El amor en los tiempos de la influenza


No sé ustedes, pero yo me rehúso a que se imponga ese saludo que los políticos mexicanos, con su gracia acostumbrada, están intentando poner de moda para dar el ejemplo (como si ellos pudiesen poner el ejemplo en algo): un golpecito en los nudillos, supuestamente para evitar el contacto físico y seguir con la simbología pública de la sana distancia, a raíz de la crisis de la influenza humana.

Ya nos asustaron años atrás con el mucho más temible VIH. Entonces tuvimos que modificar nuestros hábitos promiscuos, o en su defecto forrarlos con látex, para no morirnos luego de un buen revolcón. Ahora sucede que el nuevo bichito de la gripe nos impide, ya no hablemos de acostarnos, sino de plano eliminar de nuestro muy latino ritual los besos y los abrazos. Como si por decreto de hoy en adelante pudiéramos saludarnos como noruegos.

Yo me rehúso. Admito que al principio me sumé a la cresta del temor colectivo y ahuyenté cualquier tentación de repartir los acostumbrados besos y abrazos, sacudido por el pánico que podía causarnos a todos un sospechosísimo estornudo en cualquier sitio público. Sin embargo, luego de los días de encerrón, en que di rienda suelta a todos los instintos táctiles con una bella mujer que nunca creyó que los demonios anduviesen sueltos, el regreso a la normalidad tiene que venir acompañado de nuestra propensión a tocar y ser tocado, a abrazar y ser abrazado, a besar y ser besado.

Incluso ya encuentro sexy a ese objeto con el que muchas personas insisten en cubrir su boca y que, de hecho, se ha vuelto como un símbolo tanto de responsabilidad como de ignorancia: esa cosa, como ya se ha documentado, no sirve para nada. Como sea, prefiero pensar, como escribió un buen amigo en el indómito Facebook, que detrás de un tapabocas permanece oculta una sonrisa seductora. Yo añadiría que también están ahí unos labios que, atrapados por el cinturón de sanidad, anhelan ser besados.

¿Será que a partir de ahora nos promoverán el sexo ya no sólo con condón sino también con guantes y tapabocas? Vamos poniéndolo claro: en estas tierras, no de gratis marcadas por el Trópico de Cáncer, tocarnos (con cierta moderación o abierto exceso) es un ritual fundamental, no sólo como muestra de aprecio, afecto, cariño, amistad y confianza, sino también, muchas veces, como un discreto guiño, sutil, de ir tanteando el terreno enemigo. A veces, incluso, es el bello inicio de la labor de seducción. Nos gusta entregar una discreta caricia en la mejilla. Nos anima dar un abrazo largo con varias palmadas en la espalda o un apretón sostenido. Nos ofende si una mujer nos extiende la mano para evadir el beso.

Por más que nos espanten, incluida la verborrea senil de Fidel Castro, un virus no nos puede ganar la partida. Ya nos tocó guardarnos algunos días, untarnos gel antibacterial y rociar todas las superficies a nuestro alcance con Lysol. Es hora de volver a nuestra promiscuidad afectiva: lavémonos las manos y al ataque. Si hemos de morir, que sea bien apretaditos. Así, muy apapachados, como nos gusta.

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