así, por supuesto. En realidad, era un caliente inconcebible. A los 11 años descubrió cómo obtener placer utilizando la mano derecha. A los 12 descubrió que también se podía con la izquierda. A los 13 pensaba en una sola cosa todo el día: coger. A los 14, lo mismo. A los 15 dejó las manos y los pensamientos: pasó a la acción. Así, mientras sus compañeros de la escuela fanfarroneaban de hazañas inexistentes, él ya era un cliente asiduo del Scorpions. Ahí conoció a su primer amor: se llamaba Salomé. O decía llamarse. Probablemente se llamaba Deyanira. De los 15 a los 20 vivió con un solo objetivo: conseguir dinero para seguir yendo al Scorpions, hasta que Salomé, o Deyanira, desapareció del lugar sin dejar rastro.

Mientras todo eso sucedía, tenía una noviecita de mano sudada que se llamaba Lucy. Su nombre completo era Lucina, pero hubiera sido una falta de respeto decirle así. La quería mucho, pero justo a los 20 le pidió que lo olvidara, porque tenía intenciones de ampliar sus horizontes. No hubo duelos ni escándalos: Lucy le olvidó de inmediato.

La ampliación de horizontes, durante todos sus 20 y parte de sus 30, significó aumentar la frecuencia de sus relaciones, no sólo respecto al número de veces, sino al número de participantes por vez. Pasados sus 37, tuvo varicela. Él juraba que era sida. Hizo su testamento y comenzó a despedirse de varios de sus amigos y amigas. Antes de decirle adiós a su mamá, tuvo un momento de claridad y se atrevió a ir a un laboratorio para hacerse una larga batería de exámenes. Salió negativo en todo. Incrédulo del resultado, a los dos meses repitió la dosis. Negativo.

Así, tras fracasar en la idea de su condena a muerte, la vida le aburrió. Comenzó a mezclar el whisky con el Prozac. Tras unos meses, confesó a su siquiatra que llevaba más de 180 días sin tener ningún tipo de relación sexual: ni con los demás ni con él mismo. Él le dijo que podía ser un efecto colateral del Prozac, que ocasiona una “ligera disminución de la libido”, y sugirió cambiar a Paxil. Pero, después de pensarlo, mi amigo decidió que jamás había sido tan feliz en su vida, por lo que optaba por quedarse con Prozac. A él le gustó ese efecto, acentuado, que calificaba como “grave supresión de la libido”.

Después de todo, dice sentirse libre. Sin afanes de pontificar, insiste en que el sexo no es más que un estorbo para la humanidad. La última película porno que vio fue para él lo mismo que ver un programa del ciclo reproductivo de las escalopendras en Animal Planet. Y, para ratificar su teoría, el Scorpions ya ni siquiera existe, ya dejó el Prozac, pero aún convive con su gato y con el Glenffidich.

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