El arte de nuestra guerra


Los hombres somos guerreros devastados. Nuestro ADN contiene una elevada carga bélica que, sin embargo, es constantemente aniquilada por el ejército femenino. Gajes de nuestra condición primitiva, que a veces parece una condena a la cadena perpetua de la derrota.

Si partimos de la premisa de que la guerra es un asunto serio que exige mucho mayor reflexión y de que la analogía guerrera aplica, sin tanto esfuerzo, a la relación de los géneros, es hora de que nosotros –casi siempre vencidos en la contienda- comencemos a dominar el tema.

         De ahí que estas líneas sean una convocatoria a prepararnos para dar la Madre de todas las Batallas: duro contra ellas. Y como históricamente no hemos podido salir victoriosos, propongo que lo hagamos con la ayuda de una lectura alternativa de Sun Tzu y El Arte de la Guerra.

         Primero que nada, cerremos filas. Basta de sucumbir al encanto del ejército enemigo. Necesitamos erradicar cuanto antes de nuestro diccionario la palabra facilotes. De otro modo, ¿cómo tener autoridad moral para convencer a nuestros partidarios? Porque, de acuerdo con el guerrero chino, “por influencia moral entiendo aquello que hace que el pueblo esté en armonía con sus dirigentes, de forma que los seguirá a la vida y a la muerte, sin temor de poner en peligro su vida”. El tema es entender el bien último, razón primaria de la refriega: modificar nuestra condición de doblegados para volver a tomar las riendas.

Todo el arte de la guerra está basado en el engaño. Dice Sun Tzu: “Cuando seas capaz, finge la incapacidad; activo, la pasividad. Próximo, haz creer que estás lejos; alejado, que estás cerca. Ofrece un señuelo a tu enemigo para hacerle caer en una trampa; simula el desorden y sorpréndelo”. En español de acá, se trata del juego de las fintas, nada fácil de aplicar con las mujeres, que han hecho de la sospecha un arte. Pero se trata justamente de hacer algo tan sutil como la política-ficción, esa que inmortalizó un ex presidente mexicano diestro en el arte del engaño. Usemos pues, de una manera más inteligente, el recurso del obsequio caro, de la serenata y de las flores, con el fin de desconcertarlas. “Entregad al enemigo hombres jóvenes y mujeres para trastornarle, y también jade y seda para estimular su ambición.” Así es como podemos ponerlas en aprietos para poder atacar justo cuando no estén preparadas. Es construir la gran salida por donde menos se lo esperan.

Pero cuidado con dar la cara directamente al enemigo, porque es justo en ese momento donde nuestra debilidad puede bajarnos sistemáticamente la moral y, al final, aniquilarnos. Antes de estar en una situación incómoda –y hay que recordar que con ellas son muchas las situaciones incómodas-, debemos movernos con la velocidad de la luz. Quien ocupa primero el terreno y espera al rival, tiene la posición más fuerte. “Impalpable e inmaterial, el experto no deja huellas; misterioso como una divinidad, es inaudible. Así pone al enemigo a su merced.”

A fin de cuentas, una de las máximas de Sun Tzu (“si está unido, divídele”) ya juega a nuestro favor: ellas no suelen estar unidas. Necesitamos hacer las cosas muy mal para fomentarles la unión. Si de plano llegamos a este nivel, Wang Hsi, citado por el propio el guerrero chino, nos da la respuesta: “Examina la cuestión de sus alianzas y provoca su ruptura y dislocación. Si un enemigo tiene aliados, el problema es grave y la posición del enemigo, fuerte; si no los tiene, el problema es menor y su posición, débil”. Dicho de otro modo, si no aprendimos la lección de Berlusconi, que tuvo el infortunio de haber unido a todas las italianas en su contra, estamos de antemano acabados.

Lo más importante: siempre que ellas nos superen en número, emprendamos de inmediato la retirada.

 

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